El ingeniero Roberto Hauswirth es graduado en Ingeniería de Sistemas. Reside actualmente en Dubái, donde desarrolla actividades vinculadas con la ingeniería y la tecnología. Viajero constante y lector infatigable, ha conocido diferentes sociedades, culturas y modelos de desarrollo. Dejó el Paraguay junto con su familia hace cincuenta años. La distancia, la experiencia internacional y la observación comparada le permiten ofrecer una mirada singular sobre las transformaciones del país, sus oportunidades estratégicas y los cambios tecnológicos que podrían redefinir nuestro futuro inmediato.
Paraguay ante el desarrollo institucional, la soberanía estratégica, la transformación tecnológica y la dinámica política partidaria
EL Trueno: Desde que comenzó a colaborar con El Trueno, numerosos lectores han enviado cartas y mensajes interesados en conocer más sobre usted. Algunas reacciones celebran sus ideas; otras, en cambio, expresan una abierta desaprobación. ¿Cómo recibe este tipo de respuestas?
Ing. Roberto Hauswirth:
Francamente, me tienen sin cuidado. A esta altura de mi vida he recibido toda clase de elogios y también toda clase de improperios. Ninguno de los dos me modifica demasiado. No necesito aplausos para sostener una idea y tampoco me intimidan las amenazas, las descalificaciones o el resentimiento de quienes confunden una opinión contraria con una ofensa personal. Yo también he recibido en mi correo felicitaciones, adhesiones, objeciones y muestras bastante poco elegantes de desagrado. Algunas están bien argumentadas y merecen ser leídas; otras no pasan de ser reacciones viscerales, cargadas de animosidad y escasas de pensamiento. No conviene atribuirles más importancia de la que tienen.
Nunca he escrito para agradar a todo el mundo. Quien intenta satisfacer simultáneamente a todos termina diciendo muy poco o, peor aún, no diciendo nada. Mi interés está en plantear ideas, formular preguntas incómodas y defender una posición con claridad. Si eso provoca acuerdo, muy bien. Si provoca rechazo, también. La discrepancia forma parte de cualquier conversación pública seria. Lo que no acepto es esa pretensión, cada vez más frecuente, de que toda opinión debe presentarse envuelta en cautela para no incomodar a nadie. Las ideas no están obligadas a ser agradables. Deben ser consistentes, comprensibles y, en la medida de lo posible, verdaderas.
Por supuesto, una crítica inteligente siempre resulta útil. Puede obligar a revisar un argumento, precisar un concepto o reconocer un error. Pero el insulto, la amenaza y la indignación automática carecen de valor intelectual. Por eso, no escribo pendiente de la aprobación del lector ni consulto el termómetro de los aplausos antes de expresar una convicción. Después de tantos años, uno aprende que el reconocimiento es pasajero y que la hostilidad también lo es. Lo único que permanece es la solidez —o la debilidad— de lo que uno ha dicho.
Que algunos lectores me feliciten y otros se irriten significa, al menos, que los artículos no han pasado inadvertidos. Eso ya es más de lo que puede decirse de muchos textos cuidadosamente redactados para no molestar a nadie.
ET: Han transcurrido cincuenta años desde que dejó el Paraguay junto con su familia. Desde la perspectiva que le proporcionan la distancia, su trayectoria profesional y el conocimiento de distintas sociedades, ¿cómo evalúa la evolución del país, sus instituciones y sus condiciones de desarrollo durante este periodo?
Ing. Roberto Hauswirth:
El Paraguay ha cambiado sustancialmente durante estos cincuenta años. Cuando dejé el país, muchas de sus instituciones se encontraban en una etapa inicial de conformación o consolidación. Era evidente que la construcción de un Estado moderno, con instituciones estables y capacidades suficientes para responder a las necesidades de la población, requeriría un proceso prolongado. En aquel momento, el país todavía debía desarrollar gran parte de su infraestructura física, administrativa, educativa y tecnológica. Las oportunidades de formación superior eran más limitadas, la conectividad internacional era reducida y las posibilidades de acceder a información especializada dependían de recursos que no estaban al alcance de la mayoría. El Paraguay era una sociedad con un enorme potencial, pero con un conjunto importante de estructuras todavía pendientes de desarrollo.
Al observarlo después de varias décadas y compararlo con países de distintas regiones, considero que el progreso ha sido significativo. El país ha ampliado su infraestructura, ha incrementado su oferta educativa, ha mejorado su integración regional e internacional y ha desarrollado sectores económicos que anteriormente tenían una presencia limitada. También dispone de una población joven, importantes recursos naturales, capacidad hidroeléctrica y una posición geográfica que podría aprovecharse mucho mejor como plataforma logística, productiva y tecnológica. Esto no significa que todos los problemas hayan sido resueltos. Persisten desigualdades sociales, deficiencias en los servicios públicos, fragilidades institucionales y dificultades para convertir el crecimiento económico en bienestar generalizado. Existen ámbitos en los que el país todavía necesita mejorar considerablemente su capacidad de planificación, regulación, ejecución y evaluación de políticas públicas.
Sin embargo, sería igualmente incorrecto construir una mirada basada únicamente en las carencias. Cuando se observa al Paraguay desde el exterior, se perciben condiciones de vida y posibilidades que no siempre son suficientemente valoradas desde dentro. Su escala territorial y demográfica todavía permite pensar en transformaciones relativamente rápidas si se establecen prioridades claras y se sostienen políticas de Estado.
Paraguay conserva, además, determinadas cualidades sociales que en otros lugares se han debilitado: la proximidad entre las personas, la importancia de la familia, la solidaridad comunitaria, la disponibilidad de espacios naturales y una relación todavía relativamente humana con el tiempo y con la vida cotidiana. Estas características no deben ser idealizadas, pero constituyen activos sociales que merecen ser protegidos. En numerosos países con altos niveles de ingreso, el desarrollo material convive con formas crecientes de aislamiento, fragmentación social, presión competitiva y deterioro de los vínculos comunitarios. Paraguay todavía dispone de una escala humana que puede convertirse en una ventaja comparativa, siempre que no sea interpretada como una excusa para permanecer inmóvil.
Desde mi perspectiva, el gran desafío consiste en transformar las ventajas existentes en capacidades institucionales permanentes. Un país no progresa únicamente porque posee recursos naturales o porque atraviesa un periodo favorable. Progresa cuando convierte esas condiciones en educación de calidad, conocimiento científico, infraestructura, productividad, innovación, seguridad jurídica y bienestar colectivo.
También resulta necesario superar la cultura de la improvisación. Las instituciones deben aprender a trabajar con horizontes de diez, veinte o treinta años. La continuidad estratégica es fundamental porque los procesos de transformación estructural no coinciden con los calendarios electorales. Las políticas educativas, energéticas, científicas y tecnológicas requieren acuerdos nacionales que puedan mantenerse más allá de los cambios de gobierno.
En este sentido, el Paraguay necesita fortalecer la profesionalización de la administración pública, mejorar la calidad de sus sistemas de información y consolidar una cultura de decisiones basadas en evidencia. Gobernar ya no puede consistir solamente en responder a las urgencias. También implica anticipar escenarios, identificar riesgos y preparar al país para transformaciones que todavía no son plenamente visibles. A pesar de sus dificultades, considero que el Paraguay se encuentra en una posición que numerosos países desearían tener. Cuenta con energía renovable, recursos naturales, capacidad productiva, estabilidad relativa y una población con posibilidades de formación y crecimiento. Comparado con sociedades que enfrentan conflictos, envejecimiento demográfico extremo, escasez energética o deterioro de su cohesión social, Paraguay posee condiciones especialmente valiosas.
La distancia permite comprender que el país no es solamente un espacio de problemas, sino también un territorio de posibilidades. Pero esas posibilidades no se realizarán automáticamente. Necesitan instituciones confiables, liderazgo, capital humano y una estrategia nacional.
Por eso, mi impresión general es positiva, aunque no complaciente. Paraguay ha avanzado mucho, pero todavía debe dar un salto cualitativo: pasar de un desarrollo apoyado principalmente en sus ventajas naturales a otro basado en el conocimiento, la innovación, la institucionalidad y la capacidad de anticipación. El país tiene recursos; ahora necesita convertirlos en un proyecto histórico de largo alcance.
ET: Desde su experiencia internacional, ¿cuáles considera que son las áreas estratégicas que el Paraguay debería fortalecer para sostener su desarrollo, preservar su autonomía y responder a las exigencias del futuro inmediato?
Ing. Roberto Hauswirth:
Considero que existen tres dimensiones estratégicas que deben abordarse de manera articulada: la calidad de la educación superior y del sistema científico; la seguridad energética a mediano y largo plazo; y el fortalecimiento de una identidad nacional abierta al mundo, pero consciente de su singularidad.
La primera dimensión es la educación superior. Ningún país ha logrado una transformación económica, científica y tecnológica sostenible sin realizar una inversión sistemática en universidades, investigación y formación avanzada de recursos humanos. La educación superior no puede seguir reducida a una maquinaria de expedir títulos, como si acumular diplomas fuera equivalente a producir conocimiento. Ese modelo podrá tranquilizar estadísticas, sostener ceremonias y alimentar vanidades, pero difícilmente transforme un país. Una universidad que no investiga, que no innova, que no transfiere tecnología y que no interviene seriamente en los problemas nacionales es apenas una oficina administrativa con aulas. Podrá llamarse universidad, colgar placas, organizar actos solemnes y distribuir credenciales, pero eso no la convierte automáticamente en una institución académica de alto nivel. En demasiados casos, se gasta más en luces de neón, fachadas llamativas y marketing institucional que en investigadores, laboratorios o bibliotecas científicas. Después se habla de innovación con una solemnidad casi conmovedora, aunque no existan equipos, fondos, publicaciones ni masa crítica para sostenerla.
Paraguay debe endurecer seriamente sus estándares académicos y revisar unos mecanismos de evaluación institucional que, con demasiada frecuencia, parecen más eficaces para producir expedientes que para garantizar excelencia. Una acreditación puede certificar que se han cumplido ciertos procedimientos; no demuestra, por sí sola, que una institución produzca conocimiento relevante, forme profesionales competentes o contribuya al desarrollo del país. La ciencia no surge de completar formularios, ni la innovación aparece por resolución administrativa. Abrir carreras sin investigadores, laboratorios, bibliotecas científicas, producción intelectual y vinculación efectiva con los problemas nacionales no es democratizar el conocimiento: es ampliar el catálogo de títulos. Y presentar esa proliferación como avance constituye una manera particularmente onerosa —aunque bastante vistosa— de representar el desarrollo sin producirlo.
La experiencia de Dubái y de los Emiratos Árabes Unidos demuestra que la innovación no se produce espontáneamente. Se construye mediante planificación, financiamiento, atracción de talento, alianzas internacionales y articulación entre Estado, universidades y empresas. La investigación se vincula con los sectores que el país pretende desarrollar: salud, energía, transporte, logística, inteligencia artificial, ciudades inteligentes y sostenibilidad. Paraguay no necesita copiar ese modelo, porque sus condiciones históricas y económicas son diferentes. Pero sí puede aprender un principio decisivo: el conocimiento debe ser tratado como una inversión estratégica, no como un gasto accesorio. Los recursos naturales crean oportunidades, pero solo el capital humano permite transformarlas en desarrollo sostenible.
La segunda dimensión es la seguridad energética. Paraguay disfruta actualmente de una posición excepcional gracias a su capacidad hidroeléctrica. Sin embargo, esa ventaja no garantiza una disponibilidad ilimitada. La industrialización, la movilidad eléctrica, la climatización, la digitalización, los centros de datos y las aplicaciones intensivas de inteligencia artificial incrementarán sostenidamente la demanda. Por ello, el país necesita una planificación energética de largo alcance que contemple generación, transmisión, distribución, eficiencia y diversificación de fuentes. La dependencia excesiva de una única tecnología implica riesgos, particularmente ante variaciones climáticas, sequías prolongadas y cambios en los regímenes hidrológicos.
Dentro de una matriz diversificada, Paraguay debería estudiar rigurosamente el potencial de los pequeños reactores modulares, conocidos como SMR. Estos sistemas poseen una capacidad menor que las centrales nucleares convencionales y están concebidos para ser construidos de forma modular, con la posibilidad de incorporar nuevas unidades según el crecimiento de la demanda.
Algunos diseños integran sistemas pasivos de seguridad, estructuras simplificadas y mecanismos automáticos de refrigeración. Su eventual utilidad radicaría en proporcionar generación continua y predecible para industrias, hospitales, centros de investigación e infraestructura digital. No obstante, la energía nuclear no debe presentarse como una solución sencilla ni inmediata. Los SMR todavía atraviesan procesos de demostración, licenciamiento y validación económica. Su costo dependerá de la fabricación en serie, el financiamiento, la regulación y la capacidad de evitar retrasos y sobrecostos.
La decisión responsable no consiste en comprar apresuradamente una tecnología, sino en comenzar a formar las capacidades para evaluarla. Paraguay necesitaría una regulación independiente, especialistas en ingeniería nuclear, protección radiológica, gestión de residuos, seguridad física, emergencias y comunicación pública. También requeriría cooperación internacional y una discusión transparente con la sociedad. La mejor estrategia se construye en tiempos de paz, cuando todavía existe margen de maniobra, recursos para estudiar alternativas y condiciones para tomar decisiones racionales. Cuando la escasez ya se ha convertido en crisis, la capacidad de elegir disminuye. La previsión no es alarmismo; es una responsabilidad de Estado.
La tercera dimensión es el fortalecimiento de la matriz identitaria paraguaya en un contexto de globalización. Un país necesita abrirse al intercambio internacional, incorporar conocimiento y participar de redes económicas y científicas. Pero esa apertura debe realizarse desde una identidad reconocible.
Paraguay necesita desarrollar una auténtica conciencia cosmopolita desde un sello particular. Ser cosmopolita no significa carecer de raíces ni adoptar indiscriminadamente todo aquello que proviene del exterior. Significa comprender el mundo, dialogar con otras culturas y participar de los grandes debates universales desde una posición propia. La identidad no debe funcionar como una frontera cerrada, sino como un punto de partida. Solo quien reconoce su historia, su lengua, su memoria y sus valores puede relacionarse con otras culturas sin quedar absorbido por ellas. La apertura sin identidad conduce fácilmente a la imitación; la identidad sin apertura puede derivar en aislamiento. El desafío consiste en articular ambas dimensiones.
La globalización facilita la circulación de conocimientos, tecnologías y oportunidades, pero también produce tendencias de homogeneización. Los mismos productos, discursos, hábitos de consumo y modelos de vida se reproducen en sociedades diferentes. Cuando este proceso no encuentra una conciencia cultural sólida, puede generar desarraigo y debilitamiento de los vínculos colectivos. Una sociedad formada por individuos desconectados de su historia y su comunidad queda más expuesta a ser definida únicamente por el consumo y la competencia. Por ello, la identidad constituye también una forma de soberanía cultural y política. En Paraguay, esa matriz debe nutrirse de la historia, el bilingüismo, el guaraní, la literatura, la música, la memoria social y las formas comunitarias de convivencia. El guaraní no debe ser tratado como un elemento folclórico, sino como un patrimonio vivo que necesita presencia en la educación superior, la ciencia, la tecnología y los entornos digitales.
Fortalecer la identidad no significa imponer uniformidad ni excluir a quien es diferente. Una identidad nacional madura puede reconocer la diversidad regional, social y cultural. Debe ser suficientemente sólida para producir pertenencia y suficientemente abierta para enriquecerse mediante el diálogo. La escuela y la universidad tienen aquí una responsabilidad esencial. No deben formar únicamente trabajadores competentes, sino ciudadanos capaces de comprender el país y situarlo dentro del mundo. Paraguay debe educar personas técnicamente preparadas, culturalmente conscientes y verdaderamente cosmopolitas.
Abrirse al mundo no significa diluirse en él. Significa participar con voz propia. Un país puede adoptar tecnologías, atraer inversiones y cooperar internacionalmente sin renunciar a su singularidad. La identidad no es una repetición inmóvil del pasado; es la capacidad de transformar la herencia recibida en un principio de orientación hacia el futuro.
ET: Desde su formación como ingeniero y su observación de las transformaciones contemporáneas, ¿qué convergencia tecnológica considera capaz de alterar las reglas de juego durante los próximos años?
Ing. Roberto Hauswirth:
No creo que el gran acontecimiento tecnológico pueda reducirse a una sola invención. Lo decisivo será la convergencia entre computación cuántica, inteligencia artificial agéntica y nuevas interfaces entre el cerebro humano y los sistemas digitales. Estas tecnologías se encuentran en distintos grados de madurez, pero su evolución conjunta podría modificar profundamente la ciencia, la economía y la vida cotidiana.
La computación cuántica ocupa un lugar central. No debe entenderse como una computadora convencional extraordinariamente rápida. Se trata de un paradigma diferente, basado en fenómenos como la superposición, el entrelazamiento y la interferencia cuántica. Mientras la computación clásica emplea bits que adoptan valores de cero o uno, los sistemas cuánticos utilizan cúbits. Estas unidades permiten representar y manipular determinados estados de una manera que puede ofrecer ventajas en problemas específicos de enorme complejidad.
Sus aplicaciones más prometedoras se encuentran en la simulación molecular, el descubrimiento de materiales, la química, la optimización y determinados procesos criptográficos. Un sistema cuántico suficientemente estable podría contribuir al diseño de medicamentos, fertilizantes, baterías, catalizadores y nuevos materiales con propiedades previamente difíciles de calcular.
En logística, energía, transporte y finanzas podría ayudar a explorar espacios de soluciones extremadamente amplios. Sin embargo, no todos los problemas se beneficiarán de este enfoque. La computación cuántica complementará a la clásica; no la reemplazará de manera general. La principal dificultad reside en el control de errores. Los cúbits son altamente sensibles al entorno, pierden coherencia y requieren procedimientos complejos de corrección. Por ello, la construcción de sistemas tolerantes a fallos constituye uno de los mayores desafíos científicos actuales.
La criptografía representa otro aspecto decisivo. Una computadora cuántica suficientemente potente podría comprometer determinados sistemas de cifrado de clave pública. En consecuencia, las organizaciones necesitan comenzar la transición hacia algoritmos poscuánticos antes de que esos equipos alcancen plena capacidad operacional.
La segunda transformación es la inteligencia artificial agéntica ejecutada en computadoras personales. Las nuevas plataformas de procesamiento están concebidas para operar modelos avanzados localmente y permitir que agentes de IA interactúen con archivos, programas y servicios. En Computex 2026, NVIDIA presentó su plataforma RTX Spark para computadoras portátiles y equipos compactos de alto rendimiento. Su importancia no reside únicamente en la potencia de cálculo, sino en el paradigma de interacción que representa: el tránsito desde una informática centrada en aplicaciones hacia otra orientada por agentes capaces de interpretar objetivos y ejecutar secuencias de acciones.
Hasta ahora, el usuario debía abrir programas, seleccionar funciones y completar manualmente cada etapa. En el nuevo modelo, podrá expresar una finalidad en lenguaje natural. El sistema descompondrá la tarea, seleccionará herramientas y propondrá o ejecutará acciones dentro de límites previamente autorizados.
Un usuario podría solicitar la planificación de un viaje, la comparación de alternativas, la revisión del calendario y la preparación de un itinerario. En contextos profesionales, el agente podría organizar archivos, analizar documentos, editar materiales, resumir reuniones, producir informes y coordinar tareas entre diferentes aplicaciones. El procesamiento local resulta relevante porque mejora la velocidad y reduce la necesidad de enviar información sensible a servidores externos. Esto puede ser importante en salud, investigación, defensa, administración pública y propiedad intelectual. Sin embargo, la informática futura será híbrida: algunas operaciones se realizarán en el dispositivo y otras continuarán requiriendo infraestructura en la nube.
Este cambio también modificará la interfaz humana. El mouse y el teclado no desaparecerán, pero perderán parte de su exclusividad. La voz, el lenguaje natural, los gestos, la mirada y otros canales multimodales permitirán indicar resultados sin especificar cada procedimiento.La diferencia fundamental se producirá entre una IA que responde y una IA que actúa. Los sistemas actuales generan textos o imágenes; los agentes pueden elaborar planes, utilizar herramientas y ejecutar procesos. Esa autonomía exigirá nuevos mecanismos de identidad, permisos, auditoría y control. Un agente que puede realizar compras, modificar documentos o gestionar información sensible debe estar sometido a reglas verificables. Cuanto mayor sea su capacidad de acción, más rigurosos deberán ser los sistemas de supervisión, trazabilidad y reversión de errores.
La tercera transformación corresponde a las interfaces cerebro-computadora. Estos sistemas registran señales de la actividad neuronal, las procesan mediante algoritmos y las convierten en comandos capaces de controlar dispositivos.
Las aplicaciones más avanzadas se concentran actualmente en el ámbito médico. Personas con parálisis pueden llegar a manejar un cursor, controlar una prótesis o traducir patrones neuronales relacionados con el lenguaje en texto o voz sintetizada.
Existen interfaces invasivas, implantadas mediante procedimientos quirúrgicos, y otras no invasivas, que registran señales desde el exterior del cráneo. Las primeras ofrecen mayor resolución, pero también implican mayores riesgos. Las segundas son más accesibles, aunque proporcionan señales menos precisas.
La combinación con inteligencia artificial puede mejorar la interpretación de la actividad cerebral, porque los algoritmos aprenden los patrones específicos de cada persona y compensan parte del ruido presente en las señales.
No obstante, debe evitarse el sensacionalismo. Estas tecnologías todavía no permiten leer de manera general el pensamiento humano. Interpretan patrones concretos vinculados con tareas definidas y requieren procesos de calibración.
A medida que se desarrollen, surgirán problemas éticos de enorme importancia. Los datos neuronales podrían ser la forma más íntima de información personal. Será necesario proteger la privacidad mental, el consentimiento, la identidad y la libertad cognitiva. También debemos distinguir entre restauración y aumento de capacidades. Ayudar a una persona a recuperar el habla plantea un escenario diferente al de utilizar implantes para mejorar el rendimiento cognitivo. El segundo caso podría generar nuevas formas de desigualdad entre quienes tienen acceso a la tecnología y quiénes no. La convergencia de estos tres procesos podría modificar la arquitectura misma de la relación humano-máquina. La inteligencia artificial interpretará objetivos; los sistemas clásicos y cuánticos procesarán problemas de distinta naturaleza; y las nuevas interfaces permitirán una interacción progresivamente más directa.
El cambio decisivo será pasar de máquinas que esperan instrucciones detalladas a sistemas que comprenden intenciones, elaboran planes y colaboran activamente. Pero la capacidad técnica no resuelve por sí misma la pregunta fundamental: qué funciones queremos delegar y cuáles deben permanecer bajo control humano. Los países que inviertan desde ahora en educación científica, ingeniería, regulación y bioética estarán mejor preparados. Los que lleguen tarde se limitarán a consumir tecnologías diseñadas por otros y a aceptar reglas en cuya elaboración no participaron.
Al igual que en materia energética, la mejor estrategia tecnológica se construye antes de que la disrupción se vuelva irreversible. El momento de formar capacidades, crear instituciones y establecer límites no es cuando la tecnología ya domina la realidad, sino cuando todavía podemos comprenderla, orientarla y ponerla al servicio de objetivos humanos.
ET: ¿Qué piensa de la política y del papel que desempeñan los partidos en la vida nacional?
Ing. Roberto Hauswirth:
La política no es una actividad reservada exclusivamente a quienes ocupan cargos públicos. Es una condición propia del ser humano que vive en comunidad. Desde el momento en que deliberamos sobre el bien común, defendemos intereses, expresamos preferencias o tomamos posición frente a los asuntos colectivos, ya estamos actuando políticamente. Por eso, quien afirma que no le interesa la política suele incurrir en una contradicción. En el sentido griego original, el idiōtēs era quien se desentendía de los asuntos de la polis y se recluía en su esfera privada. No se trataba inicialmente de un insulto, sino de la descripción de aquel que renunciaba a participar de la vida pública. En ese sentido, negar la política no nos vuelve neutrales: simplemente nos convierte en espectadores de decisiones que otros tomarán por nosotros.
Yo soy colorado. Mi familia es colorada y mi trayectoria personal está vinculada a esa tradición política. Considero que el Partido Colorado ha sido, con sus virtudes y también con sus errores, la organización que mejor ha sabido interpretar determinadas sensibilidades profundas del pueblo paraguayo: su cultura, su historia, su sentido de pertenencia y su manera particular de comprender la autoridad, la comunidad y la nación. Eso no significa que un país deba reducirse a un solo partido. La coexistencia de partidos, movimientos y corrientes internas es indispensable para una democracia auténtica. La pluralidad política permite el control, la alternancia, la crítica y la renovación. Ninguna organización debería considerarse propietaria absoluta de la voluntad popular.
Ahora bien, debo decirlo con franqueza: en buena parte del Partido Liberal, en ciertos movimientos autodenominados independientes e incluso en algunos sectores de la disidencia colorada, percibo más resentimiento que propuesta. Veo demasiados “odiadores en serie”: dirigentes y militantes cuya identidad política parece construirse exclusivamente alrededor del rechazo al adversario. No basta con oponerse. La indignación permanente no constituye un programa de gobierno, y el desprecio por quien piensa diferente no sustituye una visión de país. Es relativamente fácil reunir voluntades contra una persona, un partido o un gobierno; mucho más difícil es formular una propuesta coherente, viable y capaz de convocar a sectores diversos de la sociedad.
La política democrática exige adversarios, no enemigos. Un adversario defiende otro proyecto y puede ser confrontado mediante argumentos, elecciones e instituciones. El enemigo, en cambio, es presentado como alguien que debe ser eliminado simbólica o políticamente. Cuando la política adopta esa lógica, deja de organizar la convivencia y comienza a destruirla. Mi crítica no se dirige a la existencia de la oposición, que es necesaria, sino a una oposición incapaz de superar el resentimiento. Paraguay necesita partidos que discutan educación, energía, ciencia, tecnología, producción, institucionalidad y cultura. Necesita menos obsesión con el adversario y más capacidad para formular un horizonte nacional.
También el Partido Colorado debe revisar sus prácticas, elevar la calidad de sus dirigentes y evitar el conformismo que suele acompañar a quienes han permanecido mucho tiempo en el poder. La tradición, por sí sola, no garantiza legitimidad. Esta debe renovarse mediante resultados, competencia, honestidad y capacidad de interpretar las nuevas demandas sociales.
La política no debería ser una competencia de rencores ni una administración de lealtades personales. Debe ser el espacio donde una sociedad discute su destino. Cuando se reduce al insulto, al agravio o a la revancha, deja de ser política y se convierte en una forma bastante rudimentaria de hostilidad organizada.



