Ya no alcanza el abecedario. Ahora 18 países dicen “hasta acá” y abandonan la sigla LGBTQ+. Reclaman volver a lo “básico” y acusan al movimiento de haberse perdido en peleas internas.
Una ruptura sin precedentes sacude al activismo de la diversidad sexual. Según informaron distintos medios internacionales, entre ellos Le Point de Francia, la alianza “LGB International”, integrada por colectivos de lesbianas, gays y bisexuales de 18 países, anunció oficialmente que se aparta del movimiento LGBTQ+. La decisión, comunicada el 20 de septiembre, marca un punto de inflexión en la historia de las luchas por derechos sexuales y de género.
La organización explicó que su salida obedece a un desacuerdo profundo con la centralidad que en los últimos años adquirió la cuestión trans dentro del activismo. En palabras de sus representantes, el movimiento LGB original fue “desviado hacia una agenda que no representa las demandas históricas de gays, lesbianas y bisexuales”. La alianza busca, en cambio, “recentrar la lucha en la orientación sexual” y distanciarse de las reivindicaciones vinculadas a la identidad de género.
El presidente en Francia de “LGB International”, Frédéric Schmincke, lo expresó con claridad: “Debemos refundar el corazón del movimiento gay y lésbico, que ha sido traicionado por militantes demasiado extremos”. Con este planteo, la alianza se propone recuperar un espacio que considera eclipsado por el protagonismo de los debates en torno a la identidad de género y las transiciones, en particular las que involucran a menores de edad.
Ese último punto es, de hecho, el eje más polémico de su agenda. Entre las prioridades de “LGB International” figura la denuncia de la transición de género en menores, una cuestión que en Europa ha generado intensos debates sociales, políticos y legislativos. En Francia, por ejemplo, una propuesta de ley impulsada por Los Republicanos y aprobada en el Senado busca establecer un marco estricto para las prácticas médicas en adolescentes que cuestionan su identidad de género. El texto todavía aguarda tratamiento en la Asamblea Nacional, pero ya fue acusado de “transfobia” por parte de organizaciones trans y sus aliados.
La iniciativa internacional toma como base la experiencia de la LGB Alliance, creada en el Reino Unido en 2019. Desde sus inicios, esta organización fue objeto de controversia por su rechazo a la identidad de género y a las transiciones infantiles. Sus impulsores sostienen que las luchas por los derechos sexuales han sido desviadas hacia objetivos que poco tienen que ver con la orientación sexual, y que la prioridad debería ser recuperar el sentido original del activismo LGB. Con esta nueva declaración de independencia, la estrategia da un salto global y se extiende a países como Estados Unidos, Australia, Taiwán y Francia.
Las reacciones no se hicieron esperar. Quienes apoyan la medida la presentan como un acto de emancipación frente a un movimiento que, en su opinión, perdió el rumbo al subordinar la causa gay y lésbica a la cuestión trans. Del otro lado, numerosas voces advierten que se trata de un retroceso histórico que amenaza con fragmentar conquistas alcanzadas en común y con aislar aún más a las personas trans en un contexto de creciente hostilidad política y social.
Lo cierto es que la ruptura ya abrió un debate intenso dentro y fuera del activismo. Para algunos, es la oportunidad de clarificar agendas y devolver centralidad a las demandas de gays, lesbianas y bisexuales. Para otros, constituye una fractura que debilita a todos y pone en riesgo la fuerza colectiva que permitió los mayores avances en derechos en las últimas décadas. El interrogante que queda planteado es si este quiebre dará lugar a una recomposición del activismo en nuevas líneas de acción o si, por el contrario, marcará el inicio de una etapa de mayor fragmentación y enfrentamiento interno.



