Paraguay enfrenta tensiones fiscales reales, pero no un “fin de modelo” como plantea el expresidente del BCP, José Cantero. El país transita una transición hacia un esquema más diversificado, con mayor protagonismo del sector privado y un Estado que moderniza su institucionalidad para planificar mejor y potenciar las APP. La economía sigue mostrando fundamentos sólidos y grado de inversión; el desafío es ordenar las cuentas y dirigir estratégicamente la inversión para iniciar un nuevo ciclo de desarrollo.
En su columna titulada “El fin del modelo económico”, publicada en el diario 5días, el expresidente del Banco Central del Paraguay, José Cantero, sostiene que el motor fiscal que impulsó el crecimiento paraguayo en la última década —la inversión pública financiada por deuda— habría llegado a su límite.
La formulación es provocadora y tiene una parte de verdad que no conviene minimizar: el espacio fiscal se ha reducido, el servicio de la deuda pesa más en el Presupuesto y el Estado ha registrado atrasos de pago en sectores sensibles. Ese señalamiento es pertinente y ayuda a abandonar lecturas excesivamente complacientes sobre la situación fiscal.
Cantero acierta también en otro punto esencial: la necesidad de fortalecer la capacidad institucional del Estado para planificar, priorizar y ejecutar proyectos estratégicos. Su argumento de que el país debe transitar hacia un Estado más profesional, capaz de articular asociaciones público-privadas (APP) y coordinar al sector privado con objetivos de desarrollo, es consistente con la agenda modernizadora que el propio Gobierno ha emprendido.
La nueva normativa que simplifica procesos de APP, centraliza los controles fiscales y acorta plazos de aprobación ya es política pública en ejecución, y responde justamente a la idea de que la institucionalidad es el principal resorte de un nuevo ciclo de inversión.
Sin embargo, la tesis principal de la columna —el supuesto “fin del modelo económico paraguayo”— no se sostiene a la luz de la evidencia disponible. El análisis de Cantero reduce ese “modelo” casi exclusivamente a la fórmula gasto público más endeudamiento.
Ese componente fue decisivo, pero no es toda la historia. La economía paraguaya no creció solo porque el Estado tomó deuda para construir rutas: en la última década el país combinó varios motores a la vez.
Las cifras muestran que Paraguay creció en torno al 3 % anual en promedio en el período reciente, frente a alrededor de 2,3 % en América Latina, manteniéndose sistemáticamente por encima del promedio regional.
Ese desempeño se apoyó en agroexportaciones competitivas, en la energía hidroeléctrica, en la expansión del régimen de maquila, en nuevas inversiones logísticas e industriales, en el fortalecimiento del sector servicios y en un entorno de estabilidad macroeconómica que atrajo capital extranjero. Ese entramado productivo es más complejo que la caricatura de “Estado endeudado que construye obras”.
También es cierto que la deuda aumentó con rapidez. De hecho, la deuda pública bruta ronda actualmente el 45 % del PIB, cuando una década atrás se ubicaba en torno al 30 %.
Aun así, sigue por debajo del promedio latinoamericano, que supera el 50 % del PIB, y muy por debajo del promedio mundial, cercano al 60 %. Además, el perfil de vencimientos sigue siendo manejable y el país conserva acceso fluido a los mercados internacionales.
No es casual que Moody’s haya otorgado a Paraguay el grado de inversión en julio de 2024, reconociendo la combinación de crecimiento robusto, estabilidad macro y prudencia fiscal relativa. Es difícil conciliar la idea de un “modelo agotado” con la evidencia de una economía que acaba de entrar en el club —aún reducido— de emisores soberanos con investment grade en la región.
El artículo de Cantero presenta como prueba del agotamiento fiscal los atrasos en pagos a proveedores. Ese hecho debe ser reconocido con claridad y el Gobierno lo ha hecho, pero no debería confundirse con un colapso estructural del esquema fiscal.
Paraguay atraviesa un proceso de reorganización presupuestaria y de sinceramiento de obligaciones acumuladas en años previos. Esa corrección no implica insolvencia; indica la decisión de ordenar las cuentas para evitar que compromisos imprudentes condicionen la capacidad de inversión futura.
Aquí la distinción es importante: si no se consolida esta transición —si se vuelve a expandir el gasto rígido sin reforzar los ingresos ni mejorar la calidad del gasto— entonces sí podrían aparecer riesgos de sostenibilidad más serios. Pero ese es precisamente el rumbo que se busca evitar.
Otro aspecto que el texto de Cantero no termina de dimensionar es el dinamismo del sector privado. La estructura exportadora sigue siendo concentrada, pero hoy es más diversa que hace diez años: maquila, manufactura, carne aviar, forestación, logística, tecnología y servicios corporativos han ganado peso en la canasta exportadora y en el empleo formal.
La inversión privada no está en retirada; está reorientándose hacia sectores donde existan reglas claras, previsibilidad y mejor infraestructura. En ese sentido, el énfasis del Gobierno en la atracción de inversiones, la simplificación regulatoria y la modernización de la infraestructura física y digital cumple un rol central. El país no se queda sin motores; está cambiando la proporción entre ellos.
La visión propositiva del ex titular del BCP, por tanto, debe ser leída en clave de evolución y no de funeral. Paraguay efectivamente necesita un Estado que deje de ser solo ejecutor de obra y se convierta en articulador estratégico de un proyecto de desarrollo.
Pero la conclusión no es que el modelo esté agotado, sino que está mutando hacia algo más exigente: un esquema donde la deuda pública se utilice con mayor selectividad, las APP funcionen como multiplicadores de la inversión y la calidad del gasto —en infraestructura, capital humano e innovación— importe tanto como su volumen.
El Estado no debe retirarse; debe volverse más inteligente. Eso supone disciplina fiscal, pero también mejores capacidades técnicas para evaluar proyectos, priorizar aquellos con mayor retorno social, evitar la captura corporativa y coordinar con el sector privado sobre la base de reglas estables y transparentes.
Las APP, vistas desde esta óptica, no son sustitutos de la inversión pública, sino instrumentos para ejecutar proyectos más grandes, más rápidos y con mayor impacto, siempre que los riesgos fiscales de largo plazo se registren de manera explícita y se gestionen adecuadamente.
La verdad más útil de la columna de Cantero es que el país está ante un punto de inflexión. El viejo equilibrio fiscal —obra pública financiada principalmente por deuda barata en un contexto internacional de tasas bajas— ya no puede sostener por sí solo la expansión.
Pero la economía paraguaya cuenta hoy con nuevas palancas: una diversificación exportadora incipiente pero real, un sector privado más maduro, regímenes de inversión actualizados y un proceso de modernización institucional que apenas comienza a desplegarse.
El desafío es convertir esa transición en proyecto. Más que hablar de agotamiento, corresponde hablar de dirección. Paraguay necesita un Estado emprendedor, disciplinado en lo fiscal, exigente en lo técnico, comprometido con la planificación, abierto a la inversión y capaz de utilizar tanto la deuda como las APP y la inversión privada directa de forma estratégica para ampliar su capacidad de acción.
Ese es, en buena medida, el camino que ya se está trazando. La columna de Cantero contribuye al debate al encender la luz amarilla; lo que hace falta es que esa luz no se interprete como señal de “fin del modelo”, sino como invitación a construir el próximo modelo: más robusto, más diversificado y más orientado al desarrollo inclusivo y sostenible.



