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viernes, marzo 20, 2026

Cuando intentar da vergüenza: la cultura “cringe” que paraliza a los jóvenes

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La llamada “cultura cringe” —esa tendencia a ridiculizar lo que se percibe como demasiado sincero o fuera de tono— ha crecido hasta convertirse en una barrera invisible para la creatividad y el deseo. Muchos jóvenes que sueñan con escribir, pintar o simplemente hacer algo con convicción, se detienen por miedo a ser vistos “intentando”.

 

En la era de las pantallas, donde cada gesto puede ser grabado, compartido y juzgado, los jóvenes aprenden rápido una lección silenciosa: intentar demasiado da vergüenza. Mostrar ilusión, esfuerzo o vulnerabilidad se ha vuelto riesgoso. Y así, lo que antes se entendía como entusiasmo o pasión hoy puede etiquetarse como cringe.

Uno de los que ha descrito con mayor lucidez este fenómeno es Ocean Vuong, poeta vietnamita-estadounidense y profesor de escritura creativa en la Universidad de Massachusetts. Hijo de refugiados, Vuong se convirtió en una de las voces literarias más celebradas de su generación, autor de la aclamada novela En la tierra somos fugazmente grandiosos y del poemario Night Sky with Exit Wounds. Pero más allá de su obra, su mirada sobre los jóvenes que enseña revela un síntoma social más profundo: la vergüenza de tener sueños.

En una entrevista reciente, Vuong relató que muchos de sus alumnos le confiesan su deseo de ser escritores, pero con una frase que lo inquieta: “Quiero ser bueno, pero me da cringe intentarlo”. Ese pudor a ser percibidos como personas que se esfuerzan, dice, está volviendo a una generación entera más cínica. En lugar de mostrarse con entusiasmo, prefieren una postura de ironía permanente, como si sentir o intentar fuese una forma de debilidad. “Muchos de ellos —explica— temen ser vistos como ingenuos, porque el cinismo puede confundirse con inteligencia.”

La observación de Vuong no se limita a la literatura. Es una radiografía del clima emocional de las nuevas generaciones. En redes sociales, el juicio colectivo es instantáneo: la autenticidad, si no encaja con el humor del momento, puede ser castigada con la burla. Y en esa dinámica, la exposición pública del esfuerzo se transforma en algo vergonzoso. Se aplaude el resultado, pero se ridiculiza el proceso. En otras palabras: el talento se celebra, el intento se castiga.

Lo paradójico es que esta lógica se da en una época que dice celebrar la autenticidad. Todo discurso sobre salud mental, creatividad o liderazgo juvenil repite el mantra de “ser vos mismo”. Sin embargo, el entorno digital y cultural enseña lo contrario: ser uno mismo solo es aceptable si no se nota que te esforzás en serlo. Esa tensión produce una generación hiperlúcida, capaz de detectar la más mínima impostura ajena, pero al mismo tiempo temerosa de exponerse con honestidad. Una generación que filtra su propia vulnerabilidad por miedo al escarnio.

El fenómeno no es exclusivo de un país o una red social, pero su impacto se siente con particular fuerza en sociedades donde el reconocimiento público es escaso y el error se paga caro. En América Latina —y también en Paraguay—, donde las estructuras de validación artística o profesional son frágiles, el miedo a “hacer el ridículo” puede ser doble: el de fallar y el de ser juzgado por intentarlo. En ese terreno, la cultura cringe no solo inhibe la creación individual, sino que también empobrece el debate público y la innovación cultural. Nadie quiere ser el primero en arriesgarse.

Vuong propone una salida simple pero radical: recuperar la sinceridad como valor. En sus clases, intenta crear un espacio donde los alumnos puedan equivocarse, escribir mal, probar. Donde “ser sincero y hacer el intento” no sea motivo de burla sino el punto de partida del aprendizaje. “Solo cuando un joven siente que puede ser sincero sin ser condenado —dice— empieza a liberar su mejor versión.” La frase parece pensada para el aula, pero aplica al conjunto de la vida social: necesitamos espacios donde intentar no sea una vergüenza.

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