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jueves, junio 4, 2026

Noam Chomsky y Jeffrey Epstein: una relación previsible y sintomática de una tradición intelectual

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Noam Chomsky aparece hoy como la punta más visible de un problema viejo. Su relación con Jeffrey Epstein no es un desliz personal, sino la confirmación de una trayectoria cultural en la que sectores de la izquierda intelectual han convivido durante décadas con la erosión deliberada de los límites que protegen a los menores. Para entender qué significa Chomsky al lado de Epstein hay que mirar hacia atrás y observar cómo se fue construyendo un clima donde cuestionar la edad de consentimiento, normalizar el deseo adulto hacia niños o experimentar con ellos desde el Estado se consideró parte de un repugnante “proyecto emancipador”.

Chomsky y Epstein dentro de una genealogía

Las revelaciones de los últimos años muestran a Noam Chomsky manteniendo una relación sostenida con Jeffrey Epstein después de que este fuera condenado por delitos sexuales contra menores. Correos y documentos difundidos por comités del Congreso estadounidense y por la prensa revelan intercambios regulares, invitaciones de viaje, conversaciones de confianza y un tono que va mucho más allá del simple contacto superficial. En esos documentos aparece incluso la fórmula donde Chomsky define a Epstein como un amigo muy apreciado y fuente de “estimulación intelectual”, cuando Epstein ya era públicamente conocido como depredador sexual de menores.

A esa relación epistolar se suman los datos financieros. Investigaciones periodísticas detallan transferencias que suman alrededor de 270.000 dólares desde cuentas vinculadas a Epstein hacia Chomsky, en el contexto de la gestión de fondos familiares tras la muerte de su primera esposa. El propio Chomsky reconoció esas operaciones, aunque intentó separarlas técnicamente de la figura directa de Epstein, hablando de “un asunto técnico” y reduciendo todo al plano de lo privado.

Las fotografías difundidas más recientemente muestran a Chomsky utilizando el avión privado de Epstein y posando en el entorno de una red de millonarios y políticos a los que él, en su obra, asocia con la cúspide del crimen sistémico. La disonancia es demasiado evidente para atribuirla a un simple descuido biográfico. Precisamente porque Chomsky había construido su prestigio como conciencia moral del mundo, la ligereza con la que trató el vínculo con un depredador sexual de menores expresa con claridad el núcleo del clima del que forma parte. El intelectual crítico se siente autorizado a administrar discretamente sus excepciones, incluso cuando la excepción pasa por legitimar socialmente a alguien como Epstein.

Francia pos 68 y la erosión deliberada del límite

Para comprender por qué el caso Chomsky no debería sorprender, hay que retroceder a la constelación intelectual francesa del pos 68. En 1977, Le Monde publica textos que piden revisar el Código Penal francés en lo que respecta a las relaciones entre adultos y menores. Uno de ellos, una “llamada” a la comisión de revisión del Código Penal, plantea que la edad de consentimiento debe reexaminarse y critica el carácter represivo de las leyes que penalizan actos sexuales “sin violencia” con menores.

El dato no es solo jurídico. Lo decisivo es quién firma y qué clima expresa. Investigaciones posteriores y reconstrucciones históricas muestran que esas peticiones fueron suscritas por un arco amplio de figuras centrales de la izquierda cultural francesa, entre ellas Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Michel Foucault, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Louis Althusser, Jean François Lyotard, Roland Barthes y otras. Además, algunos futuros ministros socialistas como Bernard Kouchner o Jack Lang aparecen asociados a ese clima de relajación radical de la edad de consentimiento.

El razonamiento clave apuntaba a una especie de simetría perversa. Si el Estado considera que un adolescente de 13 o 14 años puede responder penalmente como sujeto responsable, entonces también debería reconocer su capacidad para consentir relaciones sexuales con adultos. Lo que se borra en esa operación es la desigualdad de poder, la vulnerabilidad emocional y la asimetría estructural. Lo que se instala es la idea de que las leyes de protección al menor son, en realidad, herramientas represivas de una «burguesía mojigata». La infancia deja de ser un límite y pasa a ser un laboratorio de emancipación teórica.

Lo que allí se normaliza no es solo un conjunto de firmas en un periódico, sino una sensibilidad. La sospecha sistemática hacia cualquier norma, la glorificación del deseo como motor emancipador y la fascinación por la transgresión por sí misma forman un caldo de cultivo donde el abuso se viste con los ropajes de la liberación sexual.

El caso Michel Foucault

Guy Sorman, un ensayista y profesor franco-estadounidense, ha acusado públicamente a Michel Foucault de abusar sexualmente de niños prepúberes en Túnez durante la década de 1960, específicamente en el período en que el filósofo vivía y enseñaba en la Universidad de Túnez (entre 1966 y 1968).

Estas acusaciones surgieron principalmente en entrevistas concedidas por Sorman en 2021, donde describe con detalles gráficos lo que presuntamente presenció durante una visita a Foucault en 1969, durante unas vacaciones de Pascua en Sidi Bou Said, cerca de Túnez. Sorman enfatiza que estos actos involucraban a niños árabes de entre 8 y 10 años, y los califica como ignobles y de extrema fealdad moral, destacando la ausencia total de consentimiento y un componente colonial en la conducta de Foucault.

Según Sorman, durante su visita, observó cómo niños jóvenes corrían detrás de Foucault gritando. Foucault les arrojaba dinero. Este lugar habitual era el cementerio local en Sidi Bou Said, donde, según Sorman, Foucault mantenía relaciones sexuales con los niños sobre las lápidas. Sorman insiste en que la cuestión del consentimiento ni siquiera se planteaba, ya que los niños eran prepúberes y la dinámica involucraba un claro desequilibrio de poder, con Foucault explotando su posición como extranjero blanco y adinerado.

Sorman contextualiza estos actos como parte de una dimensión colonial y un imperialismo blanco, argumentando que Foucault no se habría atrevido a hacer algo similar en Francia. Él compara la conducta de Foucault con la de figuras como Paul Gauguin y André Gide, quienes también explotaron contextos coloniales para sus deseos sexuales. Sorman lamenta no haber denunciado estos hechos a la policía en su momento, calificándolos como extremadamente moralmente feos e ignobles. Además, afirma que varios periodistas y testigos presentes en el viaje estaban al tanto, pero nadie publicó nada porque Foucault era considerado un rey filósofo, lo que le otorgaba una impunidad cultural.

El líder del mayo del 68 francés

Daniel Cohn Bendit encarna la versión más cruda de esta deriva. El rostro sonriente del Mayo francés, el agitador que hizo célebre el lema de la imaginación al poder, dedicó páginas de su libro autobiográfico Le Grand Bazar a relatar escenas sexualizadas con niños de un jardín de infantes alternativo. Se trataba de un espacio experimental en el que él trabajaba y en el que, según su propio relato, los acercamientos físicos con niños de muy corta edad adquirían un carácter erótico que él no rechazaba.

Todo esto no lo afirma un enemigo político, aparece en sus propias palabras. El escándalo estalló años después cuando fragmentos del libro se releyeron a la luz del debate sobre pedofilia y abusos. Cohn Bendit intentó presentarlo como una provocación literaria, como un juego de lenguaje propio de los años setenta. Esa defensa no corrige nada. Muestra hasta qué punto el horizonte mental de aquella generación consideraba legítimo convertir a los niños en superficie de abuso donde inscribir su propia idea de liberación.

Verdes alemanes, Kentler y el Estado como laboratorio

La historia alemana añade un nivel de gravedad. En los años ochenta, el Partido Verde, Die Grünen, tuvo corrientes internas que defendían abiertamente la despenalización de las relaciones sexuales “consentidas” entre adultos y menores.

Investigaciones encargadas por el propio partido y difundidas a partir de 2013 documentan resoluciones, panfletos y plataformas donde se integraban reivindicaciones pedófilas dentro de un programa de izquierda libertaria. El partido acabó pidiendo disculpas públicas y calificando esas posiciones de inaceptables, pero lo hizo después de décadas de haber dado espacio político a grupos de esa naturaleza.

Más siniestro aún resulta el llamado experimento Kentler. El sexólogo Helmut Kentler convenció a autoridades del Senado de Berlín de entregar niños de hogares desestructurados o instituciones de protección a hombres que él identificaba como pedófilos “socialmente funcionales”, bajo la idea de que la sexualidad no violenta podía ser beneficiosa para los menores. Investigaciones académicas y periodísticas han mostrado que durante décadas esos niños vivieron abusos sistemáticos bajo el sello de un experimento social avalado por el Estado.

Aquí ya no hablamos solo de manifiestos provocadores ni de literatura. Estamos ante una estructura política que, en nombre de una cierta idea de progreso y libertad sexual, convierte a niños pobres en materia prima de proyecto social. El ethos de la transgresión autorizada se vuelve política pública, con presupuesto, funcionarios y expedientes.

El caso PIE y la izquierda civil libertaria británica

En el Reino Unido, la Paedophile Information Exchange, PIE, no operó en los márgenes absolutos, sino que se insertó en el entorno de la izquierda de derechos civiles. Durante años fue una organización afiliada al National Council for Civil Liberties, NCCL, antecedente de la actual Liberty. Documentos internos y reconstrucciones periodísticas muestran que, mientras PIE defendía la legalización del sexo entre adultos y niños, la NCCL debatía y en ocasiones asumía posiciones que minimizaban la noción de daño en material de pornografía infantil y edad de consentimiento.

En ese periodo, figuras que luego llegarían a ser referentes del Partido Laborista, como Harriet Harman, Jack Dromey o Patricia Hewitt, tuvieron roles de liderazgo en la organización. Décadas más tarde, Liberty pidió disculpas por esos vínculos, reconociendo que una organización dedicada a la defensa de derechos civiles había sido infiltrada por activistas pedófilos y que no había reaccionado con la claridad debida.

Nuevamente aparece el mismo mecanismo. La supuesta defensa frente a abusos del Estado se convierte en justificación para desarmar las protecciones mínimas que resguardan a los menores. La retórica de la libertad se pliega a los intereses de quienes buscan ampliar su espacio de depredación.

La deriva de una cultura

El mismo patrón aparece, con matices, en otros escenarios que no pueden despacharse como simples coincidencias. La Odenwaldschule, internado progresista en Alemania, simbolizaba el ideal educativo de una élite liberal y de izquierdas que desconfiaba de la disciplina tradicional y celebraba la comunidad igualitaria. A comienzos de la década de 2010 salieron a la luz testimonios y denuncias de abusos sistemáticos cometidos durante décadas por docentes y directivos. Informes de prensa describen agresiones sexuales, consumo de alcohol y drogas facilitado por educadores, ausencia total de control y una cultura interna que convertía la “apertura” en coartada de silencio.

En el campo teórico, Wilhelm Reich no defendió el abuso infantil, pero sí colocó la sexualidad del niño en el centro de una crítica radical al orden social. La lectura que hicieron de él ciertos sectores de la izquierda de los sesenta convirtió esa preocupación legítima por la represión en combustible para una política sexual sin frenos, donde toda norma era sospechosa y donde la frontera entre protección y libertinaje se volvió nebulosa.

Allen Ginsberg llevó ese impulso al terreno de la militancia explícita. El poeta beat, figura central de la contracultura progresista, fue miembro y defensor público de NAMBLA, organización que milita por la abolición de las leyes de edad de consentimiento y la legitimación de relaciones sexuales entre adultos y menores. En entrevistas y textos justificó esa afiliación en nombre de la libertad de expresión y la lucha contra la represión sexual, llegando a describir el rechazo a NAMBLA como producto de histerias morales y persecución política.

En Francia, Gabriel Matzneff construyó una carrera literaria narrando sus relaciones con menores. Durante años fue celebrado por editoriales, críticos y círculos intelectuales que se definían progresistas o libertarios. Solo cuando Vanessa Springora publica Le Consentement en 2020, detallando el abuso sufrido a los 14 años, el sistema se ve obligado a reconocer lo que había tolerado y adornado con prestigio cultural.

Donna Haraway, desde otro ángulo, ofrece una variante posmoderna del mismo gesto. En The Companion Species Manifesto presenta una reflexión sobre las relaciones entre humanos y perros que incluye descripciones muy íntimas de la interacción corporal con su perra Cayenne. El debate posterior en revistas académicas sobre zoofilia y límites éticos muestra que, también aquí, la voluntad de radicalizar teóricamente la idea de vínculo interespecie rodea y desdibuja fronteras que en cualquier moral común se aceptarían como obvias.

En todos estos casos la constante es la misma. Se invoca la emancipación frente a la represión, se denuncia el moralismo conservador, se reivindica la libertad como valor supremo. Y en esa escalada se pierde de vista a quién se expone, a quién se sacrifica, sobre qué cuerpos se ejerce la experimentación filosófica, pedagógica, política o literaria.

Chomsky como desenlace previsible

 

Con este telón de fondo, la figura de Chomsky se ve con otros ojos. El intelectual que dedicó su vida a denunciar la violencia de los Estados, los crímenes de las élites y la manipulación mediática se sienta cómodamente en la red de relaciones de un depredador de menores, recibe ayuda financiera desde sus cuentas y se permite calificar todo ello como asunto privado. El problema no es solo la incoherencia biográfica, sino el linaje cultural que hace posible esa incoherencia sin que él perciba que se está traicionando a sí mismo.

La izquierda progresista que aquí se revisa abandonó en buena medida la centralidad de la cuestión social, la desigualdad material, la defensa del trabajador oprimido y la crítica estructural de clase. En su lugar abrazó una concepción casi ilimitada de la libertad individual, sobre todo en el plano sexual y de las costumbres, y convirtió la transgresión en criterio de autenticidad. En esa mutación, los límites protectores dejaron de verse como barreras al abuso para presentarse como formas de opresión. Lo que siguió fue previsible. Si toda norma es sospechosa, incluso la que protege a los niños puede presentarse como expresión de un orden hipócrita que merece ser derribado.

Chomsky no inventa este clima. Se forma en él, dialoga con sus exponentes, comparte espacios simbólicos con los mismos círculos que firmaron peticiones, escribieron memorias, diseñaron experimentos sociales y organizaron lobbies bajo esa lógica. Cuando decide mantener y profundizar su relación con Epstein después de la condena, cuando acepta su ayuda financiera, cuando relativiza la dimensión pública del asunto, no está traicionando un ethos invisible, está llevándolo a su conclusión natural. Se comporta como muchos de sus contemporáneos progresistas se han comportado cuando el límite ético chocaba con su círculo de afinidad o intereses.

Por eso el caso Chomsky no debería producir sorpresa moral, sino lectura histórica. No es un error aislado de un anciano distraído. Es el desenlace coherente de medio siglo en el que una parte de la izquierda cultural decidió que la verdadera revolución consistía en hacer de toda frontera un enemigo, incluso cuando la frontera protegía a quienes no tienen voz. Cuando se mira esta genealogía entera, de Sartre y Beauvoir a Cohn Bendit, de los Verdes alemanes al experimento Kentler, de PIE a Matzneff, de Ginsberg a Haraway, Chomsky no aparece como excepción. Aparece como confirmación.

La pregunta que queda no es qué pasó con él, sino qué pasó con una tradición que se decía del lado de los débiles y terminó, demasiadas veces, justificando, adornando o minimizando la violencia ejercida sobre los más indefensos. Una izquierda que no sea capaz de mirar esta historia de frente, sin excusas ni relativizaciones, no está en condiciones de dar lecciones de justicia a nadie.

 

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