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lunes, marzo 9, 2026

¿Qué es ANTIFA?

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Antifascistas sin fascismo, infantilismo de izquierda y simulacro corrosivo vendido como rebeldía.

El antifascismo histórico tuvo su épica. No fue un simple carnaval ni un evento de cosplay, sino una epopeya de hombres y mujeres que arriesgaron su vida en un combate real. Y esto considerando que el fascismo italiano atravesó diferentes etapas —desde su fase de movimiento hasta su consolidación estatal— retratadas con agudeza en la novela M. El hijo del siglo de Antonio Scurati. Y también es cierto que, más allá de la retórica, los fascismos europeos no fueron siempre homogéneos ni monolíticos.

El antifascismo real del siglo XX, en su versión organizada, surge en Europa en los años veinte y treinta, como respuesta directa al ascenso de los movimientos fascistas. En Italia, ya en 1921, se crearon grupos de autodefensa obrera contra las camisas negras de Mussolini. En Alemania, en 1932, nació la Antifaschistische Aktion, ligada al Partido Comunista, con el objetivo de confrontar físicamente al nazismo en ascenso. En ambos casos, la violencia no era retórica: había un enemigo real que atacaba a sindicatos, a comunidades judías, a militantes socialistas y comunistas

Aun así, en su etapa de mayor brutalidad, esos regímenes representaron un desafío histórico concreto, que encontró enfrente a brigadistas internacionales en España, partisanos italianos o resistentes franceses. Allí sí había una lucha de vida o muerte. El antifascismo de entonces fue sangre, clandestinidad, dignidad y pólvora.

El movimiento que hoy se autodenomina ANTIFA es, en comparación, una sombra grotesca. No es una continuidad lineal del antifascismo histórico, sino un renacimiento posmoderno que se da en contextos muy distintos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la memoria antifascista quedó en manos de partidos comunistas y socialistas europeos, pero los grupos militantes fueron desapareciendo con el avance de la democracia liberal.

En los años setenta y ochenta, en Alemania Occidental, aparecen colectivos autónomos ligados al movimiento punk y al anarquismo, que retoman el nombre y la iconografía de la vieja Antifaschistische Aktion. Su blanco principal ya no eran regímenes fascistas en el poder, sino grupos neonazis marginales y subculturas de extrema derecha que crecían en barrios obreros. Allí el antifascismo reaparece como una contracultura juvenil, más que como un proyecto político revolucionario.

En los noventa y dos mil, este estilo se expande a otros países europeos y a Estados Unidos, ya completamente desligado de partidos y sindicatos. Se convierte en un movimiento horizontal, descentralizado, con fuerte carga estética: capuchas negras, banderas rojas y negras, cultura punk-hardcore. De la autodefensa obrera se pasa a la “acción directa” callejera contra grupos de ultraderecha, cumbres del G-20 o policías en protestas masivas.

Como bien señala Diego Fusaro, se trata de «antifascistas sin fascismo», es decir, de un movimiento que mantiene la pose y el rito de la lucha antifascista, pero sin la realidad histórica que lo justificaba. Carecen de un adversario tangible y, al no tenerlo, inventan fascismos imaginarios.

Esto no es nuevo en la historia trágica de la izquierda: ya había sido objeto de reflexión por el propio Lenin, que en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo describía este tipo de conductas como una verdadera patología política. Para Lenin, el “infantilismo de izquierda” era una desviación que confundía radicalidad con inmadurez, sustituía la estrategia por la gesticulación y debilitaba a la causa revolucionaria en nombre de una pureza sin contenido.

El salto a la notoriedad global llega con la era de las redes sociales. ANTIFA se convierte en marca visual y narrativa: símbolos replicables, imágenes virales, merchandising de rebeldía. El enemigo ya no es un fascismo real en el poder, sino figuras difusas: conservadores, nacionalistas, identitarios, incluso sectores de izquierda moderada.

Así, llaman “fascista” a todo lo que no les gusta, a cualquier alteridad que incomode su estética adolescente, a pesar de que varios de sus adherentes ya pasaron los 40 y 50 años: al adversario político, al policía, al empresario, al cura, al obispo, al partido de centro, al vecino conservador, incluso al militante de izquierda que no comparte sus formas. Y en esa misma línea llaman “fascista” a quien cree en la familia como núcleo fundamental del orden social, a quien sostiene que las fronteras son —como diría René Girard— una de las grandes conquistas de la civilización, o a quien defiende la soberanía nacional como principio irrenunciable de la vida política.

A esta pérdida de objeto se suma la degradación estética. ANTIFA no transmite disciplina ni firmeza; su identidad visual son las capuchas, los grafitis, los escraches y la violencia episódica. No hay allí virilidad militante ni disposición al sacrificio, sino teatralización callejera. Los resistentes del siglo XX podían morir en las montañas; los militantes de ANTIFA se fotografían en las redes sociales. Su militancia tiene un tono de gravedad soft, obsesionada con conseguir la foto perfecta para luego circularla como mercancía simbólica: viralizada en redes y comentada entre humo y falopa en una ronda nocturna, más cerca de la parodia que de la epopeya.

Además, su ideología de base ya no es la afirmación de un proyecto revolucionario, sino lo que podemos llamar un victimismo ontológico: se conciben como víctimas permanentes de sistemas difusos —colonialismo, patriarcado, “blanquitud”— y convierten esa condición de oprimidos en el centro de su identidad política. La militancia no es ya la afirmación de la fuerza colectiva, sino la perpetuación de la queja.

Lo atraviesa, también, la anti-política. ANTIFA no busca disputar el poder, construir un partido, organizar a la clase trabajadora o articular una estrategia de hegemonía. Rechaza todo lo institucional por principio. Esa renuncia lo condena no solo a la incapacidad de construir, sino a ser la simple expresión estética de una secta pirómana.

Esa lógica de consumo se expresa en la acción directa sin impacto político: irrupciones callejeras que no cambian nada, ataques al patrimonio público convertidos en espectáculo, agresiones contra servidores del Estado que no generan transformación sino resentimiento social. Es el mismo vacío que Raymond Aron ya percibía en mayo del 68, cuando en La Révolution introuvable señalaba con agudeza que la “clase obrera” estaba, en gran medida, del lado del orden y no de los jóvenes sublevados.

Lo que hoy se presenta como ANTIFA no es antifascismo. Es la relativización y banalización de la lucha que enfrentó al fascismo, uno de los episodios más oscuros y sangrientos de la historia universal. Al reducir ese sacrificio a gestos callejeros sin trascendencia, convierten la memoria de los resistentes en un decorado vacío. Allí donde hubo clandestinidad, martirio y dignidad, hoy solo queda la foto viral, el grafiti contra monumentos y el merchandising contracultural.

Esa banalización es doblemente perversa: porque trivializa el heroísmo de quienes dieron la vida y, al mismo tiempo, banaliza el propio fascismo, diluyendo su horror al usar su nombre como insulto de ocasión. Lo de hoy no es antifascismo: es farsa y mercancía, un simulacro que empobrece la memoria y degrada la política.

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