Estigarribia encarna al doncello político y converso errante que, tras desertar por despecho, fracasó hasta como saltimbanqui. Su biografía es la anatomía de una nada ruidosa: un salto al vacío sin votos, sin territorio y sin producción académica.
La trayectoria de Hugo Estigarribia merece ser estudiada no por sus logros, sino por su asombrosa capacidad de convertir cada oportunidad política en una estación más de su peregrinaje hacia la nada. Su historia comienza como hijo de la llamada tierna podredumbre stronista, continúa con un paso gris y absolutamente intrascendente por la Secretaría de la Juventud, y apenas logra un brillo prestado cuando entra al Senado por lista sábana; es decir, sin un solo voto propio, sin un electorado real, sin un territorio que lo reconozca siquiera como referencia barrial.
Fue senador por accidente del sistema, no por voluntad popular. Cuando tuvo la posibilidad de medir su peso real en las urnas, la realidad fue implacable: candidato a senador con lista propia y resultados microscópicos, del tamaño exacto de su influencia política. Esa derrota no lo condujo a la introspección, sino al resentimiento sin límites.
Fue allí donde nació su nueva faceta: la del converso errante, ese personaje que deserta y reniega de su historia no por convicción moral, sino por el estruendoso fracaso de su vida partidaria.
Es en este punto donde su perfil se volvió tragicómico. Estigarribia se transformó en el doncello de la política, seducido por falsas promesas de amor. Cayó en brazos de Efraín Alegre, hipnotizado por por propuestas de candidaturas imaginarias, convencido de que su «coraje» sería recompensado. No entendió lo elemental: Roma no paga traidores.
Alegre lo recibió como una ofrenda simbólica, lo dejó soñar con chapas presidenciales ficticias y, con la frialdad de un operador experimentado, lo arrojó al basurero de la historia, con la crueldad inaudita de los liberales.
Estigarribia no fue una víctima; fue el arquitecto de su propia irrelevancia. Su renuncia al coloradismo para abrazar un espejismo lo dejó desnudo ante la realidad: nadie lo necesitaba.
Terminado el capítulo de la deserción, Estigarribia ha mutado nuevamente. Se ha convertido en un comentador sin rating de ruinas, pontificando desde tribunas donde nadie escucha. Sobrevive como versión degradada del personaje Tartufo: un moralista que disfraza su falta de capital político con un falso manto de superioridad ética, cuando en el fondo solo le mueve el despecho de no haber incidido políticamente ni en reuniones de consorcio .
Pero la impostura de Estigarribia no se agota en la arena electoral; su vacuidad es multidimensional. No contentándose con ser un político irrelevante, ejerce también de académico intrascendente, con menos producción de artículos que votos.
Su supuesta estatura intelectual se desmorona ante la evidencia bibliométrica: no posee un solo artículo en revistas especializadas de rango Q1 o Q2, esos espacios donde la ciencia del derecho se valida internacionalmente. Su producción es un páramo donde apenas se respiran algunos textos perdidos en revistas sin impacto, publicaciones endogámicas de nulo rigor que sirven de consuelo para un ego que confunde la simple opinión de pasillo con la doctrina jurídica.
Si su historia fuese llevada al cine o a la literatura, sería una obra de «Clase B». Hugo Estigarribia es la síntesis perfecta entre el impostor de Molière y el delirante de John Kennedy Toole. No alcanza la dignidad del antihéroe; encarna con exactitud al protagonista de La conjura de los necios: un Ignatius J. Reilly criollo, que se ve a sí mismo como un cruzado incomprendido contra la decadencia de los tiempos, cuando en realidad es apenas un personaje de los bordes, atrapado entre su propia grandilocuencia sin eco y la evidencia de que nunca construyó nada.
Hugo Estigarribia no cayó en desgracia: él mismo saltó al vacío creyendo que volaba, es el saltimbanqui sin red por excelencia.
Lo suyo no es una tragedia. Es simplemente la nada misma, narrada por un converso que se quedó sin fe y que nunca tuvo feligreses.



