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viernes, junio 19, 2026

Hablar no es lo mismo que decir: sobre la escucha en psicoterapia

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El psicólogo Santiago Duarte, en este artículo, afirma que hablar no es lo mismo que decir. La escucha profunda en psicoterapia revela cómo somos hablados por deseos, mandatos e ideales que nos preceden y nos configuran.

 

Un elemento común a todas las formas de psicoterapia es que se sirven del intercambio verbal. Las sesiones se estructuran como un diálogo en el que se pregunta por el malestar, se reconstruyen historias, se intenta dar sentido a lo vivido. A través de la palabra se busca identificar patrones, creencias, defensas, modos de vinculación con otros y con el mundo. Y es también por esa misma vía —la del lenguaje— que se intenta producir algún tipo de cambio: se invita a reflexionar, a cuestionar certezas rígidas, a resignificar experiencias, a encontrar formas más habitables de atravesar situaciones como la frustración, el duelo o el desencuentro.

En ese marco general, las distintas psicoterapias comparten más de lo que a veces se reconoce. Sin embargo, lo que las diferencia no radica tanto en el hecho de hablar, sino en el modo en que se escucha aquello que se dice. No existe una lectura neutra del discurso del paciente, así como tampoco una escucha que pueda pretenderse completamente objetiva. Siempre se escucha desde una posición particular, sostenida en ciertos supuestos —explícitos o no— acerca del lenguaje y de la palabra.

Esto no es ajeno a la vida cotidiana. No es raro que alguien diga “no fue tanto lo que dijo, sino cómo lo dijo”. El tono, el énfasis, el momento, pueden producir efectos que desbordan el contenido explícito del enunciado. Aun cuando alguien tenga la intención consciente de decir algo preciso, siempre está abierta la posibilidad de que el otro escuche otra cosa. El malentendido no es un accidente del lenguaje, sino una de sus condiciones.

Si esto ocurre en los intercambios diarios, con mayor razón sucede en el espacio clínico, donde la palabra es el principal instrumento de trabajo. Por eso, una manera pertinente de distinguir entre distintas prácticas terapéuticas consiste en atender al tipo de escucha que cada una pone en juego, es decir, al modo particular en que leen la trama que se teje a partir de lo que el paciente dice.

En este sentido, el psicoanálisis introduce una forma singular de lectura que merece ser precisada. Con frecuencia, la noción de inconsciente —central en su edificio conceptual— ha sido entendida como una suerte de reservorio donde habita lo más oscuro, profundo o incluso peligroso del ser. Bajo esta idea, el trabajo analítico sería algo así como una exploración en profundidad, una especie de descenso hacia esas zonas ocultas, de donde el analista extraería claves para resolver los síntomas. Se instala entonces la imagen de que se trata de traducir a palabras aquello que permanece reprimido, como si hubiera un “mensaje oculto” esperando ser descubierto.

Esta representación, sin embargo, simplifica en exceso lo que ocurre en una experiencia analítica. Lejos de esa figura del analista como alguien que descifra secretos ocultos o revela verdades últimas, su trabajo es bastante más sobrio. Se trata, ante todo, de una escucha advertida de que lo que alguien dice no coincide necesariamente con lo que desea, y más aún, de que a veces se puede sostener con convicción un pedido que va en dirección contraria al propio deseo.

Esto puede verse, por ejemplo, cuando alguien consulta con la intención explícita de “impulsar sus negocios” o “tener éxito”. En el desarrollo de las sesiones, al hablar y hablar, puede comenzar a escucharse que ese objetivo no es tan propio como parecía en un inicio, sino más bien el punto en el que esa persona está más tomada, más hablada por un mandato que viene de otro lugar. Muchas veces se trata de la incidencia de alguien que ocupa un lugar de ideal —un padre, una figura de referencia, cierto modelo de éxito— que organiza lo que se presenta como deseo propio.

Esto implica que la lectura no se reduce al contenido de lo dicho. Importa también el acto mismo del decir: cómo alguien habla, en qué momento, en qué circunstancias, ante quién. La intervención analítica se orienta, en gran medida, a marcar esa distancia, a hacerla operativa, a permitir que algo de esa diferencia pueda ser advertido.

Desde esta perspectiva, el psicoanálisis no se propone tanto indicar cuál es el objeto del deseo de quien consulta ni ofrecer un conjunto de herramientas para alcanzar un ideal de bienestar. Más bien, apunta a situar desde dónde alguien desea, cómo se ha configurado ese modo particular de relación con el mundo, cuáles son sus condiciones y sus determinaciones. En ese recorrido, se vuelve evidente que no solo hablamos, sino que también somos hablados, en la medida en que nuestras palabras están atravesadas por discursos que nos preceden, por formas de decir que ya estaban ahí antes de que pudiéramos elegirlas, por expectativas, ideales y mandatos que se inscriben en nuestra manera de querer, de pedir y de posicionarnos frente a la vida.

Realizar algo del inconsciente no implica entonces sacar a la luz un contenido oculto, sino advertir el modo en que está armado ese entramado en el que cada quien se encuentra implicado. Supone poder leer algo de su lógica, de sus repeticiones, de sus matices. Y en ese punto, más que producir una transformación espectacular, el trabajo analítico introduce una posibilidad más discreta pero no por ello menor: la de jugar de otra manera.

Se trata, en definitiva, de poder habitar la propia vida con un poco más de margen, con cierta flexibilidad frente a las posiciones que parecían fijas, sin quedar completamente adherido a una demanda de coherencia absoluta o de identidad cerrada. Si el lenguaje nos constituye, también puede abrir un espacio. Y es en ese pequeño desplazamiento donde, a veces, se producen cambios que resultan decisivos.

*Santiago Duarte es psicólogo por la Universidad de Buenos Aires.

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