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martes, julio 21, 2026

Energía, estabilidad y geopolítica: el lugar que Paraguay podría ocupar en el nuevo hemisferio

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En 2026, Paraguay tiene el desafío de combinar sobriedad diplomática con pragmatismo económico: mantener el reconocimiento a Taiwán tendería a seguir funcionando como activo político y tecnológico, sin necesidad de sobreactuar un tono anti-China, mientras un ordenamiento de canales comerciales indirectos hacia el mercado chino, vía socios regionales, podría reducir costos y dependencias informales. Al mismo tiempo, la estabilidad macro y una narrativa creíble de energía competitiva podrían volver al país más atractivo para inversiones vinculadas a relocalización, siempre que se consoliden señales de seguridad jurídica y capacidades frente al crimen transnacional y riesgos híbridos. Dentro del Mercosur, Paraguay podría ganar perfil si empuja agendas realizables de facilitación e infraestructura, y si gestiona la movilidad y el talento como recurso productivo, proyectándose como un actor confiable en un hemisferio de competencia renovada.

 

En el arranque de 2026, el sistema internacional se afirma como una multipolaridad asimétrica y volátil. La competencia ya no se ordena en un eje único, sino en tres constelaciones que se superponen y friccionan: Estados Unidos con sus aliados occidentales, un eje China–Rusia que busca densidad política y financiera a través de BRICS+, y un Sur Global heterogéneo que persigue márgenes de autonomía estratégica más amplios, sin alinearse de manera automática con ninguno de los dos polos.

En ese marco, la segunda administración Trump reorienta el énfasis de la política exterior estadounidense hacia un enfoque hemisférico de contención y reaseguro de influencia, explicitado en su National Security Strategy (2025) y en lecturas que lo describen como un “corolario” contemporáneo de la Doctrina Monroe. Al mismo tiempo, China sostiene una lógica de resiliencia económico-comercial con sesgo industrial-tecnológico, mientras Rusia prolonga conflictos de desgaste que drenan recursos de Occidente y tensan umbrales de escalada.

Los indicadores y tableros de riesgo geopolítico que circulan en el mundo financiero y estratégico ayudan a capturar esa temperatura: la propia arquitectura de medición de BlackRock y el repertorio de alertas de International Crisis Group apuntan a un mapa con múltiples frentes activos y, al menos, un conjunto acotado de conflictos “a vigilar” por su potencial de escalada. El telón de fondo es una economía global que avanza con más fricción (proteccionismo, fragmentación de cadenas y rivalidad tecnológica), aunque con bolsillos de dinamismo ligados a IA y energía limpia, que reordenan inversiones, empleo y dependencia de minerales críticos.

Para América Latina, el cuadro se parece menos a un tablero principal y más a un teatro secundario de competencia: crece la huella china vía comercio e infraestructura, mientras Washington prioriza relocalizaciones cercanas (nearshoring/friendshoring) y mecanismos de contención de actores extrahemisféricos.

La guerra comercial entre EE.UU. y China

La confrontación comercial ya no opera, principalmente, como una “guerra arancelaria total”, sino como un desacoplamiento selectivo: restricciones cruzadas en tecnología crítica, controles sobre insumos estratégicos y disputas por minerales y cadenas de valor. En la práctica, esto se traduce en un reordenamiento silencioso, pero persistente, de proveedores, rutas y estándares, con impacto directo en costos logísticos, precios industriales y capacidad de innovación. El propio lenguaje de “riesgo geopolítico” en los tableros financieros apunta a esa lógica: menos shock único, más acumulación de medidas y fricciones.

China, en este contexto, tiende a diversificar destinos y profundizar su inserción en mercados del Sur Global; Estados Unidos, por su parte, refuerza marcos de coordinación económica en áreas estratégicas (por ejemplo, el andamiaje “Indo-Pacífico” como arquitectura de cooperación y reglas). Para América Latina, el resultado es asimétrico: por un lado, una demanda que puede sostener exportaciones primarias; por otro, una mayor exposición a shocks de precios y a restricciones tecnológicas que llegan “importadas” desde el conflicto entre potencias.

En países sin relaciones diplomáticas directas con Pekín, como Paraguay, la inserción comercial hacia China tiende a ocurrir mediante rutas indirectas (triangulaciones y mercados vecinos), lo que agrega costos, dependencia de intermediarios y menor capacidad de negociación.

El riesgo clave de 2026, sin embargo, no está solo en aranceles o cuotas: está en la posibilidad de una escalada en el Estrecho de Taiwán. Allí el componente militar-diplomático se cruza con el corazón tecnológico del mundo (semiconductores), de modo que una crisis afectaría suministros globales y trasladaría presión a precios, incluido el componente alimentario por la vía de fletes, energía y disrupciones logísticas.

Frentes de guerra activos

El mapa de conflictos en 2026 muestra teatros simultáneos con lógicas distintas, pero un patrón común: son guerras largas, con umbrales de escalada que no desaparecen, solo se desplazan.

Ucrania sigue siendo el principal frente europeo, con dinámica de desgaste y riesgos recurrentes sobre infraestructura crítica y sobre el perímetro de involucramiento indirecto occidental. Medio Oriente mantiene tensiones post-Gaza con ramificaciones regionales y riesgos marítimos. En Asia, Taiwán concentra señales de alta fricción: ejercicios, presión diplomática y demostraciones de fuerza que operan tanto como disuasión como instrumento de coerción gradual. A este cuadro se suman conflictos persistentes como Sudán, el Sahel y Myanmar, que deterioran gobernabilidad, generan desplazamientos y alimentan economías de guerra.

Para América Latina, los efectos son sobre todo indirectos, pero no menores: volatilidad en energía y alimentos, presión migratoria (por desplazamientos y cadenas de tráfico), y modalidades de penetración híbrida -desinformación, financiamiento opaco, articulación con redes criminales- que se adaptan a instituciones débiles y a climas de polarización.

La doctrina de Putin y su proyección

Bajo Putin, la política exterior rusa sostiene un énfasis en la multipolaridad como narrativa de legitimación y como estrategia de erosión de la influencia occidental: alianzas asimétricas, evasión de sanciones, y despliegue de instrumentos híbridos donde el costo/beneficio sea favorable.

En este esquema, BRICS+ funciona como plataforma de proyección política y de búsqueda de alternativas financieras. La expansión reciente llevó al bloque a 10 miembros plenos (tras la incorporación de nuevos miembros desde 2024 y la adhesión de Indonesia en 2025), además de un esquema de socios y aproximaciones variables. Esa amplitud, a la vez, es fortaleza y límite: el bloque agrega peso y visibilidad, pero también contiene intereses divergentes que obligan a modulaciones, especialmente cuando la presidencia rotativa recae en actores que privilegian pragmatismo antes que tono ideológico.

Para América Latina, la influencia rusa es más acotada que la china, pero tiende a crecer por vías no siempre convencionales: redes informativas, cooperación selectiva y vínculos que se activan cuando la región se vuelve terreno de disputa simbólica con Washington.

La doctrina Trump: ¿una doctrina Monroe actualizada?

La segunda administración Trump articula “America First” con un componente hemisférico explícito. En lecturas especializadas, esto aparece como un “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe: el hemisferio occidental es presentado como esfera prioritaria y como zona donde la penetración de rivales extrahemisféricos debe ser contenida. La diferencia con el siglo XX es el instrumento: menos ocupación directa y más herramientas de bajo costo (presión económica, sanciones, coerción diplomática, acuerdos selectivos, señales militares puntuales).

En Venezuela, la doctrina se expresa como presión máxima sobre el régimen de Maduro: bloqueo y sanciones sobre actores del sector petrolero, medidas sobre buques y un repertorio de acciones en el Caribe que, según reportes recientes, incluyen interdicciones y episodios de escalada. En términos estratégicos, el objetivo declarado es restringir ingresos, reducir capacidad de maniobra externa y forzar recomposición política sin una guerra abierta, aunque con riesgos obvios de escalada y de efectos colaterales.

En Argentina, el enfoque es selectivo y positivo hacia Javier Milei, con apoyo financiero y gestos políticos que apuntalan su programa económico, además de marcos de acuerdo comercial recíproco y alivios arancelarios puntuales. Esta preferencia muestra la lógica pragmática del esquema: se prioriza a quienes encajan en el relato de “modelo aliado” en la región, aun cuando subsistan fricciones por políticas comerciales y proteccionistas.

En Honduras, la dimensión antichina emerge con fuerza en la coyuntura electoral: reportes periodísticos recientes describen la victoria de Nasry Asfura y el marco de tensiones y controversias que acompañó el proceso, en un contexto donde el alineamiento diplomático (Taiwán/China) vuelve a ser parte del juego geopolítico hemisférico.

Tendencias demográficas y migratorias

La población global se ubica por encima de los 8,2 mil millones y el crecimiento anual muestra desaceleración, mientras se consolida el doble movimiento: envejecimiento acelerado en varias regiones y dinamismo demográfico concentrado en otras. En paralelo, la fertilidad global continúa descendiendo (con estimaciones recientes en torno a 2,2 nacimientos por mujer), lo que reconfigura mercados laborales, sistemas previsionales y capacidades estatales.

La migración internacional, por su parte, superó los 300 millones en las estimaciones más recientes, empujada por conflictos, desigualdad y eventos climáticos, y se politiza con intensidad creciente en países receptores. Para América Latina, persisten movimientos masivos asociados a crisis políticas y económicas, y el tema migratorio se vuelve un insumo central de debate interno y de negociación con Estados Unidos.

Posicionamiento actual de Paraguay

Paraguay inicia 2026 con un cuadro macro que, según proyecciones oficiales, incluye un crecimiento en torno a 4,2% (con variaciones según escenarios y fuentes), apoyado en agroindustria y servicios, y con foco en disciplina fiscal. En el plano diplomático, mantiene su posición singular en Sudamérica como aliado formal de Taiwán, lo que lo coloca en un punto sensible de la competencia EE.UU.–China.

Ese alineamiento, leído desde la doctrina hemisférica de Washington, puede operar como activo político para cooperación en seguridad y esquemas de inversión vinculados a relocalización productiva. En contrapartida, Paraguay debe gestionar la tensión estructural: preservar beneficios de su relación con Taiwán y Estados Unidos, sin perder completamente la posibilidad de capturar oportunidades comerciales asociadas al mercado chino por vías indirectas.

Un matiz importante para no sobreactuar el diagnóstico migratorio: las estadísticas comparables de migración neta disponibles en series internacionales todavía muestran saldo negativo en años recientes, aunque pueden coexistir dinámicas sectoriales (profesionales, emprendedores, residencia) no capturadas con la misma sensibilidad en esos agregados.

Por otra parte, el acuerdo Mercosur–UE tiene un hito formal claro: la UE y los países núcleo del Mercosur alcanzaron un acuerdo político el 6 de diciembre de 2024. Sin embargo, al comenzar 2026 persisten obstáculos relevantes y se generaliza el escepticismo por la resistencias internas en Estados miembros, presión de sectores agrícolas, discusiones por salvaguardas y el complejo itinerario institucional europeo (Consejo, Parlamento, y eventuales instancias nacionales, según el formato final). Para Paraguay, el impasse tiene doble lectura. Limita beneficios potenciales (acceso, reglas, previsibilidad), pero también evita compromisos inmediatos en un contexto europeo altamente politizado por inflación, protestas rurales y competencia electoral.

¿Qué debería hacer Paraguay en este entorno?

Paraguay necesita moverse con una lógica de estrategia nacional, no de reacción. El rasgo más delicado de 2026 es que el hemisferio vuelve a ser leído por Washington como espacio prioritario de influencia, mientras China sostiene su expansión económica por vías más funcionales que ideológicas. En ese tablero, el error típico de un país mediano es oscilar entre gestos grandilocuentes y repliegue defensivo. Lo que conviene es lo contrario: sobriedad, consistencia y capacidad de negociación. Eso implica definir una narrativa simple y verificable para el exterior: Paraguay como socio confiable, estable, con energía competitiva, y con reglas previsibles, capaz de ofrecer seguridad jurídica e institucional a inversiones que buscan relocalización y reducción de riesgos.

En el plano diplomático, mantener el reconocimiento a Taiwán puede seguir siendo una pieza central, por dos razones que se refuerzan entre sí. Primero, por los retornos posibles en cooperación tecnológica, formación de capital humano y proyectos de modernización productiva que suelen acompañar ese vínculo. Segundo, por la señal estratégica que produce ante Estados Unidos en un clima de contención de China en el hemisferio. En un contexto de “America First” con énfasis regional, la lealtad diplomática funciona como un activo de alineamiento político que, bien administrado, puede convertirse en ventanas de cooperación concretas (seguridad, financiamiento, inversión, inserción de empresas). La clave es no convertir esta elección en retórica anti-China, porque eso reduce márgenes de maniobra y aumenta costos innecesarios. La eficacia paraguaya no depende de la beligerancia discursiva, sino de la coherencia institucional.

A la vez, Paraguay no puede ignorar que la gravitación económica de China seguirá operando sobre la región. Por eso conviene desplegar una diplomacia económica de “doble canal”. Firmeza en el plano del reconocimiento formal a Taiwán, y pragmatismo en el plano del comercio. En la práctica, esto se traduce en explorar y ordenar canales indirectos ya existentes, mediante socios regionales, sin sobreactuación y sin contradicción diplomática. Ese ordenamiento no es una renuncia política: es una política de resguardo productivo. Permite reducir costos de triangulación, mejorar trazabilidad y evitar que el comercio quede librado a improvisación, sobreprecios o zonas grises. El objetivo no es “girarse” hacia China, sino administrar racionalmente la realidad comercial regional.

El capítulo económico exige una idea rectora: en un mundo de fragmentación y proteccionismo, la vulnerabilidad ya no se mide solo por deuda o reservas, sino por la posición en cadenas de valor. Paraguay necesita continuar en la diversificación de sus exportaciones, con el fin de ir abandonando el rol de proveedor primario hacia una canasta exportadora con mayor densidad de transformación, aunque sea gradual y sectorial. Esto supone una política activa de valor agregado: agroindustria más sofisticada, logística que reduzca tiempos y fricciones, y un esquema de incentivos que priorice inversiones capaces de transferir tecnología, certificaciones y empleo formal. La meta no es imitar modelos industriales ajenos, sino identificar sectores donde el país pueda competir por ventaja propia: energía disponible, ubicación regional, estabilidad y costos relativos.

En ese sentido, la energía debe dejar de ser solo un activo “natural” y convertirse en propuesta país. La narrativa de energía competitiva tiene que traducirse en proyectos concretos que atraigan industrias intensivas en electricidad y, donde sea viable, infraestructura digital. Pero aquí la palabra decisiva es credibilidad: si Paraguay quiere hablar de data centers, manufactura o servicios intensivos en energía, debe acompañarlo con señales regulatorias y de infraestructura que transmitan previsibilidad, estándares y seguridad. La oportunidad del nearshoring no se captura con discursos; se captura con un paquete coherente de reglas, facilitación, conectividad, talento y tiempos administrativos razonables. En 2026, el capital no busca solo rentabilidad; busca reducción de riesgo.

En seguridad, la prioridad estratégica es doble. Por un lado, fortalecer capacidades contra crimen transnacional con foco en frontera, finanzas ilícitas, contrabando y redes híbridas que mezclan delito común con flujos internacionales. Por otro, blindar el Estado frente a la dimensión contemporánea del conflicto: ciberseguridad, desinformación, penetración criminal y corrupción de baja visibilidad. No se trata de militarizar ni de sobreactuar amenazas, sino de construir instituciones que impidan que el país sea percibido como “zona gris”. Para atraer inversión y ganar espacio diplomático, Paraguay debe ser visto como un territorio donde el Estado controla, regula y protege, y donde la cooperación internacional en seguridad produce resultados observables.

La relación con Washington conviene administrarla como una agenda de intereses concretos, no como una adhesión emotiva. Si Estados Unidos prioriza relocalizaciones cercanas y contención de actores externos, Paraguay puede posicionarse como plataforma funcional: estabilidad macro, energía, seguridad jurídica y cooperación en control de crimen transnacional. Pero esa relación exige sutileza, lo que Paraguay debe buscar es cooperación en seguridad y economía que fortalezca su capacidad interna, sin quedar atrapado en una lógica de subordinación automática. En el hemisferio de Trump, muchos países serán evaluados por su utilidad inmediata; Paraguay debe asegurarse de que esa utilidad no sea transitoria, sino parte de una relación que consolide capacidades y diversifique inversiones.

Dentro del Mercosur, Paraguay tiene margen para ganar perfil si actúa como actor de racionalidad. Evitar alineamientos ideológicos rígidos no significa neutralidad vacía; significa priorizar resultados: facilitación de comercio, armonización técnica donde convenga, infraestructura regional, corredores logísticos, y acuerdos parciales realistas cuando los grandes tratados se estancan. Paraguay puede ocupar un rol diplomático valioso si empuja la agenda “menos épica y más efectiva” del bloque, contribuyendo a que el Mercosur vuelva a ser una herramienta útil en un mundo de bloques, en lugar de un dispositivo de retórica.

Un capítulo adicional, cada vez más estratégico, es el capital humano y la movilidad regional. La migración, gestionada con inteligencia, puede convertirse en activo productivo y de innovación. Esto no supone abrir puertas sin criterio, más bien supone políticas selectivas y transparentes para atraer talento calificado, emprendedores, perfiles técnicos y profesionales que fortalezcan sectores prioritarios, al tiempo que se protege la cohesión social y el mercado laboral local. En 2026, muchos países compiten por talento; Paraguay puede hacerlo si ofrece reglas claras, oportunidades reales y un Estado que no castigue al que invierte o trabaja formalmente.

Finalmente, toda esta estrategia necesita un componente que suele subestimarse: comunicación institucional externa. Paraguay debe hablarle al mundo con un lenguaje consistente, menos celebratorio y más técnico: estabilidad, reglas, seguridad jurídica, energía, logística, talento y cooperación. La reputación internacional se construye con continuidad, no con campañas esporádicas. Si el país logra sostener una política exterior sobria, una diplomacia económica pragmática, una agenda de seguridad moderna y una apuesta gradual por valor agregado, entonces puede posicionarse como actor estable y ágil en un hemisferio que vuelve a ordenar prioridades con dureza.

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