La llegada de los “compañeros de IA” plantea un desafío urgente: cómo proteger la vida emocional de niños y adolescentes sin caer en lógicas prohibicionistas. Expertos como Jonathan Haidt y Zach Rausch advierten que la respuesta no está en bloquear tecnologías, sino en fortalecer los lazos humanos. Paraguay puede construir una política de Estado centrada en recreación, deporte, artes y humanidades. La clave es ampliar el mundo fuera de la pantalla para que ningún niño necesite un amigo artificial.
Paraguay ya es un país hiperconectado: más del 80 % de las personas de 10 años y más usa internet, y casi todo ese acceso se concentra en el celular. Sobre ese piso digital, comienza a asomar una nueva generación de tecnologías dirigidas a niños y adolescentes: “compañeros de IA” integrados en apps, muñecos y servicios que se presentan como amigos, confidentes o casi terapeutas. Jonathan Haidt y Zach Rausch han advertido recientemente que estos bots son un experimento masivo con la vida emocional de los menores, cuyos efectos no entendemos del todo. Pero la respuesta que necesita Paraguay no es una cruzada prohibitiva, sino una política de Estado más ambiciosa: reconstruir la trama de lazos humanos, juego, disciplina y cultura que vuelve menos necesario refugiarse en una “amistad sintética”.
Los organismos internacionales ya hablan del entorno digital como un tema de salud pública. La OMS recuerda que uno de cada siete adolescentes en el mundo tiene un trastorno de salud mental y que el suicidio es una de las principales causas de muerte en ese grupo. UNICEF, por su parte, muestra que el impacto de las pantallas depende tanto del contenido como del contexto: entornos digitales tóxicos agravan ansiedad y depresión, mientras que entornos protectores amortiguan los riesgos. Haidt y Rausch insisten en que la mejor defensa no es un listado infinito de bloqueos, sino algo más elemental: tiempo de calidad con otros niños, juego libre, adultos presentes, comunidades fuertes. Si sabemos que la fragilidad emocional crece cuando el único refugio está en la pantalla, la política pública debe ensanchar el mundo fuera de la pantalla.
En Paraguay ya existen semillas de este enfoque. El Ministerio de la Niñez y la Adolescencia (MINNA), bajo la conducción del ministro Walter Gutiérrez, impulsó recientemente un panel sobre protección de la infancia en entornos digitales, reconociendo la necesidad de abordar grooming, privacidad, exposición de datos y riesgos de hiperconectividad. También declaró de interés institucional materiales que orientan a las familias sobre “crianza digital”, y mantiene programas como las ludotecas y espacios lúdico-creativos que promueven el juego, el vínculo humano y la expresión artística. Estas iniciativas deben dejar de ser acciones aisladas: necesitan profundizarse, expandirse territorialmente y convertirse en una política sostenida, que incluya formación a familias, campañas permanentes de sensibilización y la consolidación de una “agenda nacional de infancia y entorno digital”.
Una visión moderna de protección infantojuvenil debería situar a cada ciudad del país como escenario de socialización, recreación y encuentro. Plazas activas, parques equipados, instalaciones deportivas, senderos seguros y programas comunitarios con profesores en territorio pueden convertir el ocio en comunidad y la energía juvenil en disciplina. Paraguay, que proyecta una creciente presencia en eventos deportivos regionales, tiene la oportunidad de traducir esa vocación en un gran impulso al deporte formativo: clubes barriales fortalecidos, escuelas con horarios extendidos para actividades físicas, alianzas con federaciones para formar monitores juveniles y una infraestructura que permita que todo niño encuentre un equipo, un entrenador, una rutina y un grupo de pertenencia.
Ese mismo principio debe extenderse a las artes y las humanidades como antídoto contra la soledad digital. La música, el teatro, la danza, la literatura y las artes visuales fortalecen habilidades socioemocionales, reducen conductas de riesgo y dan sentido de propósito. Un país que se pregunta por los riesgos de los “compañeros de IA” debe preguntarse también qué alternativas culturales ofrece a sus niños: bibliotecas vivas, talleres creativos, centros culturales accesibles en los barrios, programas de lectura y formación artística que permitan experimentar la alegría de un coro, la disciplina de un instrumento o la magia de un ensayo teatral. Allí, en el contacto con el cuerpo, la voz y la historia, se forma un carácter que ninguna inteligencia artificial puede imitar.
La educación, a su vez, debe preparar a los niños para convivir con la IA sin entregarle su vida emocional. Las políticas educativas pueden integrar educación emocional, pensamiento crítico y alfabetización digital avanzada; impulsar debates, clubes de lectura, filosofía para niños, ciencias, arte y trabajo cooperativo; y fortalecer la formación docente con un criterio simple: la IA puede apoyar el aprendizaje, pero no es un amigo ni un sostén afectivo. Que los propios estudiantes comprendan —desde temprano y con lenguaje claro— lo que Haidt y Rausch recuerdan a los adultos: los sistemas conversacionales parecen comprensivos, pero no sienten, no cuidan, no asumen responsabilidad.
La verdadera política pública frente a los “compañeros de IA” no se define sólo en marcos regulatorios, aunque estos sean necesarios, sino en la decisión de país de que ningún niño o adolescente crezca sin una plaza, una cancha, una biblioteca o un taller cerca de su casa. Se define en la continuidad y ampliación de programas como los del MINNA, en la prioridad presupuestaria asignada al deporte, la cultura, la recreación y las humanidades; en el mensaje que el Estado y la sociedad transmiten: primero la comunidad, luego la pantalla. Haidt y Rausch ofrecen una advertencia; Paraguay puede responder con una apuesta afirmativa y profundamente humana: que nuestros hijos y nuestras hijas no necesiten un amigo artificial porque tienen familias presentes, escuelas vivas y ciudades que los invitan a jugar, aprender y encontrarse de verdad.



