por: Dr. José Tomás Sánchez, Director Ejecutivo de la Unión de Facultades de Medicina Privadas del Paraguay
Brasil acaba de recibir una noticia que debe servir de oportunidad para Paraguay. La primera edición del examen de egreso Enamed evaluó a casi 90.000 estudiantes de 350 cursos de Medicina en conocimientos básicos de medicina. El resultado fue que 13.000 estudiantes del último semestre tuvieron resultados insuficientes. Como dato no menor, muchas de las universidades afectadas cobran entre 1.100 y 2.600 dólares mensuales de cuota. Si se multiplica esa suma por los 72 meses de carrera (6 años), la inversión, sólo en cuotas, oscila entre 86.400 y 187.200 dólares, una fortuna en un país donde el salario mínimo ronda los 313 dólares.
Esta radiografía puede ser una oportunidad para Paraguay, pero para ello debemos rescatar y visibilizar el proceso de desarrollo universitario en nuestro país, así como las potencialidades que se pueden abrir. En materia de calidad en la educación médica, por ejemplo, se ha venido realizando esfuerzos importantes de mejora. Según los datos de la ANEAES, para el 2026, la totalidad de las facultades de medicina que debieran someterse a evaluaciones de calidad lo hará. Esta situación de convergencia nacional hacia la calidad contrasta severamente con otras carreras, como Derecho, Ciencias de la Educación e Ingeniería.
A pesar del avance de las carreras de medicina, aún queda mucho por hacer. Nuestras universidades siguen rezagadas en los rankings regionales y mundiales, y cerrar estas brechas requiere más recursos. El problema es que los fondos estatales disponibles son cada vez más limitados e inciertos. Además, el país debe gestionar la sostenibilidad de sus finanzas públicas, reducir el déficit fiscal, corregir el sistema de jubilaciones y honrar las deudas estatales. Por lo tanto, resulta poco probable que el presupuesto público, por sí solo, pueda sostener la calidad de la educación superior.
Así, no queda otra que animar al sector privado a financiar el desarrollo universitario. La experiencia de los países desarrollados muestra que muchas de las universidades líderes (Harvard, MIT, Stanford, Cornell) son mayoritariamente privadas, pero reciben un fuerte respaldo público en investigación, inclusión de talentos e innovación. Además, sus matrículas superan los 60 mil dólares anuales por estudiante y generan un abanico de inversiones para sostenerse. Por ejemplo, Harvard se financia principalmente a través de un fondo de inversión de 53 mil millones de dólares, lo que supera ampliamente el producto interno bruto de Paraguay. El caso muestra que podría existir una correlación directa entre la calidad educativa y la disponibilidad de recursos.
Si nuestro país quiere establecer como meta elevar los estándares de la educación superior, no cuenta con las condiciones para valerse del Estado, por lo que debe orientarse al sector privado. Pero para ello, es indispensable un marco normativo claro y una estrategia compartida, así como instituciones regulatorias (como el MEC, CONES y la ANEAES) que actúen con exigencia, pero con normas objetivas, predecibles y eficientes. El Estado debe garantizar la estabilidad de las reglas para incentivar a los inversores privados a apostar por proyectos educativos a largo plazo. La combinación de inversión privada y supervisión pública rigurosa permitirá un ecosistema que premie la excelencia, fomente la creatividad para innovar en programas educativos y potencie la investigación y el desarrollo tecnológico.
En medicina, esto no es menor. Formar a un médico requiere miles de horas de instrucción, docentes capacitados, infraestructura para campos de práctica hospitalaria, innovación constante y recursos para la investigación. La necesidad de recursos para financiar el desarrollo universitario explica por qué debemos estar atentos a lo que sucedió en Brasil, y mostrarnos como una alternativa viable.
Paraguay se ha convertido en el destino preferido de miles de brasileños que sueñan con estudiar medicina debido a los costos razonables, un entorno seguro y programas académicos cada vez más competitivos. Para un brasileño, vivir y estudiar aquí cuesta alrededor de 1.200 dólares al mes, lo que equivale a una cuota de costo bajo en Brasil. Pero lo más importante es que la preparación funciona: según los datos de la Revalida, el examen brasileño para validar títulos extranjeros, desde 2011 casi 5.000 médicos brasileños formados en Paraguay han sido habilitados para ejercer en Brasil, sin contar a quienes regresan por el programa Mais Médicos. Este número es clave para orientar nuestras políticas regulatorias y proyecciones nacionales, ya que multiplicarlo permitirá contar con más y mejores médicos paraguayos, mejores programas de formación y especialización, y hospitales con mejor atención en todas las zonas del país.
En resumen, atraer a más estudiantes brasileños permitirá generar recursos y animar a las universidades privadas a invertir en infraestructura, tecnología, docencia e investigación. Estas inversiones son significativas: una sede completa de una facultad de medicina puede costar alrededor de 10 millones de dólares. Y los impactos son gigantescos y visibles en el desarrollo social y económico de las ciudades universitarias. El mundo desarrollado reconoce desde hace siglos la relación entre universidades y desarrollo, algo que aquí recién comienza a visualizarse.
En definitiva, Paraguay puede consolidarse como un polo regional de formación médica si asume el proyecto con seriedad. Para ello, es necesario visibilizar y multiplicar los resultados de la Revalida, demostrar a Brasil la capacidad de formar médicos para su mercado laboral y, además, atender la demanda interna de profesionales de nuestro sistema de salud. Esto exige brindar certezas a los inversores, mejorar la calidad académica, fortalecer los vínculos con los sistemas de salud del Cono Sur, y sobre todo, establecer un proyecto nacional de largo alcance. No dejemos pasar la oportunidad que se nos abre.



