El gobierno de Santiago Peña convirtió a la vivienda en uno de los ejes visibles de su gestión, con Juan Carlos Baruja como articulador clave de una agenda que busca conectar con la nueva clase media paraguaya. Che Róga Porã 2.0 emerge como política emblema, moderna, accesible y diseñada para quienes históricamente quedaron fuera del crédito tradicional. Al mismo tiempo, el MUVH sostiene programas sociales para las familias más vulnerables, consolidando un enfoque integral. La vivienda deja de ser promesa lejana y se vuelve horizonte alcanzable para miles de paraguayos.
En Paraguay, la vivienda viene siendo desde hace años una política pública sostenida, pero el gobierno de Santiago Peña decidió darle un impulso decisivo y hacer de ella uno de los ejes visibles de su gestión. Y en ese giro estratégico, el rol del ministro Juan Carlos Baruja resulta clave: bajo su conducción, el MUVH convirtió a Che Róga Porã en una política emblema capaz de dialogar directamente con la nueva clase media paraguaya y con sus aspiraciones más profundas.
Esa nueva clase media —trabajadores formales, emprendedores, profesionales jóvenes, familias que pagan alquiler y hacen malabares con la canasta básica— estaba históricamente en tierra de nadie: demasiado “ordenada” para ser prioridad de los programas sociales clásicos, pero sin espalda para acceder al crédito bancario tradicional. La innovación de Che Róga Porã 2.0 es justamente entrar en ese vacío: préstamos de largo plazo, con tasa fija históricamente baja y cuotas que muchas veces se ubican por debajo o en el mismo rango de un alquiler mensual. No es solo una línea de crédito, es un mensaje político: el Estado reconoce que el esfuerzo de la clase media merece una política hecha a su medida.
El diseño del programa también habla de un cambio de época. Che Róga Porã 2.0 no encierra a las familias en un único molde, sino que ofrece cuatro caminos: construcción en terreno propio, compra de terreno y construcción, adquisición de vivienda terminada —casa, dúplex o departamento— y ampliación o refacción de la casa existente, atacando así tanto el déficit cuantitativo como el cualitativo. Es la lógica de la “trayectoria habitacional”: cada familia elige según su momento vital, sus ingresos y su proyecto de vida. Allí se ve una sensibilidad poco frecuente hacia cómo vive y sueña realmente la gente.
En este marco, la figura del ministro Baruja gana relevancia. Es un ejemplo de que líderes políticos y territoriales tiene sobradas capacidad para liderar políticas públicas. Eso se refleja en la articulación que lleva a delante con la banca pública y privada para sostener tasas preferenciales, con la cooperación internacional para asegurar financiamiento de largo plazo, con el Congreso para convertir estos instrumentos en políticas de Estado y no simples programas transitorios. Cuando una política habitacional empieza a ser presentada en foros regionales y valorada por desarrolladores y especialistas del sector, es porque detrás hay una conducción que combina técnica, gestión y lectura política del contexto.
Pero reducir el MUVH a Che Róga Porã sería injusto. La institución sostiene un ecosistema de programas destinados a familias de menores ingresos: FONAVIS para viviendas sociales, Vy’a Renda para terminaciones y ampliaciones en municipios, Che Tapýi y líneas dirigidas a comunidades indígenas y pueblos originarios, además de proyectos de mejoramiento habitacional en áreas urbanas del país. Así, mientras Che Róga Porã interpela a la clase media trabajadora, estos programas garantizan que la política habitacional siga siendo un mecanismo de inclusión real y no un privilegio segmentado.
Los resultados muestran que no estamos ante una campaña publicitaria. Se cuentan por decenas de miles las soluciones habitacionales gestionadas y por miles las viviendas ya entregadas entre obras nuevas y mejoramientos, en distintos puntos del país. Para muchas familias, recibir una llave no es solo mudarse: es traducir años de esfuerzo en patrimonio, convertir una expectativa en realidad y darle estabilidad a sus hijos.
La conexión política de esta agenda con la nueva clase media es evidente. Un gobierno que logra decirle a una pareja joven “tu cuota será similar a tu alquiler y vas a empezar a pagar cuando ya estés viviendo en tu casa” está construyendo confianza en un contexto donde buena parte de la ciudadanía siente incertidumbre. Y un ministro que recorre obras, ajusta procedimientos, escucha a desarrolladores y a intendentes, y presenta el programa en escenarios internacionales demuestra que la política puede gestionar sin estridencias, pero con impacto.
Por eso, más que un programa sectorial, la vivienda se está convirtiendo en uno de los relatos centrales del gobierno de Peña: la idea de que el progreso no es solo macroeconómico, sino también doméstico, tangible, medible. Un país que se toma en serio la aspiración de su gente a construir patrimonio, arraigo y estabilidad. En ese proyecto, Juan Carlos Baruja y el MUVH cumplen un papel decisivo: menos discurso vacío y más resultados, menos grandilocuencia y más llaves entregadas. Y ese, en política, es el tipo de liderazgo que deja huella.



