El crecimiento del candidato de Acuerdo Guaraní ya no puede leerse como un fenómeno marginal. Su avance en redes, su mayor presencia mediática y la reacción que provocó en referentes de la oposición muestran que su figura empieza a alterar el tablero y a poner en tensión la estrategia construida alrededor de Soledad Núñez.
Hay momentos en política en que el crecimiento de una figura deja de ser una impresión vaga y empieza a sentirse de verdad. Eso es lo que ocurre con Bukele’i, candidato de Acuerdo Guaraní. Su avance ya no se percibe solo entre quienes siguen de cerca las redes o consumen política todo el día. Se nota en su posicionamiento mediático, en su circulación digital, en la frecuencia con que aparece en la conversación pública y, sobre todo, en algo todavía más revelador: ya genera reacción en sus adversarios.
Y ahí está una de las señales más claras. Que Rafael Filizzola, un dirigente importante de la oposición y una pieza central en el armado de Soledad Núñez, haya salido a cuestionarlo no es un dato menor. En política nadie se toma el trabajo de criticar a alguien irrelevante. Cuando eso ocurre, es porque se percibe una presencia que empieza a crecer, a incomodar y a disputar espacio real. La crítica, en ese sentido, funciona casi como una admisión involuntaria. Bukele’i dejó de ser una curiosidad para convertirse en un problema.
¿Por qué prende? Porque parece entender mejor que otros el clima de época. En una etapa marcada por el cansancio con los formatos tradicionales, por la búsqueda de figuras más directas y por una comunicación menos acartonada, su perfil encuentra un terreno fértil. No aparece como una figura encapsulada en el lenguaje clásico de la política profesional, sino como alguien que logra entrar con más naturalidad en la sensibilidad de un tiempo distinto. Y eso hoy pesa. Pesa mucho.
En ese contraste, Soledad Núñez queda más expuesta. Su perfil luce prolijo, técnico, institucional, pero también rígido, previsible, distante de una época que premia la intensidad, la capacidad de interpelar y cierta cercanía menos ensayada. No basta con proyectar corrección si no se logra encender algo. No basta con transmitir solvencia si del otro lado hay una figura que conecta mejor con el humor social. Esa diferencia, que en otro contexto habría sido secundaria, hoy puede volverse decisiva.
Lo más importante, sin embargo, no es solo el crecimiento de Bukele’i en sí mismo, sino lo que ese crecimiento puede producir en el escenario general. Si su candidatura sigue afirmándose, la oposición podría volver a entrar en una lógica de tercios, con tres figuras competitivas disputando un espacio político parecido. Y ahí aparece un recuerdo inevitable. En las presidenciales de 2023, la presencia de Payo no fue un dato lateral. Desordenó a la oposición, fragmentó el voto y terminó siendo uno de los factores que explican su derrota.
Por eso, lo que está en juego no es apenas una candidatura llamativa ni un fenómeno de redes. Puede ser bastante más que eso. Puede ser la aparición de un actor que exprese mejor el malestar, la impaciencia y la demanda de ruptura que atraviesan a una parte importante de la sociedad. Y cuando un dirigente consigue que los demás hablen de él, lo critiquen y empiecen a medirlo como amenaza, ya no está luchando por hacerse visible. Está disputando centralidad. Bukele’i, a esta altura, ya empezó a hacerlo.



