El grito llegó desde el corazón de un relator y recorrió el mundo en cuestión de horas. «¡Ladrón, ladrón, ladrón, Barton, ladrón! Mataron al fútbol. FIFA, mataste el fútbol. Infantino, sos el responsable de esto.» La voz era la de Jorge «Chipi» Vera, uno de los relatores más reconocidos del Paraguay, y el momento era el minuto 45+3 del partido entre la Albirroja y Turquía, en el que Miguel Almirón se convertía en el primer futbolista expulsado en la historia de un Mundial por taparse la boca al hablar con un rival. Lo que siguió fue una tormenta de proporciones desiguales.
Paraguay jugaba un partido de vida o muerte en su regreso a la Copa del Mundo después de dieciséis años de ausencia. Ganaba 1-0, con la clasificación a los dieciseisavos al alcance de la mano. En ese instante, su capitán fue sacado del campo por infringir una regla que la mayoría del mundo todavía no había visto aplicarse jamás: la llamada «Ley Prestianni», impulsada personalmente por Gianni Infantino a raíz de un incidente de racismo encubierto en la Champions League. Paraguay se quedó con diez hombres.
Fue en ese instante, en esa fracción de segundo entre la incredulidad y la rabia, que Chipi habló como habla cualquier paraguayo —como habla cualquier sudamericano— cuando siente que a su selección le roban algo que es suyo. No habló como periodista. Habló como hincha. Y esa es la diferencia que la FIFA elige ignorar cuando toma la decisión de retirarle la acreditación.
Existe una tradición en el periodismo deportivo latinoamericano que no tiene equivalente en otras latitudes. El relator no es un comentarista aséptico que describe lo que ve desde una distancia clínica. Es un vecino que narra, un compatriota que sufre, alguien cuya voz sube cuando la pelota entra y se quiebra cuando la injusticia aparece. Desde Víctor Hugo Morales y tantos otros cuya voz forma parte de la memoria emocional de sus países, el relato sudamericano siempre ha sido carne viva. La pasión no es un defecto del formato: es el formato mismo.
Chipi Vera no inventó nada esa noche. Hizo lo que hacen los relatores de este continente cuando los golpea la emoción: gritó lo que sentía, con todo lo que eso implica —y con todo lo que eso también excede. Los insultos a Infantino, las groserías al aire, el exabrupto contra el árbitro: nada de eso es defendible desde la «norma profesional». Pero tampoco nace del odio ni de la mala fe. Nace del amor, de la desesperación, de esa particular manera en que el fútbol le arranca a la gente sus partes más descontroladas.
La FIFA, sin embargo, no tomó esto en cuenta. Retiró la acreditación de todas formas.
La decisión de la FIFA tiene una lógica comprensible en términos formales: los periodistas acreditados para cubrir el Mundial firman condiciones de acreditación, y entre esas condiciones figura el respeto hacia las autoridades del torneo. Insultar al presidente del organismo en vivo, durante una transmisión oficial, constituye una violación clara de ese marco. Hasta ahí, el razonamiento es lineal.
El problema es que ese razonamiento lineal es también un razonamiento sordo. Sordo al contexto del fútbol sudamericano, sordo a la diferencia entre una declaración premeditada y un grito de cancha, y sordo sobre todo a lo que ocurrió después. Una institución capaz de matizar reglas para estadios construidos con sangre de migrantes, capaz de negociar con regímenes autoritarios el derecho a organizar Mundiales, elige aplicar la letra chica con máxima dureza contra un relator paraguayo que se disculpó. La desproporción no es accidental. Es característica.
Hay además un elemento que vale la pena subrayar: la sanción llega en el momento en que Paraguay todavía está en carrera. Chipi Vera no podrá cubrir los partidos que restan de la Albirroja. Si Paraguay llega a los dieciseisavos, si avanza más, la voz que durante años narró las victorias y las derrotas de esa selección no estará en el estadio. Eso no es un detalle menor. Eso también es una manera de matar el fútbol.
No todo lo que dijo Vera esa noche merece defensa. Algunas palabras cruzaron líneas que no tienen que ver con la pasión sino con otros prejuicios que el fútbol arrastra y que el periodismo deportivo no debería reproducir. Eso también debe decirse. El reconocimiento de lo que fue un exabrupto legítimo no obliga a blanquear todo lo que salió al aire. La crítica honesta puede sostener las dos cosas al mismo tiempo.
Pero la FIFA no hizo una crítica honesta. Aplicó una sanción y cerró el expediente.
Al final, el grito de Chipi Vera quedará como uno de los momentos más honestos de este Mundial, no por lo que dijo sino por lo que reveló: que el fútbol todavía le importa a alguien. Le importa con el cuerpo, con la voz, con la rabia de quien siente que algo suyo está siendo tocado sin permiso.
Que eso sea sancionable dice mucho más sobre quién administra el fútbol hoy que sobre el hombre que gritó desde una cabina para todo un país.
Mataron el fútbol. No solo en el partido contra Turquía. Lo vienen matando desde hace tiempo, de a poco, con reglas cada vez más ajenas a la cancha y decisiones cada vez más ajenas a la gente. Chipi Vera sólo lo dijo en voz alta.



