No se trata de simples chistes de TikTok: detrás de esa jerga hay toda una filosofía que mezcla disciplina física, fe religiosa y promesas de éxito económico.
En los últimos años, las redes sociales latinoamericanas se llenaron de frases como “masivo, ganando”, “sin excusas” y “levantate temprano, bro”. No se trata de simples chistes de TikTok: detrás de esa jerga hay toda una filosofía que mezcla disciplina física, fe religiosa y promesas de éxito económico. El pionero de este movimiento en el público de habla hispana es Llados, un influencer español que convirtió la cultura del esfuerzo en un credo digital, y que pronto encontró discípulos en distintos rincones de América Latina. Entre los primeros se menciona al llamado Colorado Masivo, Matías Cardozo, y en Paraguay el estandarte local de este fenómeno tiene nombre propio: Franccesco Mocaccino.
Lo interesante del caso paraguayo es cómo un país que atraviesa un constante crecimiento económico y urbanístico recibe y adapta este discurso. Nuevos locales, torres de departamentos y desarrollos inmobiliarios marcan una transformación que alimenta las aspiraciones de amplios sectores de la población. En ese contexto, figuras como Mocaccino se vuelven visibles repitiendo las consignas de la escuela “masivo”: entrenamientos como ritual, disciplina sin concesiones, frases motivacionales que invocan tanto a Dios como al universo, y una insistencia constante en que el éxito depende únicamente de la voluntad individual. La narrativa es sencilla pero poderosa: si madrugás, si entrenás, si confiás en tu fe y en tu esfuerzo, vas a salir adelante. El fracaso no se explica por las estructuras sociales ni por la falta de oportunidades, sino por tu falta de convicción.
Para muchos jóvenes de clase baja y media, este discurso tiene un atractivo inmediato. En un Paraguay donde cada vez más personas buscan subir un escalón en la escala social y acceder a un estilo de vida antes reservado para una élite, la idea de que “todos podemos” resuena con fuerza. La población ve que hay quienes progresan y encuentra en estos discursos un combustible simbólico. Aunque en redes abundan las parodias que caricaturizan la estética masiva —con bromas sobre músculos, frases rimbombantes y cuentas bancarias ficticias—, lo cierto es que una parte significativa de los seguidores lo toma en serio, como guía de vida.
El fenómeno también tiene un costado religioso que no es menor. Aunque no siempre se cite un credo específico, la apelación a la fe impregna el discurso. Dios aparece como aliado de quienes luchan sin excusas, el milagro como premio al que no se rinde. Es una espiritualidad de bolsillo, fácil de compartir en reels y estados de WhatsApp, pero con gran capacidad de mover voluntades. En sociedades donde la religión ocupa un lugar central, esa mezcla de disciplina y fe se siente como un camino legítimo hacia el progreso personal.
La paradoja es que el mismo mensaje que motiva también puede ser cruel. Cuando los resultados no llegan, el seguidor no encuentra explicaciones estructurales, sino que asume la culpa como un fallo personal: no se levantó lo suficientemente temprano, no entrenó lo bastante duro, no creyó con suficiente fe. La promesa del “ganar” se convierte entonces en un boomerang que hiere la autoestima de quienes no logran alcanzar la meta. Mientras tanto, los pocos ejemplos de éxito —reales o cuidadosamente editados para Instagram— se muestran como pruebas de que “sí se puede”, reforzando la ilusión.
En Paraguay, donde la economía se expande y cada vez más jóvenes sueñan con pasar de la clase media emergente al estilo de vida de la clase alta, el “masivo, ganando” no es solo una moda importada: es un reflejo de esa aspiración. A falta de un relato colectivo que explique cómo aprovechar ese crecimiento, aparece este evangelio digital que promete salvación individual a cambio de disciplina y fe. Para algunos, funciona como motivación y motor de cambio; para otros, es apenas un espejismo que exagera las posibilidades reales de ascenso.
Lo cierto es que el fenómeno llegó para quedarse.
Y si bien no se trata de demonizarlo —nadie podría negar que la disciplina y la motivación son valiosas—, sí es necesario abordarlo con mirada crítica. Porque cuando un credo digital convierte la falta de éxito en culpa personal y omite las complejidades de la movilidad social, ya no estamos solo ante un chiste de TikTok, sino ante un relato cultural que impacta en cómo miles de paraguayos entienden su propio futuro.



