Luis Pettengill no solo desconoce la historia del Paraguay: la falsifica para justificar su nostalgia por la década más corrupta, desigual y dolorosa de nuestra transición. Elogia el fraude, romantiza la estafa a los ahorristas y reivindica el país de la patria contratista que lo enriqueció. No es outsider ni renovación: es el último rezago de un Paraguay que ya no volverá.
Las declaraciones de Pettengill en radio Ñanduti sobre la historia reciente no son solo una muestra de su extrema ignorancia sobre la historia del Paraguay, sino una confesión de su proyecto de país: la década perdida de los 90. No se trata de un lapsus ni de un error de lectura: es la expresión más transparente de un hombre que añora un Paraguay dominado por la patria contratista, tutelado por los militares y sostenido sobre el dolor de la gente común.
La década del 90 no fue modernización ni ajuste exitoso. Fue la bancarrota moral y material del Paraguay. El sistema financiero colapsó, se esfumaron los ahorros de miles de familias y hubo paraguayos que literalmente murieron de infarto al ver cómo desaparecía el sacrificio de toda una vida. Eso fue la década perdida: angustia, estafa, desempleo, pobreza, corrupción y un Estado quebrado. Y sobre ese paisaje de ruinas, Pettengill tiene el descaro de hablar de “normalidad”.
Más aún: intenta presentar a Juan Carlos Wasmosy como un “outsider” y como un héroe del orden económico. La verdad es exactamente la contraria. Wasmosy se impuso mediante un fraude grosero a Luis María Argaña, con actas arrancadas de las mesas y llevadas por los militares a la Caballería para ser adulteradas. No fue una interna; fue una manipulación burda del poder fáctico para mantener el control del país. Ese es el Paraguay que Pettengill idealiza: uno donde las élites deciden y el pueblo solo mira.
Y aquí es necesario decirlo sin rodeos: Pettengill no solo no es outsider; es exactamente lo contrario. Es un insider total de la casta empresarial, un heredero privilegiado de la patria contratista que construyó su poder y su fortuna gracias al Estado, no en competencia abierta, no en riesgo puro, sino al amparo de concesiones, contratos y ventajas reservadas para unos pocos. Mientras él vivía conectado al aparato estatal que lo enriquecía, la gente común enterraba ahorros y esperanzas.
Por eso no sorprende su absoluta incapacidad de empatizar con el sufrimiento del ahorrista destruido, con el dolor de la familia arruinada, con la desesperación de quienes perdieron todo. Para él, el pueblo colorado es un rebaño electoral, no un sujeto político con dignidad, memoria y aspiraciones.
El verdadero giro histórico de Paraguay no llegó en los 90, sino en 2003, cuando se encontró un Estado quebrado y se lo reconstruyó: orden fiscal, cierre de fugas históricas, reforma tributaria del 10-10-10, fortalecimiento institucional y el nacimiento de políticas sociales que iniciaron la reducción de pobreza más importante en nuestra historia moderna. Un lustro después la pobreza bajó considerablemente y el coeficiente de Gini comenzó a caer de forma sostenida, marcando una brecha menor entre ricos y pobres. En ese nuevo paradigma —y no en los 90 que Pettengill añora— se construyó un Paraguay más justo, más equilibrado, que hoy se presenta al mundo como un país previsible y ordenado.
Ahí empieza el Paraguay que mira hacia adelante. Ahí comienza el siglo XXI. Nada más alejado del pantano de los noventa que Pettengill pretende reivindicar.
Y si hablamos de outsiders en la ANR, Horacio Cartes sí lo fue: llegó desde afuera de la estructura tradicional, caminó territorio, habló con la base y se ganó un lugar. Y, sobre todo, Cartes se forjó como empresario sin depender de la patria contratista, sin vivir del presupuesto público, sin edificar su patrimonio a remolque del Estado, sino construyendo desde la actividad privada y la competitividad real. Ese es el contraste brutal: mientras Cartes se hizo desde afuera, Pettengill es un producto del adentro más rancio.
Pettengill no tiene absolutamente nada de eso. Es el grado cero del carisma, el grado cero de la esperanza y el grado cero de la conexión con las grandes aspiraciones del pueblo colorado. Es, en el sentido más literal y crudo, la encarnación viva de lo que Musil llamaba “el hombre sin atributos”: alguien sin visión, sin magnetismo, sin energía, sin épica, sin nada que movilice a nadie.
Por eso su discurso ni siquiera califica de peligroso, dado que no marca agenda, no conmueve a nadie. Es anecdótico por su infinita irrelevancia política. Tiene menos eco que la respiración de un roedor moribundo. Y, en el fondo, esa irrelevancia es la mejor síntesis de su rol en la historia política del Paraguay.



