A tres años del inicio del Gobierno de Santiago Peña, sus adversarios pueden discutir velocidades, errores y prioridades, pero cada vez resulta más difícil sostener que Paraguay carece de rumbo. Hambre Cero comienza a convertirse además en política productiva, las mipymes acceden a nuevas herramientas financieras, el Estado vuelve a discutir seriamente logística e infraestructura y Paraguay amplía su presencia internacional. Frente a esa acumulación de hechos, la oposición continúa demasiado ocupada en producir escándalos para advertir que gobernar consiste en algo bastante más difícil: transformar un país.
Hay una forma particularmente cómoda de hacer política que consiste en instalar cada mañana una indignación nueva, agitarla durante algunas horas y reemplazarla al día siguiente por otra. No requiere construir hospitales, alimentar estudiantes, negociar inversiones, financiar empresas, reducir costos logísticos ni pensar cómo estará conectado Paraguay dentro de veinte años. Requiere apenas encontrar un micrófono, una cámara y alguna palabra suficientemente estridente. Una parte importante de la oposición paraguaya parece haber convertido este procedimiento en doctrina. El inconveniente es que un país no se gobierna con sobresaltos sucesivos y tampoco se desarrolla mediante conferencias de prensa. Mientras algunos perfeccionan la industria del ruido, el Gobierno de Santiago Peña empieza a mostrar algo mucho más difícil de fabricar: políticas que comienzan a conectarse entre sí.
Hambre Cero constituye probablemente el ejemplo más claro. Fue presentado inicialmente como una política social destinada a garantizar alimentación escolar, pero su evolución demuestra una concepción bastante más interesante del Estado. Más de un millón de estudiantes forman parte del esquema y el Gobierno duplicó este año, del 5% al 10%, la participación reservada a las mipymes. Durante 2025 las compras a pequeñas empresas ya habían superado los USD 20 millones y centenares de firmas ingresaron a la cadena de provisión. El dinero público destinado a alimentar niños comienza así a producir simultáneamente demanda para agricultores, industriales, transportistas y pequeños empresarios paraguayos. Esto es política social convertida también en política económica.
Ahora aparece Adelanta, y allí la lógica adquiere todavía mayor profundidad. Una pequeña empresa puede ganar mercado gracias a Hambre Cero y, sin embargo, asfixiarse mientras espera cobrar una factura. El MIC presentó esta semana un mecanismo mediante el cual esos documentos electrónicos podrán ser descontados competitivamente ante bancos, financieras, cooperativas y casas de bolsa, con posibilidad de obtener liquidez en menos de 48 horas. El mercado potencial vinculado a las mipymes dentro del programa ronda los USD 40 millones. Parece una cuestión técnica hasta que se comprende lo que significa para quien paga salarios, compra materia prima y necesita capital para aceptar el siguiente pedido. Durante décadas el pequeño empresario paraguayo escuchó discursos conmovedores sobre emprendedurismo mientras después debía peregrinar buscando crédito o terminar en manos de prestamistas. Mucho más útil que homenajear al emprendedor es darle mercado y financiamiento.
La misma concepción empieza a observarse en infraestructura. El Consejo Nacional de Logística reunió nuevamente al Gobierno y al sector privado para trabajar sobre la Hidrovía Paraguay-Paraná, el Corredor Bioceánico, el Puente de la Integración y alternativas de transporte ferroviario de cargas. Paraguay fue durante demasiado tiempo un país que aceptó sus dificultades geográficas como una condena. Un país mediterráneo que exporta producción agrícola e industrial no puede resignarse a discutir eternamente cada ruta, puerto o puente como una obra independiente. Tiene que concebir su territorio como un sistema logístico. Esa diferencia intelectual parece pequeña, pero separa la administración rutinaria de una verdadera política de desarrollo.
Incluso la visita esta semana del príncipe heredero Akishino y de la princesa Kiko, en el marco de los 90 años de la inmigración japonesa, debe leerse desde esa perspectiva. Naturalmente existe una dimensión histórica y afectiva que merece celebrarse por sí misma. Pero Japón significa además tecnología, cooperación, agricultura avanzada, industria, infraestructura y acceso a una de las economías más sofisticadas del planeta. La diplomacia sirve cuando transforma prestigio y amistad en posibilidades concretas para el desarrollo nacional. Paraguay ya no tiene por qué presentarse ante el mundo como un pequeño país que solicita atención. Tiene recursos, energía, alimentos, estabilidad y una posición estratégica que otros necesitan.
Nada de esto obliga a suspender la crítica ni autoriza al Gobierno a esconder sus errores detrás de una estadística favorable. La tragedia ocurrida en el cruce Pedrozo, en Ypacaraí, donde el choque múltiple del 15 de agosto ya dejó seis fallecidos, exige una respuesta estatal seria y mucho más profunda que la simple remoción de un semáforo. Allí corresponde determinar responsabilidades, revisar el diseño vial, controlar velocidades y cargas, mejorar señalización y seguridad, y ejecutar una solución capaz de impedir que una zona conocida por su peligrosidad vuelva a convertirse en escenario de otra tragedia. Del mismo modo, el déficit fiscal exige vigilancia, cada obra pública debe ejecutarse correctamente y cada guaraní debe justificarse. Un Gobierno serio tiene que responder por aquello que funciona y también por aquello que fracasa. Pero existe una enorme distancia entre ejercer ese necesario control y construir diariamente un relato según el cual nada ocurre, nada mejora y Paraguay permanece inmóvil. Esa caricatura empieza a chocar demasiado violentamente contra los hechos.
Quizás por eso ciertos sectores necesitan que cada episodio se transforme inmediatamente en crisis nacional. Cuando la política propia carece de horizonte, el fracaso del adversario se vuelve la única esperanza disponible. Allí reside buena parte de la pobreza intelectual de nuestra oposición: demasiados dirigentes parecen esperar que al Paraguay le vaya mal para poder demostrar que tenían razón sobre Santiago Peña. Es una apuesta miserable, además de políticamente torpe. Si una pequeña empresa consigue capital para trabajar, si un productor vende más, si un niño recibe alimentación escolar, si un nuevo corredor abarata exportaciones o si una relación internacional abre mercados, el beneficiario no es el Partido Colorado. Es Paraguay. Desear que esas políticas fracasen para cobrar después un dividendo electoral equivale a confundir oposición al Gobierno con oposición al país.
A tres años de gestión, Peña debe ser juzgado cada vez menos por sus anuncios y cada vez más por sus resultados. Esa es precisamente la vara que un Gobierno que pretende transformar Paraguay debe aceptar. Pero sus adversarios también merecen una pregunta equivalente: ¿qué país proponen construir ellos? Porque señalar errores es indispensable, pero cualquiera puede hacerlo; gobernar exige imaginar qué viene después y conseguir que ocurra. Mientras esperamos una respuesta, Hambre Cero amplía su entramado productivo, las mipymes encuentran nuevas herramientas, el país discute sus corredores logísticos y Paraguay profundiza relaciones con socios estratégicos. Los expertos en ruido seguirán haciendo lo que mejor saben hacer: convertir cada jornada en una sucesión de estridencias. El problema para ellos es que el ruido puede tapar una noticia durante algunas horas, pero difícilmente consiga detener a un país que avanza.



