La línea oficial del Partido Colorado sigue alineada con Taiwán, pero en 2024–2025 aparecieron disidencias visibles en Diputados y disputas internas en la Cancillería. A la presión del agro se suma la tentación política de inaugurar megaproyectos financiados por Beijing. Sin embargo, la discusión no se da de manera orgánica dentro de la ANR, sino como irrupciones puntuales de actores con intereses específicos. El riesgo: contratos que pueden generar dependencia si no se blindan.
En la ANR todavía manda la ortodoxia pro-Taiwán. La decisión de Cancillería de revocar la visa del funcionario chino Xu Wei en diciembre de 2024 marcó el perímetro: tolerancia cero a señales de injerencia y reafirmación de la histórica relación con la isla. El episodio, ampliamente cubierto, consolidó a grandes rasgos la posición oficial del Gobierno. Aun así, el clima dejó de ser monolítico.
Recientemente, el diputado Hugo Meza —por Cordillera y, desde ese año, vicepresidente de la Cámara Baja— soltó la frase que encendió el debate: “Estamos perdiendo nuestro tiempo con Taiwán”. De regreso de un viaje, pidió abrir un debate nacional sobre reconocer a la China continental. La declaración fue reproducida por los principales medios paraguayos y regionales y lo posicionó como la voz colorada más explícita a favor del giro hacia Beijing.
El segundo nombre que empuja en esa dirección es Carlos Núñez Salinas (Central), que volvió a defender en entrevistas audiovisuales la necesidad de “dejar de lado posiciones ideológicas” y abrir relaciones con China “para mejorar la balanza comercial”. La inclinación no es nueva: en 2019 figura como coautor del proyecto para declarar de interés nacional la apertura de una oficina comercial paraguaya en la RPC, junto con Arnaldo Samaniego y Avelino Dávalos (y el entonces diputado del PPQ Carlos Sebastián García).
Un tercer foco lo aporta Luis María González Vaesken (Alto Paraná). En plena polémica por Xu Wei, calificó de “equivocada” la decisión de la Cancillería y habló de “medida extrema”, un posicionamiento crítico de la reacción pro-Taiwán y más comprensivo con Beijing. Sus dichos quedaron registrados en las cuentas oficiales de Radio Ñandutí.
El debate no se limita al Congreso. Dentro de la propia Cancillería paraguaya existen disputas abiertas: un ala diplomática, cercana al ministro y a la Embajada en Taipéi, insiste en sostener la alianza con Taiwán como seña de identidad y fuente de cooperación constante; otra, ligada a las direcciones de comercio exterior y promoción de inversiones, ve con simpatía la posibilidad de abrirse a China para ganar acceso a mercados y captar financiamiento. Esa tensión, que durante años se manejó con discreción, hoy se filtra en las conversaciones políticas y refleja un pulso real por la orientación estratégica del país.
Aun así, es importante subrayar que la discusión no se da de manera orgánica dentro del Partido Colorado. No existe un debate institucionalizado en convenciones, instancias partidarias o documentos de orientación ideológica. Lo que se observa son intervenciones individuales, expresiones aisladas y, en algunos casos, estrategias personales para posicionarse frente a demandas sectoriales. La ANR, como estructura, no ha abierto un proceso deliberativo sobre su política exterior; más bien, el tema emerge como ruido en el Congreso y como tensión latente en la Cancillería.
Detrás de estas voces disidentes no está solo el mundo rural, aunque el agro es un actor central. Los productores y gremios del campo vienen reclamando el costo de oportunidad de no vender directamente a China: la soja y la carne paraguayas deben salir a terceros países para procesarse o colocarse en mercados que sí tienen acceso al gigante asiático, lo que recorta márgenes. En paralelo, Paraguay arrastra déficits crónicos de infraestructura —corredores, nodos logísticos, puertos secos— que reducen la competitividad. Allí es donde la oferta china resulta seductora: no se trata únicamente de abrir mercados, sino de traer inversiones de gran escala que prometen modernizar el país con velocidad.
El cálculo es también político. Para sectores del oficialismo colorado, un paquete de financiamiento y obras chinas no sólo resolvería parte de las demandas rurales sino que también ofrecería capital político inmediato: autopistas, puertos o parques industriales que se pueden inaugurar y mostrar como símbolos de gestión. La seducción de contar con obras visibles y rápidas es un incentivo fuerte para cualquier gobierno. Los megaproyectos chinos en la región, como el puerto de Chancay en Perú, muestran esa capacidad de transformar geografías económicas. Pero también enseñan las contracaras: disputas regulatorias por cláusulas de exclusividad, control de activos estratégicos y conflictos ambientales.
El ejemplo de Hambantota, en Sri Lanka, es aún más elocuente. Allí, la imposibilidad de pagar préstamos contratados con condiciones onerosas terminó en la cesión de control del puerto a una empresa estatal china, lo que se convirtió en emblema de lo que se ha llamado “trampa de deuda”. El caso sirve de advertencia: sin cláusulas claras de auditoría, participación local y reversión, los proyectos pueden pasar de ser motores de desarrollo a instrumentos de dependencia.
Por el lado de Taiwán, Paraguay sigue recogiendo beneficios tangibles. En 2025, la isla oficializó arancel cero para la carne porcina paraguaya, medida con impacto directo en la cadena cárnica local. Además, mantiene programas de becas, cooperación técnica, visibilidad internacional en foros clave y la importante Universidad Nacional Paraguay Taiwán. Esa singularidad —ser el único país sudamericano que reconoce a Taiwán— otorga un capital diplomático difícil de sustituir, sobre todo frente a Estados Unidos, Japón e Israel.
El dilema paraguayo, por tanto, no se reduce a un choque entre intereses rurales y diplomacia histórica. Entra en juego también la seducción política de la modernización acelerada, de inaugurar grandes obras con financiamiento externo, y la tentación de mostrar resultados inmediatos. La pregunta estratégica no es únicamente con quién relacionarse, sino bajo qué reglas negociar: cómo evitar que las promesas de inversión se conviertan en cesiones de control y cómo sostener el equilibrio entre autonomía y desarrollo.
El Partido Colorado se encuentra en un punto de inflexión. La posición oficial sigue siendo pro-Taiwán, pero las voces disidentes ganan volumen y apelan a demandas concretas: mejores precios para el agro, más infraestructura, más capacidad de hacer política con grandes obras. En la Cancillería, las divisiones son ya un hecho, con un ala que defiende la continuidad y otra que empuja el pragmatismo chino. Y en el partido, la falta de un debate orgánico muestra que el tema avanza como corrientes dispersas y no como orientación institucional, reflejando más la presión de sectores y ambiciones individuales que una redefinición doctrinaria. El desenlace dependerá de si Paraguay logra monetizar su singularidad con Taiwán, o si, ante la presión interna y la seducción de los capitales chinos, decide negociar un giro que podría traer beneficios inmediatos, pero también riesgos de dependencia a largo plazo.



