19 C
Asunción
martes, julio 21, 2026

Namaste: el gran negocio de fingir que uno va a vivir para siempre

Más Leído

El ingeniero Roberto Hauswirth escribe sobre el gran negocio del bienestar contemporáneo: yoga, autoayuda, espiritualidades de mercado, suplementos y dietas extremas convertidos en promesas de salvación individual. Con ironía filosa, contrapone ese bazar de certezas mágicas con los avances reales de la ciencia, la inteligencia artificial y la investigación sobre longevidad.

Por: Roberto Hauswirth

hausw70@gmail.com

Cada mañana, mientras los astros todavía dudan si vale la pena iluminar el planeta, una legión de iluminados espiritualmente despierta antes que el sol —lo cual, dicho sea de paso, no le ha pedido permiso a nadie— para enrollar una colchoneta de corcho de veintidós milímetros, encender una vela de cera de soja con aroma a “bosque antiguo y propósito renovado”, y disponerse a torcer el cuerpo de maneras que habrían hecho gritar a cualquier médico de urgencias. Todo esto, claro, en nombre de la salud. De la longevidad. De ese esquivo concepto llamado bienestar que cuesta, aproximadamente, lo mismo que un automóvil mediano pero proporciona menos kilómetros garantizados.

Bienvenidos al grandioso teatro del autocuidado moderno, donde el precio de entrada incluye leggings de noventa dólares confeccionados con fibras que “respiran con el cuerpo” —el cuerpo, agradecido, no ha hecho ningún comentario al respecto—, una suscripción mensual a una aplicación de meditación guiada por una voz que suena como si hubiera encontrado la paz en un spa suizo y nunca hubiera tenido que pagar impuestos, y al menos tres libros de autoayuda que todos prometen ser “el único que necesitarás leer”. Promesa que, evidentemente, nadie cumple, dado que la sección de autoayuda de cualquier librería ocupa ya más metros cuadrados que la de historia universal. Y filosofía. Y ciencia combinadas. La demanda, naturalmente, es proporcional a la desesperación, y la desesperación, en este siglo, es un recurso renovable.

El yoga, seamos justos, tiene beneficios reales y modestos: mejora la flexibilidad, reduce el cortisol en dosis razonables, y proporciona una hora de paz en la que nadie puede enviarte correos electrónicos. Ese último punto, en el mundo contemporáneo, debería bastar. Pero no basta, porque el mercado necesita más. Lo que el yoga no hace —pese a lo que sugiere el título de varios libros superventas escritos por personas con una sonrisa que inspira entre confianza y ligera inquietud— es “reprogramar el ADN”, “activar los genes de la longevidad” ni “alinear los chakras con la frecuencia del universo”. Los chakras, hay que decirlo con toda la delicadeza que merece el tema, no aparecen en ninguna imagen de resonancia magnética. Ni en las antiguas. Ni en las de última generación. Ni en las del hospital más caro de Suiza. Han buscado. Con bastante empeño. Encontraron otras cosas interesantes, pero chakras, ninguno.

La meditación es quizás más honesta en su modestia: reduce la reactividad al estrés y mejora la atención sostenida. Beneficios genuinos. El problema surge cuando un retiro de silencio de diez días en Bali —al módico precio de cuatro mil dólares sin vuelo incluido— se presenta como equivalente funcional a una terapia médica. O cuando la “meditación cuántica” hace su aparición, término que debería disparar todas las alarmas epistemológicas disponibles, más las que no se tienen, porque el adjetivo cuántico aplicado a cualquier cosa que no sea física de partículas es, invariablemente, la señal de que alguien está a punto de pedirle dinero. La meditación cuántica promete curar enfermedades autoinmunes si uno visualiza suficientemente bien la luz dorada fluyendo por la columna vertebral. Los reumatólogos, consultados al respecto, declinaron hacer comentarios para preservar su salud mental.

Los libros de autoayuda merecen un análisis forense propio, pero hagamos el esfuerzo de resumir. El género ha alcanzado tal madurez que ya existe su propia subespecie de autoayuda para dejar de comprar libros de autoayuda. El ciclo es perfecto: circular, autorreferencial, y extraordinariamente rentable para todos excepto para el lector, que sin embargo vuelve. El formato es tan invariable que podría generarse algorítmicamente, y probablemente ya se esté haciendo: una historia personal de transformación que incluye un colapso profesional épico o una enfermedad enigmática resuelta milagrosamente con alimentación intuitiva y gratitud; varios principios con nombres en mayúsculas —El Método, El Sistema, Los Siete Pilares del Tú Auténtico, Las Doce Leyes del Ser Que Mereces Ser—; y una promesa suficientemente vaga para que cualquier mejora moderada en la vida del lector pueda atribuirse al libro, y cualquier fracaso pueda achacarse a no haber aplicado los principios con suficiente convicción. La convicción, convenientemente, no viene incluida. Hay un curso online para eso.

Las piedras y los suplementos no regulados completan el ecosistema con una elegancia casi admirable. Los cristales son básicamente geología de decoración presentada como farmacología, y el hecho de que funcionen —es decir, que la gente los compre, los use y repita— dice cosas profundas sobre la condición humana que ningún cristal puede, irónicamente, explicar. Los suplementos conforman un mercado de quince mil millones de dólares anuales donde la mayoría de los productos tiene la evidencia clínica de un horóscopo bien redactado y el precio de un medicamento con receta. Ambos comparten una virtud innegable: son perfectamente inofensivos cuando se combinan con medicina real, y peligrosos cuando la reemplazan. Aunque hay que admitir que la caja es preciosa.

A este repertorio habría que sumar, con la debida reverencia a la industria de la iluminación tarifada, el vasto territorio de las llamadas nuevas espiritualidades: un mercado donde la angustia contemporánea, convenientemente desinstitucionalizada, ya no busca respuestas en iglesias, filosofías o tradiciones meditadas durante siglos, sino en una mezcla perfectamente rentable de chamanismo de boutique, astrología ejecutiva, sanaciones energéticas, canalización de ancestros, animales espirituales, constelaciones familiares, códigos cuánticos, registros akáshicos y talleres de reconexión con el “yo esencial”. El resultado es una religiosidad sin dogma, pero con tienda online; sin sacramentos, pero con agenda de reservas; sin teología, pero con merchandising; sin comunidad moral, pero con paquetes premium.

Las nuevas espiritualidades tienen una virtud comercial extraordinaria: no exigen coherencia doctrinal. Pueden mezclar en una misma tarde una ceremonia amazónica, un mantra tibetano, una vela de soja, una lectura de aura, un péndulo egipcio, una respiración “ancestral” inventada anteayer y una breve referencia a la física cuántica, que siempre aparece cuando la argumentación se queda sin combustible. Todo cabe, todo fluye, todo vibra. La contradicción, que en filosofía suele ser un problema, aquí se convierte en una oportunidad de expansión del catálogo.

El caso de Durek Verrett —conocido mediáticamente como “Shaman Durek”— funciona casi como una caricatura involuntaria de este fenómeno. Autoproclamado chamán, celebridad espiritual, figura asociada a clientes famosos y esposo de la princesa Märtha Louise de Noruega, ha construido una imagen pública alrededor de supuestas capacidades de sanación, contacto con espíritus, guías ancestrales y vínculos con dimensiones invisibles. Diversos medios han señalado sus afirmaciones extravagantes y las controversias generadas por sus discursos sobre enfermedad, espiritualidad y sanación alternativa. Él mismo se ha presentado como alguien capaz de comunicarse con guías y ancestros; otros relatos periodísticos han descrito sus prácticas como sesiones espirituales donde se invocan fuerzas invisibles y procedimientos de apariencia terapéutica, aunque sin la validación empírica que exigiría cualquier intervención seria sobre la salud humana.

Naturalmente, el problema no es que alguien rece, medite, crea en espíritus, converse con sus muertos en la intimidad o le atribuya a su perro una sabiduría superior a la de varios ministros de educación. El problema aparece cuando esa sensibilidad espiritual se transforma en servicio comercial, cuando la vulnerabilidad emocional de las personas se convierte en nicho de mercado, cuando el duelo, la enfermedad, la soledad o el miedo a morir son tratados como oportunidades de facturación. Porque ahí la espiritualidad deja de ser búsqueda y se convierte en técnica de extracción: extracción de dinero, de confianza, de dependencia y, en los casos más tristes, de criterio.

Las nuevas espiritualidades no venden simplemente consuelo. Venden una promesa mucho más seductora: que el universo está personalmente interesado en nuestro bienestar, que el sufrimiento tiene una clave oculta, que la enfermedad expresa un bloqueo energético, que la pobreza puede corregirse con abundancia mental, que los traumas familiares pueden resolverse en una sesión ceremonial, que los animales traen mensajes, que los ancestros opinan, que los espíritus orientan y que la realidad —esa vieja insolente— puede ser modificada si uno vibra en la frecuencia correcta. Es una metafísica de supermercado: cada quien arma su carrito con las creencias que le resultan más cómodas y pasa por caja creyendo que ha encontrado una verdad ancestral.

Hay, además, una estética reconocible: túnicas claras, mirada suspendida, voz baja, vocabulario terapéutico, palabras como “sanar”, “honrar”, “soltar”, “manifestar”, “transmutar”, “elevar” y “reconectar”. Todo parece profundo porque nada se define con precisión. Todo parece antiguo porque nadie verifica su origen. Todo parece sagrado porque se pronuncia lentamente. Y todo parece verdadero porque quien lo escucha, muchas veces, necesita desesperadamente que lo sea.

La operación cultural es impecable: se toma el prestigio de las tradiciones indígenas, orientales o ancestrales; se las vacía de su contexto histórico, comunitario y ritual; se las traduce al idioma del consumo urbano; se las empaqueta en retiros, sesiones, certificaciones y membresías; y finalmente se las vende a personas cansadas, ansiosas, solas o enfermas que ya no confían del todo en las instituciones modernas, pero siguen teniendo tarjeta de crédito. Así, el chamán deja de ser una figura situada en una comunidad y se convierte en proveedor internacional de experiencias espirituales personalizadas. La selva se vuelve escenografía. El espíritu, servicio. La trascendencia, suscripción mensual.

En este sentido, el chamán de celebridades, el gurú nutricional, el vendedor de cristales, el terapeuta cuántico y el influencer crudivegano pertenecen a la misma familia empresarial: todos ofrecen una salida simbólica a la fragilidad humana. Todos prometen, de un modo u otro, que no estamos tan solos, que no vamos a morir del todo, que el cuerpo puede ser purificado, que la enfermedad puede tener un significado secreto, que la biología puede ser convencida por la voluntad, que el azar puede domesticarse, que el cosmos nos atiende por orden de llegada. Y todos, por supuesto, tienen una agenda disponible para la próxima semana.

Lo inquietante no es que estas prácticas existan. La humanidad siempre ha producido rituales contra el miedo. Lo verdaderamente moderno es su monetización industrial, su circulación digital, su estética de lujo y su alianza con el narcisismo terapéutico. Antes uno iba al oráculo con temor reverente; ahora agenda una sesión por Zoom, recibe un enlace de pago y descarga una guía en PDF para activar su linaje espiritual. El misterio no ha desaparecido: simplemente aprendió marketing.

Así, junto al yoga convertido en cosmología de reemplazo, la meditación vendida como oncología emocional, los suplementos sin evidencia y el veganismo radical transformado en liturgia digestiva, las nuevas espiritualidades completan el gran bazar contemporáneo de la salvación individual. Allí donde la ciencia dice “no sabemos todavía”, el gurú responde “tu alma ya lo sabe”. Allí donde la medicina pide estudios, el chamán pide fe. Allí donde la psicología propone procesos largos, difíciles y a veces incómodos, la espiritualidad comercial ofrece desbloqueos inmediatos, siempre que el pago haya sido aprobado.

El resultado es una época curiosa: nunca tuvimos tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil vender humo con incienso. Nunca supimos tanto sobre el cerebro, el cuerpo, la nutrición, el envejecimiento y la enfermedad; pero nunca hubo tantos adultos educados dispuestos a creer que un desconocido con collar étnico puede hablar con sus ancestros, leer la energía de su mascota o detectar el trauma de su bisabuela en la forma en que respira. La ignorancia ya no llega vestida de atraso. Llega con diseño minimalista, cuenta verificada y cupos limitados.

A este zoológico espiritual de velas, piedras, respiraciones cromáticas y suplementos con nombres que parecen inventados por un chamán con MBA, habría que añadir una de las formas más solemnes del desvarío contemporáneo: el veganismo convertido en religión alimentaria, especialmente en su versión cruda, puritana y metabólicamente suicida. No hablamos aquí, conviene aclararlo antes de que alguien arroje tofu moral sobre la mesa, de una alimentación vegana bien planificada, capaz de ser razonable, nutritiva y perfectamente compatible con una vida saludable. El problema empieza, como siempre, cuando la prudencia abandona la cocina y entra la metafísica con una licuadora en la mano.

El veganismo sensato sabe que el cuerpo humano no se alimenta de superioridad moral. Necesita proteínas, grasas, minerales, vitamina B12, vitamina D, calcio, hierro, yodo, selenio, zinc, calorías suficientes y, en general, esa vulgaridad bioquímica que los organismos vivos insisten en exigir desde hace algunos millones de años. El veganismo fanático, en cambio, cree que basta con frutas, brotes, jugos, ayunos, “energía limpia” y una fe inquebrantable en que la naturaleza, si se la pronuncia con suficiente ternura, corregirá las deficiencias nutricionales. La naturaleza, por supuesto, no corrige nada. La naturaleza deja que uno se desmaye con impecable neutralidad darwiniana.

El caso de Zhanna D’Art —nombre público de Zhanna Samsonova— debería figurar como advertencia en todos los templos digitales del bienestar extremo. Influencer rusa de alimentación crudivegana, murió en julio de 2023, a los 39 años, en Malasia, después de años de promover una dieta radical basada en alimentos crudos. Diversos medios reportaron que su madre habló de una infección similar al cólera y de un deterioro asociado a una dieta extrema; otros informes señalaron agotamiento, desnutrición y una alimentación severamente restrictiva. La causa oficial no fue establecida con la claridad clínica que exigiría un expediente médico completo, pero el caso se volvió un símbolo brutal de una evidencia sencilla: convertir una dieta en dogma puede ser tan peligroso como convertir una superstición en tratamiento.

Lo trágico no es que alguien haya elegido no comer carne. Lo trágico es que haya confundido pureza con salud, restricción con iluminación, delgadez extrema con disciplina espiritual, y deterioro físico con “transformación”. Hay una forma de locura contemporánea que ya no se presenta con túnicas ni profecías, sino con fotografías luminosas, piel bronceada, frutas cortadas en simetría geométrica y frases sobre “escuchar al cuerpo”. El detalle incómodo es que, a veces, el cuerpo habla con mucha claridad: cansancio, pérdida de masa muscular, anemia, fragilidad, amenorrea, deterioro inmunológico, debilidad ósea. Pero el dogma alimentario tiene una capacidad admirable para traducir todos esos gritos fisiológicos como “síntomas de desintoxicación”.

El mercado del bienestar ha conseguido una proeza civilizatoria: hacer que algunas personas teman más a un huevo que a una deficiencia de B12; más a un trozo de queso que a la pérdida de masa corporal; más a una comida completa que a la lenta autodestrucción disfrazada de virtud. La comida, que durante siglos fue supervivencia, cultura, familia, fiesta, territorio y memoria, ha sido convertida por ciertos gurús en tribunal moral. Ya no se come: se declara una posición ontológica frente al universo. Ya no hay almuerzo: hay identidad. Ya no hay nutrición: hay performance ética con filtro de Instagram.

Y como toda religión sin misericordia, esta también tiene sus herejes: el que cocina los vegetales, el que suplementa, el que consulta a una nutricionista, el que recuerda que los niños necesitan crecer, el que sospecha que un organismo humano no puede sostenerse indefinidamente con mango, brotes y entusiasmo. A esos herejes se los acusa de no haber comprendido la “vibración” de los alimentos. Es curioso: cuando falta hierro, la vibración suele parecerse bastante al mareo.

La lección de Zhanna Samsonova no debería ser usada para burlarse de todos los veganos, porque eso sería intelectualmente perezoso. Hay veganos lúcidos, informados, responsables, que planifican su alimentación, suplementan lo necesario y no pretenden haber descubierto una vía secreta hacia la inmortalidad. La crítica debe dirigirse a otra cosa: al ascetismo alimentario convertido en espectáculo; a la idea de que comer menos, restringir más y sufrir en silencio equivale a elevarse; a la fantasía de que el cuerpo puede ser gobernado por consignas ideológicas mientras la bioquímica espera obediente en un rincón.

Porque el cuerpo, lamentablemente para los vendedores de pureza, no negocia con consignas. No le importan los hashtags, ni las iluminaciones matutinas, ni las fotografías con cocos frente al mar. El cuerpo pide nutrientes. Y cuando no los recibe, no escribe un ensayo decolonial sobre la soberanía alimentaria del alma: se apaga.

Así, entre el amuleto que promete armonizar la energía, el suplemento que dice poder activar la longevidad, el retiro —y las constelaciones— que sanará traumas heredados, el chamán que conversa con espíritus y animales, y la dieta extrema que promete purificar el organismo, se dibuja la misma estructura de fondo: la vieja incapacidad humana de aceptar que la salud no se obtiene por revelación, sino por conocimiento; no por pureza, sino por equilibrio; no por fanatismo, sino por una mezcla bastante menos glamorosa de ciencia, prudencia, controles médicos, descanso, movimiento y comida suficiente.

Y comida suficiente, en estos tiempos, ya es casi una revolución. Mientras unos buscan afanosa y estúpidamente la vida equilibrada, otros ganan vida con el sonido de la caja registradora.

Y ahora, con el debido respeto al mercado del wellness y a todas sus colchonetas, permítanme presentarles lo que ocurre cuando alguien decide tomarse en serio el problema de que los seres humanos enferman y mueren.

En 2024, Demis Hassabis y John Jumper recibieron el Premio Nobel de Química por AlphaFold2, el sistema de inteligencia artificial de Google DeepMind capaz de predecir la estructura tridimensional de prácticamente cualquier proteína conocida. Un problema que había desafiado a la bioquímica durante cincuenta años —cincuenta años, no un retiro de fin de semana— fue resuelto con una elegancia matemática que ningún cristal de cuarzo pudo anticipar, entre otras razones porque los cristales de cuarzo no anticipan nada, siendo minerales. Comprender cómo se pliegan las proteínas es comprender cómo funciona la vida a nivel molecular: cómo se originan las enfermedades, cómo podrían diseñarse fármacos con precisión quirúrgica, cómo el envejecimiento podría abordarse desde sus mecanismos más profundos. No desde la respiración nasal alterna. No desde la visualización de luz dorada. Desde las matemáticas.

AlphaFold2 ya está siendo usado para diseñar potenciales tratamientos contra la malaria, el Parkinson y el cáncer. Su base de datos —más de doscientos millones de estructuras proteicas— está disponible gratuitamente para investigadores de todo el mundo. No hay membresía premium. No hay nivel “Platinum Enlightened”. No hay vela de soja. Sólo una base de datos abierta que representa el mayor salto en biología estructural desde el descubrimiento de la doble hélice, entregada sin cargo porque sus creadores entendieron que el conocimiento que podría salvar vidas no debería tener precio de suscripción mensual.

Que esto haya generado menos portadas en revistas de estilo de vida que el último libro sobre ayuno intermitente es, sin duda, uno de los misterios más instructivos —y más tristes— de nuestra civilización.

El National Institute on Aging de Estados Unidos financia proyectos donde la inteligencia artificial analiza datos genómicos y multiómicos de personas con longevidad excepcional, buscando los marcadores moleculares que distinguen a quienes envejecen bien de quienes no. Algoritmos para la detección temprana del Alzheimer. Pruebas no invasivas de saliva. Plataformas de cribado asistidas por IA. El tipo de avance que podría ahorrar millones de años de sufrimiento humano. Comparado con esto, un diario de gratitud, aunque reconfortante, tiene las limitaciones que uno esperaría de la papelería. Hermosa papelería, eso sí. Con tapas de cuero reciclado.

Sería injusto —e impreciso— concluir que toda práctica de bienestar es equivalente a fraude decorado con sánscrito. Dormir bien, moverse con regularidad, gestionar el estrés, mantener vínculos sociales: la evidencia que respalda estas prácticas es sólida, robusta y completamente aburrida, lo que explica con exactitud por qué nadie ha escrito un superventas llamado Duerme Ocho Horas y Sal a Caminar: La Guía Definitiva. No tiene suficiente misticismo. No se puede cobrar un retiro. No hay cristal asociado.

El problema, en definitiva, no es el yoga. Es el yoga como cosmología de reemplazo. No es la meditación. Es la meditación como sustituto de la oncología. No es la autoayuda. Es la autoayuda para adultos que merecerían algo mejor. No son las espiritualidades en sí mismas. Es la espiritualidad convertida en industria de la sugestión, en terapia sin evidencia, en espectáculo de salvación administrado por gurús con agenda, cuenta bancaria y biografía cuidadosamente editada. No es el veganismo. Es el veganismo convertido en liturgia de pureza, en penitencia digestiva, en acto de superioridad contra la pobre y humillada bioquímica.

Cuando las prácticas razonables se inflan hasta prometer lo que sólo la ciencia puede intentar cumplir —y a veces ni ella puede—, el resultado es un mercado que prospera precisamente sobre la brecha entre lo que ofrece y lo que entrega. Una brecha que, convenientemente, puede llenarse con el siguiente libro, el siguiente retiro, el siguiente cristal ligeramente diferente al anterior, el siguiente chamán con acceso preferencial al más allá, o el siguiente jugo verde que promete hacer por la mitocondria lo que la mitocondria jamás solicitó.

Mientras tanto, Hassabis y Jumper tienen su Nobel. Los investigadores del NIA continúan analizando genomas de centenarios en busca de lo que realmente hace que algunos cuerpos funcionen mejor que otros. El universo, profundamente indiferente a los chakras de todos nosotros, continúa expandiéndose a velocidades que ninguna respiración consciente puede seguir.

Y en algún estudio luminoso con plantas de interior cuidadosamente seleccionadas, iluminado con luz cálida de 2700 kelvin que “imita el amanecer natural”, alguien está terminando de escribir el próximo libro que promete que la respiración correcta, el talismán correcto, el propósito correcto, la dieta correcta, el animal espiritual correcto, el ancestro correcto, el chamán correcto y, sobre todo, la actitud correcta lo cambiarán absolutamente todo.

Será un éxito de ventas.

Más Artículos

America TV

Últimos Artículos