Paranaländer revisa el «Py sevo’i», trabajo de investigación del filósofo parawayensis José Silvero sobre la campaña contra la anquilostomiasis de la Fundación Rockefeller en los años 20 del siglo pasado.
«Py sevo’i. Campaña Sanitaria contra la anquilostomiasis de la Fundación Rockefeller en el Paraguay 1923-1928”, de José Manuel Silvero Arévalos, aparecido el año pasado, llamó prima facie mi eterna atención distraída, esa TDAH trucha, al cazar al vuelo las declaraciones del autor al periodista Augusto Dos Santos de canal GEN, por dos razones: uno, que no hubiéramos podido ganar la guerra del Chaco sin Rockefeller, y dos, Cadogan en sus memorias cuenta que siendo niño padeció los terribles rigores de la anquilostomiasis. Sus padres desesperados ante la búsqueda de alguna cura lo trasladaban de médico en médico pasando por Villarrica, Asunción, Sapucái y San Bernardino, recibiendo tratamientos ineficaces una y otra vez. Finalmente, el fotógrafo Alexander K. MacDonald le administró un medicamento proveniente de la Comisión Gorgas, utilizado en el Canal de Panamá, que en definitiva lo sanó.
Leyendo ya el libro me topeté con un fetiche mitológico de mi infancia en los 70: el baño moderno.
“¡Pobre Juan! Está pálido y delgado. No tiene ganas para trabajar. Se cansa pronto.
Dicen que tiene la anquilostomiasis.
El maestro nos ha explicado hoy la causa de esta enfermedad.
Ha dicho que ella es debida a unas lombrices intestinales llamadas anquilostomas. Estas lombrices viven del intestino delgado, allí chupan la sangre del infectado e injertan un veneno que destruye los glóbulos rojos de la sangre.
¿Cómo se adquiere esta enfermedad?
Las personas que tienen anquilostomas echan los huevos de esos animales en la defecación. Los huevos germinan en el suelo donde viven los gusanos. Si la defecación ha sido echada en los yuyales, y no en un pozo, las aguas de lluvia, al correr, arrastran los gusanos.
Las gentes beben el agua contaminada e ingieren los gusanos del anquilostoma, los cuales dan nuevos huevos, prodigiosamente, en los intestinos.
O también, penetran el cuerpo atravesando la piel de los pies (py-sevo-í), de la mano, cuando se anda descalzo o se toca la tierra. ¿Cómo se evita la propagación? No haciendo deposición alguna en el suelo sino en pozos, de donde no pueden ser arrastrados los gusanos por las aguas pluviales.”
(Cardozo, Indalecio. El paraguayo. Libro III. República del Paraguay, 1928)
«La anquilostomiasis es muy frecuente desde 1865, cuando el tirano Solano López inició la guerra que duró hasta marzo de 1870, toda la población vivía en un estado de semi-hambruna”.
No queda claro el blanco de este petardo lanzado por el cónsul Ferris. Reivindicar la arcadia parawayensis liquidada por la nefanda triple alianza. O bien adular a los liberales en el poder, todos connotados anti-lopiztas, insinuando a un culpable, político imprudente, de la emergencia de esta nauseabunda plaga.
Toda esta sevo’icracia me recuerda a la retórica catastrofílica decimonónica en torno a la sífilis.
Las plantas que contienen el timol y el quenopodio ya eran conocidas empíricamente y utilizadas para combatir la anquilostomiasis. En carta dirigida a Insfrán, Manuel Domínguez hace referencia al consumo ancestral en el Paraguay del ka’arê (Dysphania ambrosioides) para combatir la enfermedad. Asimismo, Moisés Bertoni también deja constancia del uso, tanto del helecho macho (Dryopteris filix-mas) como del ka’arê.
El farmacéutico Pedro M. Rodríguez, en junio de 1917, por destilación de las hojas y semillas, preparó por primera vez en el Paraguay el aceite de chenopodium antihelminticum L, (ca-á ré). Un par de años después, durante la Campaña Sanitaria, en la que el Dr. Antonio Bestard trabajó como médico, leyó una tesis en la Universidad Nacional de Asunción que versaba sobre la mencionada planta.
Recuerdo que en el “Vocabulario Castellano Mbya Guarani” de Martínez Gamba, la lombriz en niños -se nos dice- es tratada con yvyra tái, Bergeronia sp,
En la tesis del libro no queda claro y explícito si estas mega corporaciones benefactoras como la Fundación Rockefeller, usaban su dinero generosamente como una vía de penetración pacífica en los países subdesarrollados y/o maquiavélicamente trocaban, en el fondo, parné por conejillo de indias baratos. Ya otra entidad filantrópica yankee, la Carnegie, por 1910, había a donado libros al Ateneo Paraguayo. Y el ya mencionado Ejército de Salvación que opera desde 1910 en nuestro país. La intervención «humanitaria» no para, como sabemos, hoy nomas escuchábamos cuánto dinero ha destinado la Fundación de Soros al Paraguay (la de nomenclatura popperiana Open Society Foundations). Con respecto a la responsabilidad de los presidentes liberales del periodo, Eligio Ayala, Eusebio Ayala y Luis Alberto Riart, no se me ocurren muchas frases de excusa por la total incuria ante el abuso sobre ciudadanos paraguayos. Hay una anécdota narrada por Verón sobre Eligio y su plan de modernización del Paraguay, que descansaba sobre la eliminación de la Chacarita, que es suficiente muestra para vislumbrar el nivel infracerebral de nuestros gobernantes.



