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martes, julio 21, 2026

La República Tecnológica y la Resistencia Analógica

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                   «Nunca tocarás los corazones de los demás si no surge del tuyo propio.»

Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska (2025). “La República Tecnológica: Poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente”. Ed, Tenos

 

Por:Roberto Hauswirth

hausw70@gmail.com

 

Hay libros que no piden ser leídos: exigen ser discutidos. La República Tecnológica pertenece a esa familia incómoda de textos que entran al salón académico con los zapatos embarrados de geopolítica, defensa, software, poder estatal y capitalismo tecnológico, mientras buena parte de la intelligentsia universitaria todavía acomoda las sillas para debatir si la inteligencia artificial «es colonial» antes de haber siquiera comprendido mínimamente cómo funciona un modelo, una infraestructura de cómputo, una cadena de suministro de semiconductores o una arquitectura de datos.

El punto fuerte del libro de Karp y Zamiska no está en su neutralidad —que no la tiene— ni en su inocencia política —que sería absurdo atribuirle—, sino precisamente en lo contrario: dice sin pudor que la tecnología no es una nube espiritual suspendida sobre la historia, sino una fuerza organizada, situada, financiada, militarizada, institucionalizada y disputada. Su tesis central puede resultar antipática, pero no es menor: Silicon Valley habría abandonado los grandes problemas públicos para dedicarse a la comodidad narcisista de la economía de plataformas, las aplicaciones triviales y el entretenimiento algorítmico, mientras las democracias occidentales enfrentan desafíos estratégicos que requieren una nueva alianza entre Estado, ciencia, industria y tecnología. El libro llama a reorientar el talento tecnológico hacia problemas de seguridad, defensa, infraestructura pública y supervivencia geopolítica, en lugar de reducir la innovación a una máquina de capturar atención y vender publicidad.

Lo irónico es que Karp y Zamiska, desde el corazón mismo de una empresa como Palantir, terminan diciendo algo que muchos críticos del capitalismo tecnológico deberían haber dicho con más fuerza: la tecnología no puede quedar librada únicamente al mercado. Pero en lugar de concluir que hace falta una retórica académica de la sospecha, concluyen que hace falta una República Tecnológica: instituciones, decisión política, capacidad estatal, orientación estratégica y voluntad civilizatoria. Ahí está el gesto provocador del libro. No propone huir de la técnica, sino gobernarla desde un proyecto de poder.

Y aquí comienza la incomodidad. No solo latinoamericana sino global.

  1. La IA está cambiando el mundo

Mientras el debate académico y político sigue intricado en sus propias marañas conceptuales, el mundo laboral está siendo rediseñado con una velocidad que ningún simposio de pensadores bienintencionados ha logrado procesar. La inteligencia artificial no es solamente el “nuevo tema de moda” en los congresos, es ya una infraestructura económica en funcionamiento, y una extraordinariamente rentable. McKinsey estima que podría añadir entre 2,6 y 4,4 billones de dólares anuales a la economía global solo a través de sus aplicaciones en sectores productivos. Goldman Sachs reconoce que el 60% de los empleos en economías avanzadas está expuesto a la automatización parcial, pero también documenta que las transformaciones tecnológicas históricamente crean más puestos de trabajo de los que destruyen. NVIDIA multiplicó su valor bursátil hasta convertirse en una de las empresas más valiosas del planeta en el lapso en que algunos académicos todavía deliberaban si era ético usar ChatGPT para resumir artículos.

La IA está acelerando diagnósticos médicos con una precisión que supera en algunos rubros a especialistas humanos; está optimizando cadenas logísticas que alimentan a millones; está traduciendo en tiempo real entre idiomas antes mutuamente inaccesibles; está permitiendo que un desarrollador independiente en Nairobi, Medellín o Karachi compita con equipos que antes requerían décadas de acumulación institucional. Que todo esto coexiste con riesgos reales, asimetrías brutales y posibles abusos es cierto y merece discusión rigurosa. Pero confundir la discusión de los riesgos con la negación del fenómeno es un privilegio que solo pueden ejercer quienes no necesitan competir con nadie. Imagínense que inversores y capitalistas aguarden el veredicto o manifiesto de los intelectuales de congresos de humanidades para seguir invirtiendo. En fin.

La Resistencia Analógica: un movimiento con mucho manifiesto y poco modem

En la actualidad ha emergido con vigor una corriente de pensamiento que podríamos llamar, con cariño apenas disimulado, la Resistencia Analógica. Sus adeptos se identifican por cierta melancolía hacia el bolígrafo, una desconfianza instintiva hacia cualquier cosa que requiera actualizar el sistema operativo y una capacidad prodigiosa para detectar colonialismo y amenaza existencial en cualquier innovación que no haya brotado de su propia comarca teórica, donde la única industria es la producción sostenida de humo filosófico.

La Resistencia Analógica es un movimiento geográficamente democrático: opera con igual entusiasmo en París, Buenos Aires, Nairobi o Johannesburgo. No discrimina latitudes. Su ecuanimidad en ese sentido es admirable. Lo que varía entre sus capítulos regionales no es la actitud de fondo —la sospecha sistemática hacia la IA como proyecto de poder ajeno— sino el acento, el vocabulario, la pose y el tipo específico de inacción que se practica.

Sus argumentos suelen organizarse en fases previsibles. Primero, la ironía condescendiente: «¿Entonces ahora las máquinas van a reemplazar la creatividad humana? Qué pintoresco.» Después, la alarma moral: «Esto es peligrosísimo, ¿alguien ha pensado en las consecuencias?» —enunciada siempre sin proponer ninguna solución técnica concreta. Luego, la denuncia geopolítica: «Esto es colonialismo del siglo XXI» —dicha en inglés en un congreso financiado con fondos europeos. Y finalmente, el llamado épico a la acción: «Debemos resistir.» Resistir qué, cómo, con qué ingenieros, con qué presupuesto y con qué alternativa operativa son detalles que la Resistencia Analógica prefiere dejar para un próximo proyecto de investigación que, seguramente, será redactado con ayuda de algún asistente de IA «solo para las partes más tediosas».

  1. Los árbitros del progreso y su tribunal de papel

Dentro de la Resistencia Analógica existe una elite intelectual que ha logrado exportar su incomodidad con la tecnología a escala global, constituyendo lo que podríamos llamar los árbitros del progreso: pensadores que, desde distintos hemisferios y con distintas credenciales, comparten la vocación de comentar el mundo tecnológico sin habitar del todo sus condiciones materiales. Un recorrido por sus perfiles resulta instructivo.

Santiago Kovadloff (Argentina), el filósofo de la fragilidad, sostiene que la IA no posee vida inconsciente, no conoce el lapsus ni puede experimentar la incertidumbre como angustia. Que existen preguntas hechas para ser soportadas, no respondidas. Que la fragilidad es lo verdaderamente humano. Es una observación filosóficamente bella y operativamente inerte: no construye un servidor, no forma un ingeniero, no negocia un estándar. Convertir la fragilidad humana en argumento suficiente frente a una transformación de esta magnitud es, en el mejor de los casos, un lujo estético. En el peor, una coartada elegante.

Philip Thigo (Kenia), el embajador de la buena gobernanza, sostiene que la soberanía debe redefinirse apostando por recursos compartidos —cómputo, talento, datos— en lugar de silos nacionales. El diagnóstico es correcto. El problema es que esa visión vive en el circuito de los foros: Brookings, Davos, los consejos de alto nivel de Naciones Unidas, las cumbres donde se discute el futuro de África ante audiencias que mayoritariamente no son africanas. Habla de soberanía tecnológica en los mismos salones donde esa soberanía se decide a favor de otros. Diplomático de la causa justa, sin duda. Pero la diplomacia de la causa justa, sin la industria que la respalde, tiene el poder de las resoluciones de la ONU: moralmente irreprochable, operativamente decorativa.

Pelonomi Moiloa (Sudáfrica) la CEO de Lelapa AI , es quien más se acerca a la lógica de La República Tecnológica: construir antes de denunciar, producir antes de regular, actuar antes de deliberar. Y sin embargo, incluso ella opera en los márgenes del problema real: con recursos modestos, en un ecosistema de financiamiento frágil, con modelos que dependen de arquitecturas desarrolladas en el Norte global, cuya principal ventaja competitiva es conocer las lenguas que los grandes laboratorios ignoran. No es poca cosa —es exactamente lo que debería hacerse—, pero tampoco es aún la República Tecnológica que Karp y Zamiska imaginan. Es, a lo sumo, su promesa incipiente. Y las promesas incipientes, sin política industrial, sin inversión estatal sostenida y sin mercados domésticos que las escalen, suelen quedarse en eso: promesas.

  1. El caso Mhalla, o la hipérbole ampulosa

El ejemplo más emblemático de los árbitros del progreso en su versión europea —con exportación global inmediata y pretensiones de teoría general— es el de Asma Mhalla, politóloga de formación, profesora en la École Polytechnique, y autora de Technopolitique: comment la technologie fait de nous des soldats, publicado por Le Seuil en febrero de 2024 con el entusiasmo editorial reservado en Francia a los libros que mezclan palabras largas con argumentos urgentes. La tesis de Mhalla es, en principio, atendible: las BigTech y los BigStates han construido un nuevo Leviatán de dos cabezas que reestructura el poder, redefine la soberanía y convierte nuestros cerebros en campos de batalla cognitivos. Las tecnologías de la «hypervitesse» —civiles y militares a la vez— harían de cada uno de nosotros, inevitablemente, un soldado. La democracia está en riesgo. Solo la «innovación política» puede salvarnos.

El problema, señalado con notable incomodidad por sus propios lectores y reseñistas, no es la tesis del libro sino el estilo ampuloso del ensayo que dificulta su lectura: los análisis factuales están salpicados de digresiones pseudofilosóficas que abruman el argumento, y el libro rebosa de neologismos y productos de la novlangua —»totalismo», «visibiliser», «cognición»— de los que el lector hubiera preferido prescindir. Otros lectores destacan la abundancia de abstracciones vanas, las frases interminables repletas de anglicismos y una devoción sistemática por todo lo que sea «Big»: BigState, BigTech, y BigBrother como telón de fondo permanente, aderezado de «superstructure», «hypervitesse» e «infrasystème».

En otras palabras: si usted es aficionado a los prefijos grandilocuentes, las metáforas bélicas aplicadas a cualquier interacción digital y los neologismos que suenan profundos pero no se definen con precisión, Technopolitique es su libro. Si prefiere argumentos con coherencia interna en economía, tecnología y asuntos internacionales, conviene buscar en otro estante.

Lo curioso del caso Mhalla no es que sea una pensadora superficial —no lo es del todo, y sus intervenciones en radio y televisión demuestran una capacidad analítica que el libro, inexplicablemente, no logra sostener por escrito—. Lo curioso es que se haya convertido en referencia obligada del debate europeo sobre tecnopolítica precisamente mientras el mundo construía su propia República Tecnológica sin consultarle. Mientras ella escribía sobre «hypervitesse», Jensen Huang presentaba chips que realmente cambiaban la velocidad del mundo. El timing es perfecto para ilustrar el problema central: el discurso va a hipervitesse; la infraestructura, a velocidad real y sin esperar a nadie.

Mhalla es, en ese sentido, el caso más refinado de un fenómeno que se repite con variaciones locales en todos los rincones del mundo intelectual: el de quien diagnostica con elocuencia una transformación que no contribuye a gobernar. La diferencia entre un buen diagnóstico y una República Tecnológica es la misma que entre un mapa y un territorio: el mapa puede ser brillante, detallado e iluminador; pero no se puede vivir en él.

 

  1. El mapa del debate reproduce la asimetría que critica

Aquí aparece la ironía más punzante de todo el espectáculo intelectual en torno a la IA: el mapa global del debate sobre tecnología reproduce, con notable fidelidad, exactamente la asimetría de poder que ese debate supuestamente denuncia.

Los centros de producción discursiva son los mismos de siempre —París, Londres, Nueva York, algún campus de la Ivy League, alguna cátedra madrileña con pretensiones atlánticas—. Las periferias que producen, construyen y compiten en condiciones adversas siguen siendo periferias, con la diferencia de que ahora algunas de ellas tienen representantes en los foros globales donde se discute su propio destino tecnológico. Que esos representantes lleguen al foro en lugar de al laboratorio es el síntoma más claro del problema.

Se habla de soberanía sin servidores, de autonomía sin ingeniería, de descolonización sin laboratorios, de algoritmos sin matemáticas, de IA sin capacidad computacional propia, de regulación sin industria que regular, de ética sin presupuesto y de emancipación digital sin universidades capaces de formar masivamente científicos de datos, ingenieros, filósofos de la técnica con formación técnica real, juristas tecnológicos y gestores públicos competentes. La soberanía algorítmica no nace de llamar «colonial» a cada innovación proveniente del Norte global. Nace de formar talento, financiar investigación, construir centros de datos, diseñar políticas industriales, articular Estado-universidad-empresa, proteger datos públicos, crear modelos propios donde sea estratégicamente necesario y asumir que el poder tecnológico no se obtiene por indignación discursiva, sino por acumulación metódica de capacidades.

La escena tiene algo de comedia involuntaria. Se combate al imperio desde Google Docs. Se denuncia la dependencia desde Zoom. Se proclama la autonomía algorítmica en un congreso transmitido por YouTube. Se critica la colonialidad digital en artículos indexados en Scopus —base de datos corporativa de origen anglosajón— y se gestiona la bibliografía de la resistencia con Zotero o EndNote, ambos desarrollados en universidades estadounidenses. Últimamente, además, se usa IA generativa para corregir el abstract porque el plazo de entrega es mañana y «tampoco hay que exagerar con la coherencia».

  1. El lysenkoísmo de la corrección digital

La sombra de Trofim Denísovich Lysenko merece ser invocada una vez más como advertencia histórica, no como insulto. Lysenko rechazó la genética mendeliana bajo Stalin y promovió una biología políticamente conveniente. El resultado fue la persecución de los genetistas reales, el colapso de décadas de investigación científica seria y unas cosechas soviéticas que confirmaron, año tras año, que la ideología no fertiliza campos.

La lección no es que toda crítica latinoamericana o africana a la IA sea lysenkoísta. Eso sería injusto y grosero. La lección es más fina y más peligrosa: cuando una comunidad intelectual sustituye el conocimiento técnico por la corrección ideológica, cuando declara sospechoso a quien estudia con rigor lo que se supone debe criticar, cuando cree que denunciar una tecnología equivale a dominarla, comienza a parecerse al peor Lysenko. No prohíbe el código; descalifica como ideológicamente comprometido a quien lo escribe sin someterlo primero a un tribunal de categorías críticas. El resultado es una generación de pensadores tecnológicos que saben muy bien cómo nombrar las cosas y tienen escasa idea de cómo funcionan. En un campo donde la comprensión técnica es condición de posibilidad de cualquier crítica útil, eso no es humildad intelectual: es negligencia académica con pretensiones filosóficas.

La paradoja contemporánea es conocida pero merece repetirse: algunos profesores que miraban con desdén la informática como saber meramente instrumental terminaron dependiendo de ella para trabajar, publicar, investigar y sobrevivir profesionalmente. Hoy, frente a la IA, muchos repiten el mismo ciclo: primero la ridiculizan, luego la moralizan, después la prohíben en sus aulas, más tarde la usan en secreto y finalmente la incorporan con vocabulario crítico para no admitir que llegaron tarde. El idioma cambia. El reflejo permanece intacto.

Desde Karp y Zamiska, esta actitud es un lujo que las sociedades periféricas no pueden darse. El centro puede permitirse debates morales sobre tecnologías que ya domina. La periferia, si solo debate y no construye, queda doblemente subordinada: depende de la tecnología ajena y además se consuela creyendo que su superioridad crítica compensa su inferioridad técnica. Es una forma sofisticada de resignación con vocabulario de resistencia.

La verdadera autonomía digital —latinoamericana, africana, de cualquier periferia que aspire a algo más que ser mercado de consumo de tecnología ajena— no consiste en rechazar la IA como si fuera una herejía capitalista, ni en sumarse acríticamente a cada entusiasmo que desciende de San Francisco. Consiste en algo más difícil, más gris y menos fotogénico: construir capacidades propias con realismo. Universidades que inviertan no solamente en marketing sino en laboratorios de IA. Políticas públicas basadas en datos. Regulación técnicamente informada. Infraestructura regional. Formación docente. Cooperación Sur-Sur con contenido técnico, no solo declarativo. Evaluación ética con criterios específicos. Protección de derechos con herramientas jurídicas actualizadas. Participación activa en los estándares internacionales donde realmente se deciden las reglas del juego.

Quienes más hablan de soberanía algorítmica deberían ser los primeros en exigir matemáticas, ciencia de datos, ingeniería, inversión pública, soberanía energética, infraestructura computacional y reforma universitaria. Pero muchas veces prefieren el vocabulario épico de la resistencia a la tarea gris de construir capacidades. Y en esa preferencia, en esa comodidad del diagnóstico sin receta, reside el fracaso anticipado de toda una generación de pensamiento crítico grandilocuente sobre tecnología: sabe perfectamente lo que no quiere, y tiene muy poco que decir sobre cómo construir lo que necesita.

La República Tecnológica es valiosa porque devuelve la tecnología al lugar donde siempre estuvo: en el corazón de la política, de la guerra, de la economía, de la cultura y del destino institucional de las sociedades. Puede discutirse su defensa del poder occidental, su cercanía con el aparato de seguridad, su tono civilizatorio y su confianza en una alianza robusta entre Estado y empresa tecnológica. Pero su intuición principal es difícil de eludir: la historia no espera a quienes confunden pensamiento crítico con parálisis técnica. La IA no será menos poderosa porque la llamemos colonial, la bautizemos con neologismos o le atribuyamos voluntad marcial. Solo será menos ajena si somos capaces de comprenderla, disputarla, regularla y, sobre todo, producirla.

Y mientras tanto, la Resistencia Analógica seguirá firmando manifiestos, desde el celular, con corrector automático activado. Y muy probablemente con un resumen hecho en ChatGPT, «solo para las partes aburridas». La resistencia, en su versión analógica, es un deporte de observación: mira el partido, opina sobre cada jugada pero jamás bajaría al campo ni tan siquiera para saber el peso y la textura de la pelota.

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