por: César Zapata
Parece imposible que alguien pueda creer que la tierra es un disco plano o que el implacable avance de los reptilianos acabará exterminado a los ingenuos seres humanos, que en su mayoría no sospechan de su alienígena presencia. No obstante, en la actualidad, hay un importante número de personas que creen en estas u otras sutilezas del mismo estilo.
¿Por qué nuestro presente global parece, particularmente, abastecido de teorías que no resisten un examen medianamente serio? Un examen que considere los elementos ganados por la ciencia, la historia, la filosofía, en general por el reservorio de saberes que se han acumulado y validado en el devenir de la cultura.
En este escrito comenzaré fronterizando dicho fenómeno, posteriormente propondré algunos escenarios para entender su emergencia en la cultura global y de manera paralela intentaré trazar en líneas generales un análisis ontológico, que estimo necesario para comprender filosóficamente “el problema de la verdad” que esta cuestión implica.
Iniciaré la zonificación conceptual del fenómeno desde la orilla del sujeto, para ello apelaré al siguiente neologismo: pantopismo, se trata de un término, construido etimológicamente a partir de los vocablos griegos; Pan, que significa: todo, unidad conceptual de lo diverso, suma total de los entes y Pistis, que alude a la voluntad de creer, de tener fe o confianza en alguna teoría, doctrina o conjunto de ideas.
El objetivo de este concepto es hacer visible la actitud de una gran parte de seres humanos que tienden a creer en ideas, sin investigar acerca de la rigurosidad de su fundamento. En otras palabras, un individuo es pantopista cuando se entrega a la inclinación de suprimir la búsqueda de una coherencia teórica o de fundamentos empíricos, necesarios para validar un conjunto de afirmaciones, en su lugar, elige adherir a criterios facilistas y fantasiosos.
Dicha actitud se ve reforzada por el actual contexto global del planeta, un mundo saturado de informaciones contradictorias y discursos que acentúan la emoción esquivando la racionalidad y el sentido común. Ser un ciudadano actual, conlleva beberse diariamente una verdadera poción de opiniones que circulan furiosamente por las redes sociales, administradas por algoritmos que usan la lógica de la recursividad populista, reforzando sesgos, y creando tendencias, como una suerte de fábrica de falacias ad populum.
El pantopismo deviene como un fenómeno social, político, psicológico y filosófico de magnitud, pues éste, no se limita a la ingenuidad individual, sino que expresa un síntoma colectivo de una sociedad hiperconectada pero ontoepistemológicamente[1] fragmentada, donde toda opinión parece equivalente y toda verdad parece provisional.
Pantopismo, nihilismo y posverdad.
El pantopismo es lo contrario, p[i]ero al mismo tiempo equivalente al nihilismo: mientras el nihilista no puede creer en nada, el pantopista cree en todo sin jerarquizar; adhiere simultáneamente a ideas incompatibles, combinando, por ejemplo, teorías científicas con supersticiones o creencias mágicas, sin experimentar conflicto interno alguno. Pero ambos, beben del mismo problema ontoepistémico, causado por un debilitamiento en la voluntad por acceder a la verdad, pues, ésta, no existe -problema ontológico- y sí existiera no se puede conocer -problema epistémico-.
Durante el siglo XIX Nietzsche, describe el nihilismo desde dos frentes: uno que se podría calificar como ontológico, que entiende la verdad, en sí misma, no como absoluta, sino como relativa, en tanto depende de la interpretación del sujeto. (Nietzsche 2018) Todo lo contrario a la arcaica aletheia (verdad) de los griegos antiguos, aquella que se ocultaba tras un velo que el pensamiento tenía que descorrer, es decir descubrir. La verdad como aletheia es independiente al individuo que la capta, no está en relación a su interpretación.
El otro frente, más arrimado a la vida individual, que podríamos denominar existencial, es el desgate de la voluntad en el sujeto, quien considera que todo es lo mismo (Nietzsche 2005) y que por lo tanto, da igual creer en esto o lo otro, frente a ello opta por no creer en doctrina, ideología, teoría o especulación alguna, pues esencialmente todo es idéntico.
La actitud pantopista, acusa el mismo desgaste de la voluntad, que se resiste a realizar un esfuerzo metodológico para obtener una verdad y prefiere entregarse a una especie de desidia estructural, cuya energía no es suficiente para considerar todos los elementos necesarios para discriminar entre lo veraz y lo engañoso. El pantopismo, termina convirtiéndose en una creencia degradada, que pone el acento en adherir a algo ofertado en el mercado de lo entretenido, pues resulta más atractivo y fácil que la verdad se decida desde la comodidad de las preferencias, o en el mejor de los casos por acuerdo, por convención, como proclamaba el antiguo Protágoras en las plazas de Atenas, asumiendo que es el ser humano la medida de todas las cosas. (Mondolfo, Rodolfo 2022)
En términos culturales, el fenómeno pantopista se encastra en la lógica de la posverdad, (Ferraris Maurizio 2019) entendida como la subordinación de los hechos objetivos a las emociones y creencias personales. En ese sentido, el pantopismo es el correlato psicológico y cultural de la posverdad, en tanto disposición afectiva que hace posible su proliferación.
Ahora bien, la conducta pantopista, desde el punto de vista de la cultural global, tiene, a mi modo de ver, una elasticidad que transita, por lo menos sobre tres escenarios posibles, con sus correspondientes entremedios, movimientos y complejidades.
Escenarios epistémicos del pantopismo
A mi modo de ver, es necesario tener una cosa clara en lo que se refiere al pantopismo: en estricto rigor, no se trata de si aquello que se cree es efectivamente la verdad, sino que es la verdad misma, la que se resuelve al modo de una ruleta. Tradicionalmente a la verdad se accede a través de un camino, de un sendero, a esta especie de ruta se le llama: método, el cual se constituye de rigurosos pasos, procedimientos y varias complejidades, esto lo comprendió perfectamente, Descartes, allá por el siglo XVII, en su Discurso del método.
Pues bien, para el pantopista, el método es una especie de construcción hecha a la medida del interesado, no existe un método relativamente objetivo, sino más bien una serie de vericuetos y revelaciones subjetivas que se dirigen al punto deseado. Por eso, aun cuando, sea verdad que los extraterrestres construyeron las pirámides o las imágenes de Nazca en Perú, eso fue detectado por el azar o la revelación, no por la rigurosidad de un método para descubrir la verdad. Teniendo en cuenta esto, a continuación propondré los siguientes escenarios:
El primero corresponde a “verdades” que son un carruaje de imaginaciones desbocadas, cuyo sustento es prácticamente la anécdota fantasiosa y la superstición, por ejemplo: la invasión reptiliana, el complot de los iluninati, la existencia del chupa kabras, Esta topología es, quizá, la más común e inocente, por lo mismo está constantemente asediada por el derrumbe, pues básicamente se sostiene con mentiras fáciles de desenmascarar.
El segundo se refiere a afirmaciones con un blindaje de verdades y engaños parciales, esto las convierte en una especie de crisol con muchos reflejos que batidos en un coctel voluptuoso y fácil de digerir, parece estar dotados para confundir y despertar dudas. Ejemplos de ello, puede ser, lo que se dijo respecto a la tecnología 5g, o las vacunas para prevenir el covid o la afirmación de que el cometa 3I Atlas es tecnología de inteligencia extraterrestre. Efectivamente las radiaciones 5g o los componentes de las vacunas pueden ser potencialmente peligrosos, o el cometa tecnología extraterrestre, pero no se puede demostrar fehacientemente, ni mucho menos atribuir a un complot organizado capaz de manipular la marcha de la historia planetaria o del universo entero. En definitiva son especulaciones que aún no pueden validarse del todo, pero que se objetivan como manipulaciones socioemocionales, catalogadas bajo el rótulo de conspiraciones. Esta topología resulta más difícil de desmontar y en ciertos individuos pantopistas se transforma en una militancia radicalizada capaz de movilizar recursos y lograr un alto nivel de persuasión y agresividad.
El último escenario, tal vez, el más peligroso, pues se enmascara tras el espíritu positivista que impulsa a las ciencias desde el siglo XIX, incluso desde la modernidad temprana. Me refiero a las promesas de los propios saberes establecidos y validados, que mediante la especulación, muchas veces inspirada por intereses de mercado, nos hablan de lograr la inmortalidad de los seres humanos o la colonización de Marte. Peligroso, porque al contrario de los demás escenarios, aquí se trafica con las posibilidades más increíblemente creíbles que puede elucubrar el espíritu positivista de los saberes. Pero, el punto es, que no se trata de si suceden o no suceden los hitos prometidos, sino que al igual que en el caso anterior, de la manipulación socioemocional con que se promocionan, cuan productos de mercado que exceden los límites de lo que es posible prometer, en otras palabras, el engaño consiste en que se empeña más de lo que se puede cumplir y esto animado con la clara intencionalidad de enajenar a la población con esperanzas fallidas o siempre disparadas a un futuro que nunca verán. Este escenario opera como una especie de “consuelo metafísico”, como diría, Nietzsche, en la Geneaología de la moral, refiriéndose a la promesa de otro mundo –cielo, infierno- que hacen las religiones, o como el “opio” con que la filosofía positivista embriaga al pueblo, parafraseando la fórmula de Marx. Este escenario pretende sembrar expectativas sobre el suelo de una esperanza fallida. Dicho de otra forma es una manera de inmovilizar el presente con una promesa de futuro, cuando el presente se vuelve estático y sólo deposita su esperanza en el futuro, se produce una enajenación que se puede manipular con mayor facilidad.
Recuerdo, por ejemplo, como a comienzos de los 90, cuando nacía internet, se le promocionaba como la herramienta que operaría un cambio cualitativo en la inteligencia y socialización de los seres humanos. La red, era la oportunidad para que la humanidad amplificara estas capacidades, pues la inteligencia experimentaría una súper nutrición de información y los lazos sociales no tendrían fronteras físicas: nuestro mejor amigo podría ser perfectamente un danés o japonés contactado en la red. Hoy sabemos que mucho de los formatos que circulan por la tela de araña por diversas razones lesionan la inteligencia, incluso el componente adictivo de las pantallas, es en sí mismo, peligroso para la socialización y algunas capacidades cognitivas. Pero la promesa fue administrada a la población con el entusiasmo positivista y la intención clara de asegurar el consumo a la tecnología, como una esperanza para evolucionar o adquirir algún tipo de destreza que genere ganancias. Creer en estas promesas claramente intencionadas a manipular las subjetividades, también corresponde a un espíritu que coquetea con el pantopismo.
A modo de conclusión
En términos filosóficos la emergencia relativamente masiva del pantopismo, exige volver a pensar en el concepto y la posibilidad misma de la verdad, lo cual implica una reflexión acerca de la noción misma de absoluto.
Para los insignes filósofos griegos que en la antigüedad se enfrentaban épicamente con el problema del origen del universo, la verdad (aletheia) era una institución cuya existencia no sólo era indudable, sino que correspondía a la conquista más alta de la inteligencia humana, Pero, en nuestros tiempos, la verdad apenas intenta sobrevivir en un contexto donde la autoridad ontoepistemológica tradicional se ha diluido. Esto en gran medida porque la llamada posmodernidad, dejó de apostar por la unicidad del Ser (un absoluto), necesaria para construir sistemas de validación que dejen fuera gran parte de la relatividad, y se inclinó por la diversidad de los entes con su eclosión de verdades culturales y temporales.
Este giro posmoderno, fue muy importante, sobre todo en Latinoamérica, pues abonó el terreno teórico para decapitar las horrendas dictaduras militares que proclamaban un absolutismo, mediante el cual las ideas contrarias se criminalizaban y castigaban con el exilio, la tortura o el asesinato. Pero, en ese tiempo no se contaba con que esta explosión de diversidad desembocara en el mar de un mercado global de significaciones en donde todas las creencias por absurdas que sean, encuentran su público.
En la era digital, ese vacío de absolutos, fue ocupado por una economía de la atención basada en la viralidad. Las redes sociales y los medios de comunicación masiva ofrecen un flujo constante de información sin jerarquía epistemológica. De este modo, un estudio científico y una teoría conspirativa pueden tener el mismo valor perceptivo en la mente del usuario promedio. El resultado es una forma de democratización de la credulidad, donde la verdad deja de ser un proceso de verificación racional y se convierte en una opción de consumo simbólico.
En tiempos de pantopismo, la tarea del pensamiento crítico consiste en recuperar la diferencia entre comprender y creer. No se trata de negar la diversidad de perspectivas, sino de restablecer la distinción entre lo posible y lo verificable, entre la experiencia subjetiva y el hecho común. Solo así la sociedad global podrá salir de la niebla emocional causada por el funeral de los absolutos hacia un horizonte donde la razón y la sensibilidad dialoguen sin anularse.
Bibliografía
-Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, 2003.
-Ferraris, Maurizio. Posverdad y otros enigmas. Alianza Editorial, 2019.
-Lyotard, Jean-François. La condición posmoderna: informe sobre el saber. Cátedra, 1987.
-Nietzsche, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Alianza Editorial, 1996. -Nietzsche, Friedrich. Más allá del Bien y el Mal. Preludio de una filosofía del futuro. Alianza Editorial 2018. -Nietzsche Friedrich. Así habló Zaratustra. Un libro para todos y ninguno. Traducción, Introducción y notas José Hernández Arias. Valdemar. 2005. -Nietzsche, Friedrich. Operé complete di F. Nietzsche. Edición de G.Colli y M. Montinari. Adelphi 1975- 2008.
-Sibilia, Paula. La intimidad como espectáculo. Fondo de Cultura Económica, 2008. -Mondolfo, Rodolfo. Breve historia del pensamiento antiguo. Losada reedición 2022.
-Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Herder 2013. -Zapata, César. El principio de irrealidad. Arandurá 2018.
-Navarro Fuentes, Carlos. Posverdad, medios de comunicación y poder. Un problema para las humanidades. Revista comunicación y Hombre. N° 18. 2022
[1] Este concepto designa la relación entre dos ramas de estudio en la filosofía; la ontología, cuya reflexión gira en torno al Ser, aquello que hace que los entes sean, y la epistemología, entendida como teoría del conocimiento, es decir la reflexión que se interroga acerca del conocimiento en sí mismo. (Zapata; César 2018)
[i][i][i][i] Este concepto designa la relación entre dos ramas de estudio en la filosofía; la ontología, cuya reflexión gira en torno al Ser, aquello que hace que los entes sean, y la epistemología, entendida como teoría del conocimiento, es decir la reflexión que se interroga acerca del conocimiento en sí mismo. (Zapata; César 2018)



