¿Y si no todo fuera una conspiración? ¿Y si una pelea fuera una pelea, un error fuera un error y una interna fuera realmente una interna? ¿Por qué el conspiranoico, que se burla de la religión, necesita creer con tanta fe en titiriteros infalibles?
Dicen que una de las diferencias entre el mono y el ser humano aparece cuando este último aprende a reconocer su propio rostro en el espejo, mientras el primate continúa buscando detrás del vidrio al extraño que acaba de descubrir. No sé cuánto conserva de verdad aquella vieja comparación etológica, pero como metáfora del complotismo resulta difícil encontrar una mejor. El conspiranoico mira la realidad y, antes de intentar comprenderla, ya está buscando detrás del espejo.
Tiene incluso esto una liturgia, un modo de respiración y una disposición corporal. Baja un poco la voz, levanta una ceja, hace una pausa y adopta ese tono grave del que está a punto de compartir una información que los demás, por ingenuidad o estupidez, todavía no consiguieron descifrar. “¿Vos de verdad creés que esto pasó porque sí?”. Ahí empieza el show y todo lo que sigue suele ser una combinación de datos sueltos, intuiciones, capturas de pantalla y una seguridad inversamente proporcional a las evidencias disponibles.
Un conflicto no puede ser simplemente un conflicto, una torpeza no puede ser una torpeza, una pelea entre personas con intereses y propósitos diferentes resulta demasiado ordinaria para la invicta e imaginaria inteligencia del complotista.
Si alguien se equivoca, el error estaba calculado con precisión milimétrica. Si el cálculo fracasa, también estaba calculado como una movida previa de falsa bandera. Si ocurre exactamente lo contrario de lo anunciado, la conspiración era aún más sofisticada de lo que suponíamos, su función fue justamente distraer con maestría inigualable. El complotismo posee esa ventaja maravillosa: nunca pierde porque transforma cada refutación en una confirmación, es in-falsable como diría Popper.
¿Significa esto que las conspiraciones no existen? En absoluto, pero conspiran quienes pueden, no simplemente quienes quieren. Se traman acuerdos, se disimulan decisiones y se coordinan intereses porque existen relaciones de poder, recursos, oportunidades y condiciones concretas que lo hacen posible. La conspiración real necesita una realidad que la sostenga; no desciende del cielo por obra de algún demiurgo omnipotente.
Y ahí aparece la superstición del conspiranoico en su quintaescencia: ironiza los misterios de la religión, desprecia la fe del creyente y se presenta como un espíritu libre de toda credulidad, pero luego acepta con devoción infantil la existencia de estrategas infalibles, operaciones perfectas y poderes ocultos capaces de prever cada reacción, corregir cada accidente y convertir incluso sus fracasos en parte del plan.
No cree en la Providencia, pero cree en estrategas omniscientes. No acepta un Dios que ordene la historia, pero imagina sin dificultad cinco señores alrededor de una mesa capaces de anticipar durante meses las reacciones de miles de personas. Desconfía del cielo, pero deposita una fe conmovedora en ilusionistas terrestres que nunca aparecen, o al menos, nunca fallan y cuya inexistencia tampoco puede demostrarse, porque precisamente su invisibilidad sería la prueba de su poder.
El primate que busca detrás del espejo termina, en su versión pretendidamente más evolucionada, mirando la historia con la cosmovisión de un niño de ocho años: superhéroes y villanos, cerebros todopoderosos y multitudes de idiotas manipulados, guionistas secretos que conocen el final y millones de figurantes que obedecen sin saberlo.
Bruno Latour advirtió que en nuestro época la crítica había terminado consumiendo su propio combustible. La sospecha permanente dejó de ser un instrumento para convertirse en una pose de celadores de la sospecha. Y pocas poses producen tanta satisfacción como la del iluminado de cotillón que se toca el mentón, mira con indulgencia a los demás y murmura que “hay que ver quién está detrás”.
Por eso el complotismo sirve para explicar la política, el fútbol, la geopolítica, la religión, la farándula y hasta el precio del tomate con el mismo instrumental. No exige demasiado conocimiento, exige una solemnidad de bajísimo presupuesto ritual. En las redes tiene su hábitat perfecto, su morada indiscutida y su lema moral: no mirarás la realidad, serás como el primate que busca la verdad detrás del espejo.



