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viernes, marzo 6, 2026

El fin del ritual y el regreso del poder

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En Davos, Mark Carney puso en palabras lo que el sistema internacional venía practicando en silencio: el orden basado en reglas ya no modera las correlaciones de fuerza, apenas las disimula. Sus declaraciones no inauguran una doctrina nueva, sino que exponen el cinismo de un orden previo que convirtió la asimetría en norma mientras la recubría de lenguaje institucional. Para países como Paraguay, la lección es clara: leer el nuevo escenario sin ingenuidad y fortalecer alianzas estratégicas desde sus intereses nacionales y soberanos.

 

En el Foro Económico Mundial de Davos, espacio históricamente asociado a la coordinación global y al consenso liberal, el primer ministro canadiense Mark Carney formuló una advertencia que resulta significativa no por su novedad, sino por el lugar desde donde fue pronunciada. Davos fue durante décadas el escenario donde se celebraba la promesa de un orden basado en reglas, beneficios mutuos e integración pacificadora. Que allí se reconozca abiertamente su vaciamiento dice más sobre el estado del sistema internacional que cualquier declaración grandilocuente sobre el futuro.

Lo más relevante de las palabras de Carney no es leerlas como una “doctrina canadiense”, sino como el reconocimiento tardío de una práctica ya extendida. La integración económica convertida en arma, las tarifas usadas como instrumento político, la infraestructura financiera como mecanismo de coerción y las cadenas de suministro tratadas como vulnerabilidades explotables no describen un horizonte posible, describen el funcionamiento actual del poder global.

El aspecto más incómodo es que el orden previo también se sostuvo sobre correlaciones de fuerzas, solo que las ritualizó. Durante años se habló de reglas, gobernanza y cooperación mientras la arquitectura real del sistema descansaba sobre asimetrías profundas de mercado, tecnología, finanzas y seguridad. La crítica no apunta a Carney, sino al cinismo de ese período, cuando el lenguaje institucional operó como cobertura moral de jerarquías efectivas. Cuando hoy se afirma que la integración puede convertirse en subordinación, lo que se reconoce es que la ficción del beneficio mutuo dejó de ser sostenible.

Desde las grandes corrientes del pensamiento geopolítico, esto implica un retorno explícito a supuestos realistas, aunque con instrumentos distintos. El conflicto central ya no se expresa prioritariamente en términos militares, sino en clave geoeconómica. La economía dejó de ser el espacio neutral que suavizaba rivalidades y pasó a ser el terreno principal donde se ejercen. El control de mercados, nodos financieros, estándares y redes logísticas se convierte en poder efectivo.

La literatura contemporánea conceptualizó este fenómeno como interdependencia armada: la capacidad de transformar la centralidad en redes financieras, tecnológicas o comerciales en instrumentos de vigilancia y estrangulamiento. Cuando Carney enumera tarifas, infraestructura financiera y cadenas de suministro como medios de presión, no introduce una idea nueva; describe una lógica ya consolidada y naturalizada.

Su respuesta estratégica no propone volver al multilateralismo clásico, consciente de que este ya no disciplina al fuerte cuando el fuerte decide ignorarlo. En su lugar, plantea coaliciones por tema, acuerdos entre pocos capaces de actuar. En términos doctrinarios, esto se aproxima al minilateralismo: cooperación selectiva para producir resultados cuando el consenso universal se convierte en una puesta en escena.

La reacción de Donald Trump a estas declaraciones fija con claridad el marco real. Al señalar que Canadá “vive” gracias a Estados Unidos, no discute modelos de gobernanza ni visiones normativas; recuerda dependencia. Es la reinstalación explícita de jerarquía en un contexto donde el lenguaje institucional ya no contiene la coerción. Esa escena sintetiza mejor que cualquier tratado cómo se negocia en un mundo crecientemente transaccional.

Paraguay debería tomar nota de este escenario sin dramatismo, pero también sin ingenuidad.

En un orden donde la interdependencia se gestiona como poder, la respuesta no es el aislamiento ni la neutralidad pasiva, sino la diversificación estratégica y la acumulación de márgenes de maniobra. Eso supone fortalecer alianzas según intereses nacionales y soberanos, sostener una inserción inteligente en bloques y participar activamente en la definición de estándares que condicionan el acceso a mercados.

En ese sentido, acuerdos como el recientemente firmado entre el Mercosur y la Unión Europea no deben leerse como gestos simbólicos, sino como instrumentos concretos para ampliar mercados y reducir dependencias excesivas. Pero ese margen no se declama. Exige inversión en capacidades productivas, cumplimiento normativo y trazabilidad, que hoy definen la verdadera frontera de la soberanía económica. El nuevo orden no premia rituales. Premia preparación estratégica.

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