Durante años, el periodismo deportivo argentino construyó una imagen de superioridad que irritaba. Este Mundial mostró la otra cara: no la de la prensa, sino la de un pueblo que bancó a la Albirroja con una intensidad que sorprendió y que obliga a revisar uno de los preconceptos más instalados entre ambos países.
Hay un principio básico en la sociología de grupos que dice que la identidad colectiva se activa con mayor intensidad cuando existe un adversario percibido como ajeno. Cuanto más distante es ese otro, más se acortan las distancias internas. El fútbol es uno de los pocos espacios donde ese mecanismo opera de forma masiva, espontánea y visible. Y la relación entre Argentina y Paraguay lo ilustra con precisión.
El preconcepto instalado sostiene que entre ambos países hay una tensión, una rivalidad que roza la antipatía. Pero los datos de comportamiento colectivo —no las declaraciones diplomáticas, sino lo que las personas hacen cuando nadie las está evaluando— cuentan otra historia. El Mundial 2026 sumó un capítulo más a esa historia, aunque no fue el primero.
La tensión, hay que decirlo, no fue nunca unilateral. Durante muchos años, una parte significativa del público paraguayo miró los partidos de Argentina con una ambivalencia que pocas veces se verbalizó abiertamente: la de quien en el fondo quería ver perder al vecino. No por enemistad profunda, sino por la acumulación de un hartazgo específico: el del periodismo deportivo argentino y algunos jugadores, con su tendencia a la grandilocuencia y al autobombo que durante décadas llegó a Paraguay en forma de certeza antes que de análisis. Ese periodismo —no el pueblo argentino— construyó durante años una imagen de superioridad que irritaba. Y hay que reconocer que Argentina, con sus títulos mundiales, con Messi, con una historia futbolística que pocos países pueden igualar, ganó el derecho a presumir. El problema nunca fue el orgullo en sí, sino la forma en que una parte de su prensa lo exportó.
Lo que ocurrió en este Mundial fue otra cosa. No fue el periodismo el que llegó a Paraguay: fue la gente. Y eso marca una diferencia que no es menor.
Si partimos del 2019, más de 40.000 hinchas de Colón de Santa Fe cruzaron la frontera para la final de la Copa Sudamericana en Asunción. Fue el mayor éxodo deportivo de un equipo a otro país en la historia del continente, récord Guinness incluido. Lo que siguió al partido —que Colón perdió— fue una serie de publicaciones de hinchas argentinos agradeciendo el trato recibido: hospitalidad, calidad de anfitriones, afecto genuino. En 2024 se repitió el esquema con Racing, que trajo más de 33.000 hinchas a la Nueva Olla. El patrón no cambia.
Este año el fenómeno apareció desde el otro lado. La campaña de Paraguay en el Mundial —el regreso después de 16 años de ausencia, la eliminación de Alemania en penales, la caída ante Francia por un gol de penal de Mbappé— fue también una campaña incómoda para buena parte del mundo. El estilo defensivo y pragmático que impuso Gustavo Alfaro generó críticas generalizadas, sobre todo desde la prensa y los hinchas europeos, que encontraron en el bloque bajo paraguayo una afrenta a sus ideas sobre cómo debe jugarse al fútbol. Figuras como el propio Gündogan cuestionaron públicamente las decisiones arbitrales, pero en el fondo el malestar era más amplio: Paraguay se animó a ganar inteligente ante Alemania, y eso no se perdona fácil del otro lado del Atlántico.
Quien salió a defender ese modo de jugar con más fuerza fue Argentina. El streamer Davoo Xeneize, con una audiencia masiva en redes, publicó un video con la camiseta albirroja puesta que se viralizó en toda la región. “¿Me quieren seguir vendiendo que la Eurocopa es más competitiva que el Mundial?”, planteó, cuestionando la narrativa europea que minimiza el fútbol sudamericano.
La defensa del estilo de Paraguay era, al mismo tiempo, una defensa de una forma de entender el fútbol que en esta parte del mundo se reconoce como propia: la del que no tiene el mejor plantel pero encuentra la manera.
Eso no fue casual. Responde a una lógica que el fútbol activa con una eficacia que pocas instituciones logran: cuando el adversario es Europa, las diferencias entre vecinos se relativizan. Argentina y Paraguay comparten historia, migraciones, códigos culturales y una ubicación geopolítica que los coloca del mismo lado de varias ecuaciones. El fútbol no crea ese vínculo, pero sí lo hace visible en momentos donde normalmente permanece latente.
Lo que el Mundial 2026 dejó en este sentido no es una novedad sociológica sino una confirmación. El preconcepto de la rivalidad tensa entre argentinos y paraguayos —alimentado en buena parte por la mediación de un periodismo ruidoso, no por el contacto real entre personas— no desaparece porque alguien lo refute, sino porque los hechos lo contradicen de forma reiterada. Por eso, mañana, cuando Argentina salga a la cancha, quizás ese paraguayo que durante años disfrutó en silencio cada derrota albiceleste esté esta vez mordiéndose las uñas para que ganen. El vínculo ya no es el mismo. Eso sí: cuando volvamos a enfrentarnos en una eliminatoria, volveremos a ser rivales con toda la intensidad de siempre. Y está bien que así sea. Eso también es ser hermanos.



