Quemar un muñeco de Mbappé en la fiesta de San Juan generó indignación en Europa y dio pie a acusaciones de racismo contra Paraguay. Lo que esas reacciones revelan, más que cualquier cosa, es la disposición de parte del mundo a interpretar una práctica cultural centenaria sin molestarse en entenderla primero.
Hay una forma muy específica de ignorancia que se viste de indignación moral. No surge de desconocer un hecho, sino de negarse a contextualizarlo antes de condenar. Eso es exactamente lo que ocurrió esta semana cuando circularon videos del Judas Kai de Mbappé en las festividades de San Juan en Asunción, y una parte de las redes sociales europeas reaccionó con escándalo, calificando el ritual como un acto de odio racial.
El Judas Kai —literalmente “el Judas que se quema” en guaraní— es una tradición paraguaya arraigada en siglos de sincretismo entre el catolicismo colonial y la cultura guaraní. Cada 24 de junio, en la festividad de San Juan, los paraguayos confeccionamos muñecos de trapo rellenos con material inflamable y fuegos artificiales que representan a figuras públicas consideradas “traidoras” o simplemente antipáticas: presidentes, intendentes, árbitros, futbolistas propios, políticos de turno. El muñeco se cuelga, se le lee su “testamento” en tono burlesco y luego se quema entre la algarabía del público. Es catarsis colectiva, crítica social y fiesta popular a la vez. Este año, con el Mundial como telón de fondo, Mbappé fue el elegido. No por su color de piel, sino por no haberle dado la mano a Orlando Gill al final del partido y por una actitud durante el encuentro que buena parte de la hinchada paraguaya leyó como desprecio.
La quema de efigies de Judas es una tradición de origen estrictamente europeo: se practicó durante siglos en Inglaterra, España, Portugal, Alemania, Austria, Polonia, Grecia y Chipre, entre otros. La propia Francia, que hoy se indigna, tiene una historia larga y documentada de quemar personas reales en la hoguera: herejes cátaros en la Cruzada Albigense del siglo XIII, templarios en París, protestantes durante las Guerras de Religión, miles de acusados de brujería en los siglos XVI y XVII. En 1431, Juana de Arco fue quemada viva en Rouén ante la mirada de una muchedumbre. Fue Europa, en suma, quien le enseñó al mundo a quemar cuerpos como forma de expiación colectiva.
Que siglos después parte de Europa reaccione con horror ante un muñeco de trapo tiene una ironía que no requiere demasiada elaboración.
Una creadora de contenido en redes —Sally, identificada como @sallysurx— llevó el argumento más lejos y aprovechó el contexto del Judas Kai para hacer una serie de acusaciones sobre la historia racial de Paraguay, mezclando datos históricos sobre comunidades afrodescendientes e indígenas con la conclusión de que quemar un muñeco de Mbappé “prueba todo lo que dije”. Esa es una maniobra retórica, no un análisis. Mezclar una tradición cultural con acusaciones históricas sobre derechos de minorías para construir un caso de racismo sistémico no es crítica social sino oportunismo.
Que Paraguay tenga desafíos pendientes en materia de derechos de comunidades afrodescendientes e indígenas —como los tiene prácticamente toda América Latina y, de hecho, la propia Francia, cuyo historial colonial en Haití, Argelia e Indochina no requiere presentación— es un debate legítimo y necesario. Pero ese debate no tiene ninguna relación causal con el Judas Kai.
Lo que queda de este episodio no es una lección sobre el racismo en Paraguay. Es una lección sobre los peligros de leer culturas ajenas con los códigos propios, sin preguntar, sin contexto y con la certeza de que la indignación alcanza para reemplazar la comprensión.



