Hay países que buscan su identidad en los museos de otros. Paraguay no. Paraguay la encuentra en un camino de tierra roja iluminado por veinte mil candiles de apepú, en el canto lastimero de los estacioneros que repiten melodías de siglos, en las manos de una comunidad entera que convierte grasa de vaca, cáscara de naranja amarga y fe en una de las expresiones culturales más conmovedoras del continente.
El pasado Viernes Santo, Tañarandy volvió a latir. Y lo hizo sin el hombre que le dio vida.
Delfín Roque Ruiz Pérez —Koki Ruiz para todo el Paraguay— falleció el 20 de diciembre de 2024 a los 67 años, dejando detrás de sí no una obra de museo sino algo mucho más difícil de construir: una tradición viva. Desde 1992, cuando lo que hoy convoca a miles de personas comenzó como una celebración improvisada en el patio de La Barraca -a granja familiar en San Ignacio Guazú- para que la madre de Koki pudiera vivir su propio Vía Crucis, el artista demostró que el genio artístico paraguayo no necesita importar fórmulas ni pedir permiso. Necesita barro, fuego, comunidad y la audacia de creer que lo nuestro vale.
Este año, sus hijas Macarena y Almudena tomaron la posta. No lo hicieron como curadoras de un legado congelado sino como creadoras. La edición 2026, bajo el lema «La llama no se apaga», presentó un retablo de estilo gótico de nueve metros de altura y dieciséis de ancho —algo que Koki nunca exploró— construido con lodo, madera y materiales de la tierra, con más de sesenta artistas en escena. Innovaron desde la raíz, pero sin traicionar la esencia. Eso es exactamente lo que la tradición exige para sobrevivir: no repetir, sino renovar.
«Ninguna de las dos imaginamos una Semana Santa sin Tañarandy», dijo Macarena al recordar que apenas cuatro meses después de la muerte de su padre, en pleno duelo, ya debieron decidir si continuaban con la edición 2025. No dudaron. Y ahí radica la lección más profunda de esta historia: la cultura paraguaya no depende de un individuo, por genial que sea. Depende de un tejido comunitario que sostiene, transmite y renueva.
Hay quienes, desde ciertos sectores intelectuales, miran con condescendencia las expresiones de religiosidad popular. Las consideran folclore pintoresco, resabio de un país que no termina de modernizarse. Se equivocan profundamente. Tañarandy es lo contrario del atraso: es la demostración de que una comunidad rural paraguaya puede crear un evento cultural de alcance internacional sin subsidios millonarios, sin consultores extranjeros, sin más recurso que la organización colectiva y el talento propio. Los estacioneros que el pasado viernes rindieron homenaje a Koki frente a su casa -algunos con más de treinta y cinco años cantando en esa procesión- son los guardianes de una memoria que ningún algoritmo puede replicar.
La propuesta de la Junta Departamental de Misiones de bautizar el futuro Hospital Oncológico de San Ignacio con el nombre de Koki Ruiz es un gesto acertado. Ruiz no solo dio arte a su comunidad; dio identidad, economía y proyección. Tañarandy movió a Misiones entera durante esta Semana Santa. Generó empleo ocasional para decenas de pobladores, atrajo visitantes de todo el país y del extranjero, y puso a un departamento históricamente postergado en el centro de la conversación nacional. Eso también es desarrollo, aunque no aparezca en los indicadores del PIB.
Paraguay tiene en Tañarandy, en el Kurusu Rape de Villa Elisa, en el Ta’anga Oikovéva de Valenzuela, en las misiones jesuíticas declaradas Patrimonio de la Humanidad, un acervo cultural extraordinario. El gran desafío que tiene por delante el gobierno del presidente Peña es articular una política cultural que potencie estas expresiones, las documente y las proyecte al mundo. No se trata de estatizar la cultura —nada más ajeno al espíritu de Koki Ruiz, que construyó todo desde la autonomía comunitaria— sino de acompañar desde el Estado lo que la sociedad ya construye con sus propias manos.
Macarena Ruiz sueña con filmar un documental sobre Tañarandy.
La familia quiere crear una Fundación y Museo Koki Ruiz. Son iniciativas que podrían fortalecerse enormemente con el acompañamiento institucional, en un modelo de colaboración público-privada como el que esta administración viene promoviendo en otros sectores. Un país que se precia de su identidad invierte en preservarla. Y eso es compatible con una visión conservadora del Estado: conservar es, precisamente, proteger lo que nos define.
En un mundo que se homogeneiza a velocidad de fibra óptica, donde las mismas tendencias se replican de Tokio a Asunción en horas, lo que acabamos de vivir en Tañarandy nos obligó a mirar hacia adentro. Hacia el barro rojo de Misiones, hacia la lengua guaraní de los estacioneros, hacia la iconografía barroca-guaraní de las reducciones. Hacia lo que somos cuando no estamos tratando de parecernos a nadie.
Koki Ruiz entendió algo que muchos intelectuales urbanos todavía no comprenden: que la identidad nacional no se construye en seminarios académicos ni en festivales importados. Se construye en el hacer cotidiano de una comunidad que decidió, una vez más, encender veinte mil candiles porque cree que la belleza y la fe merecen ese esfuerzo.
Almudena lo dijo con una sencillez que desarma: «Él está muy vivo, está operando en nosotros en la fuerza que tenemos que tener». La llama, efectivamente, no se apaga. No porque sea eterna por naturaleza, sino porque hay manos paraguayas que eligen encenderla.
El Estado, la sociedad y la dirigencia política tienen en estas manos una razón más para apostar por el Paraguay que ya somos y por el que estamos construyendo.



