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martes, julio 21, 2026

El Mundial que FIFA usó como laboratorio: lo que funcionó, lo que no y lo que viene

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La FIFA convirtió el Mundial 2026 en su apuesta más ambiciosa: 48 equipos, tres países anfitriones, precios de entradas récord, pausas de hidratación y un show de medio tiempo al estilo Super Bowl. El balance es desigual y las preguntas que dejó abierta llegan directas al 2030.

 

48 equipos: más historias, más fútbol

El salto de 32 a 48 selecciones fue la apuesta estructural más importante del torneo y la que mejor resultado dio. Con 104 partidos en lugar de los 64 anteriores, el Mundial ofreció historias que ninguna edición anterior había tenido en esa escala: Cabo Verde eliminando a Portugal en octavos, selecciones de África, Asia y Concacaf compitiendo de igual a igual con potencias históricas. La expansión no diluyó el nivel como muchos temían sino que lo distribuyó.

Y parece que ese fue solo el primer paso. Con el torneo aún en marcha, la FIFA ya abrió el debate sobre ampliar a 64 selecciones para 2030. La propuesta llegó de la CONMEBOL, impulsada por Alejandro Domínguez, y tiene una lógica adicional: con Argentina, Uruguay y Paraguay como coanfitriones del centenario, ese formato les permitiría organizar grupos completos en lugar de un solo partido cada uno. Infantino confirmó que el tema se discutirá en el Congreso de la FIFA de marzo de 2027 en Rabat.

Las entradas: el problema que nadie quiso resolver

La FIFA implementó un sistema de precios dinámicos que disparó los valores a niveles sin precedentes. La entrada más económica para el debut de Estados Unidos rondó los 1.120 dólares; las semis llegaron a 11.000; y en las plataformas de reventa, una entrada para la final superó los 90.000 euros. Entre cinco y ocho veces más caro que Qatar 2022. Hasta Donald Trump dijo públicamente que tampoco los pagaría.

La respuesta de la FIFA fue agregar una categoría de 60 dólares por partido para distribuir entre federaciones. Para los hinchas de países como Paraguay o Bolivia, ver a su selección en vivo fue directamente inaccesible. La FIFA proyectó ingresos de hasta 30.000 millones de dólares. El éxito financiero del evento fue indiscutible pero el de accesibilidad para los hinchas deja un signo de interrogación.

Tres sedes, demasiada geografía

La dispersión en tres países generó partidos en estadios semivacíos en algunos encuentros pese a estar vendidos, porque los hinchas no podían o no querían pagar los costos de traslado entre ciudades separadas por miles de kilómetros. Los estadios fueron de primer nivel y el alcance televisivo fue enorme. Como experiencia para el aficionado que quiso estar presente, dejó bastante que desear.

Las pausas de hidratación: buena idea, mala aplicación

Tres minutos obligatorios alrededor del minuto 22 de cada tiempo, en todos los partidos, sin importar el clima ni si el estadio era cerrado. Virgil van Dijk lo cuestionó: si hace calor extremo tiene sentido, pero aplicarla de forma universal, no. La pausa terminó siendo simultáneamente un descanso médico, un tiempo muerto táctico y una ventana publicitaria. La jornada quedó fracturada en cuatro tramos y el ritmo se cortó en los momentos más inconvenientes.

Las nuevas reglas de continuidad: lo mejor, con un asterisco grande

La cuenta regresiva de cinco segundos para saques y la obligación de abandonar el campo al recibir atención médica le dieron al torneo más dinamismo y menos teatro. Fue la novedad más positiva del Mundial.

Pero la Ley Prestianni —roja directa para quien se cubre la boca al hablar con un rival— tuvo una aplicación que no resistió el análisis. Miguel Almirón fue el primero en la historia en ser expulsado bajo esa regla, en el partido ante Turquía. El ecuatoriano Hincapié corrió la misma suerte. En la final, Cucurella hizo exactamente lo mismo frente a Messi: el VAR revisó durante minutos y no sancionó. La misma regla, tres situaciones similares, dos rojas y una absolución en el partido más importante del torneo.

El show de medio tiempo: el fútbol se rinde al espectáculo

Madonna, BTS, Shakira, Justin Bieber, Burna Boy, Ronaldinho y Ronaldo Nazario en 11 minutos. La FIFA convirtió el entretiempo de la final en un festival pop al estilo Super Bowl. Como espectáculo global funcionó. Entre los puristas generó incomodidad. Los datos de audiencia probablemente inclinen la balanza hacia quienes lo impulsaron, y el 2030 dirá si el modelo se repite.

Qué viene después

El Mundial 2030 hereda las preguntas sin respuesta de este: precios, logística, coherencia arbitral, identidad del espectáculo. Con seis sedes en tres continentes y posiblemente 64 equipos, la escala crece antes de que los problemas actuales estén resueltos. Las nuevas reglas de continuidad apuntaron bien, la aplicación desigual de la Ley Prestianni mostró que una norma mal arbitrada genera más controversia que la ausencia de norma.

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