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viernes, junio 5, 2026

La locura de los padres por las figuritas

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El Ingeniero Roberto Hauswirth escribe, un poco irritado, sobre la carrera, sin fin, de las figuritas de fútbol de los padres contemporáneos.

Por: Roberto Hauswirth
Haus70@gmail.com

Se desconoce cuándo empezó, la fecha se nos escapa, como en toda peste de origen incierto, porque un día las figuritas pertenecían a los niños, estaban tiradas en el piso del recreo, dobladas en el bolsillo del uniforme, manchadas de merienda y de patio, y al día siguiente un hombre de cuarenta y tres años discutía en un grupo de WhatsApp con una mami del cole por la estampa brillante de un arquero suplente, con una cortesía tirante, con un “jajaja” que no lograba disimular el temblor de los dedos, con esa gravedad desproporcionada que solo aparece cuando una persona adulta ha decidido depositar una parte absurda de su equilibrio emocional en un pedazo de papel.

De mi parte, yo crecí cuando las figuritas tenían otra dinámica. Me acuerdo bien, las cambiábamos entre nosotros, en el recreo, con una bolsa de valores que cabía en el bolsillo del uniforme escolar: “tengo, no tengo, me falta”. Jugábamos a las tapaditas en el piso del patio, una palmada seca sobre el montón, y el que las daba vuelta se las llevaba todas. Perdíamos imperios de papel antes del primer timbre. Era una justa de niños, librada por niños, gobernada por leyes de niños, con esa mezcla de codicia, inocencia y crueldad menor que todavía no necesitaba explicación adulta.

El reparto del mundo funcionaba, la infancia administraba su reino de figuritas, los adultos administraban el resto del universo. Cada cual en su lucha, los niños perdían la mañana por una repetida, los grandes perdían la vida en asuntos más razonables, cuotas, cuentas, jefes, matrimonios, impuestos, herencias, seguros, desperfectos del auto y otras diligencias.

Hoy los adultos cruzaron la frontera hacia abajo y bajaron como una legión de trastornados al reino infantil. Soltaron sus asuntos para meterse, con la ansiedad temblándole en las manos, en una guerra patética que ahora pelean ellos, con el rostro de un corredor de bolsa y la edad mental de una criatura de ocho a la que le falta la figurita difícil. Solo que la criatura de ocho, por lo menos, tiene ocho años.

Ahí aparece el Homo paninicus, que no es simplemente un padre o una madre que compra figuritas, ni un adulto nostálgico que acompaña con ternura el álbum del hijo, sino una forma bastante precisa de la ansiedad contemporánea: el adulto que, perdido en una vida donde casi nada tiene cierre, donde todo queda a medio resolver, a medio pagar, a medio explicar, encuentra en el álbum una tarea infantil pero perfecta, numerada, visible, ordenada, con casilleros vacíos que por lo menos tienen la decencia de decir qué les falta.

El mundo puede ser confuso, el trabajo puede ser una humillación administrada por correo electrónico, la familia puede exigir una energía que ya no aparece, el país puede avanzar hacia cualquier parte, pero la 184 es la 184, tiene un lugar, tiene un borde, tiene una promesa, y el Homo paninicus se aferra a esa falta mínima como quien encuentra, en medio del vacío de la nada, un problema ridículo que todavía puede dominar.

Pertenecen a una generación de transición, la última con una infancia entera de este lado de la pantalla. Nacieron en un mundo analógico y llegaron ya formados al día en que internet irrumpió como un acontecimiento, una fecha que cada uno guarda con la nitidez de una mudanza. Vivieron la red como forastera, la adoptaron de grandes, aprendieron sus modales sobre la marcha, y hoy, instalados en la mitad de la vida, regresan al álbum como quien vuelve a la única parte de su infancia que todavía se puede comprar en el súper.

La figurita funciona como disparador de épocas que no volverán, nostalgia con código de barras. El regreso al pasado viene digitalizado, intervenido, actualizado, porque administran en chats de papis y mamis desesperados, listas, fotos, grupos paralelos, consultas a la inteligencia artificial y pactos de estacionamiento. El padre que antes cambiaba figuritas con la mano sucia del recreo ahora cruza datos, manda capturas, reserva, reclama, sospecha, verifica, calcula. Volvió a la infancia, sí, pero con presión alta y una seriedad que, mirada desde afuera, produce ternura y vergüenza ajena en partes iguales.

Su hábitat abarca el súper, el estacionamiento del colegio, el cumpleaños infantil, el chat del grado y esa mesa de cocina donde se separan repetidas como si se estuviera clasificando evidencia judicial. Compra cajas enteras “para la criatura”, pero la criatura duerme. La criatura, que en la mayoría de los casos, despierta, prefiere el Roblox o cualquier otra diversión nefasta de la época, mira el álbum con la indiferencia de un gato.

El padre, la madre, lo completan igual, solos, y experimentan al pegar una recuerdo de pasado, formateado por obligaciones imaginarias. “Es para compartir con mi hijo”, dice, mientras el hijo le pregunta si puede usar la tablet y él responde que espere, porque está buscando a un lateral izquierdo de Serbia.

A partir de ahí, naturalmente, empiezan las discusiones bizantinas, porque ninguna pasión adulta puede mantenerse demasiado tiempo sin producir su propia teología. ¿Debe ocuparse la madre? ¿Debe ocuparse el padre? ¿Corresponde una distribución paritaria de las cargas figuriteras? ¿Quién compra los sobres? ¿Quién actualiza los faltantes? ¿Quién responde en el chat? ¿Quién lleva las repetidas al colegio? ¿Quién se come la humillación de pedirle a otra familia, con falsa naturalidad, una figurita de Marruecos que ya se volvió asunto de Estado?

La familia contemporánea, que a veces no logra acordar quién pasa por la farmacia, descubre de pronto la necesidad de pactar un régimen de corresponsabilidad afectiva, logística y financiera para completar un álbum que supuestamente es para la criatura.

La paridad, que en otros ámbitos avanza con dificultad, ingresa así en la nueva carrera por figuritas con una solemnidad maravillosa. Hay madres que reclaman que no se les cargue a ellas la administración emocional del álbum, padres que dicen que bastante hacen con “ocuparse de los sobres”, parejas que negocian turnos de canje como si fueran guardias médicas.

Se discute, además, si el padre, por ser futbolero, tiene mayor legitimidad técnica, si la madre, por estar más presente en el grupo del colegio, tiene mejor acceso diplomático, si la criatura debe participar de verdad o limitarse a prestar el nombre, esa ficción jurídica que permite decir “el álbum de mi hijo” cuando todos saben que el menor ya abandonó el proceso hace dos semanas.

El Homo paninicus negocia la figurita inconseguible con el sigilo de quien trafica un órgano para trasplante. Persigue al tercer arquero del seleccionado de Arabia Saudita con una pasión que su matrimonio evoca con melancolía. Sabe quién tiene repetida la brillante, quién prometió y no cumplió, quién se hace el distraído, quién guarda las difíciles “por las dudas”, ese modo infantil de la especulación. El hombre que olvida artículos del mandado en super, recuerda, sin esfuerzo, que la 312 ya la tiene tres veces y que la 89 se le escapó el martes a las 18:47.

Algunos todavía trabajan a la antigua, con papelitos doblados, listas escritas a mano y sobres guardados en bolsas de farmacia; otros arman planillas, otros fotografían las páginas, otros consultan a la inteligencia artificial para que les recomiende estrategias de intercambio, como si una tecnología capaz de simular razonamientos complejos, resumir bibliotecas enteras y opinar sobre casi cualquier drama humano hubiera alcanzado su punto más alto al aconsejarle a un padre si conviene entregar tres repetidas por una brillante de Francia.

La inteligencia artificial, obediente y humillada, responde con seriedad, calcula probabilidades, sugiere priorizar faltantes raros, recomienda no desprenderse de las especiales, y el padre asiente, porque en el fondo siempre sospechó que la historia de la técnica desembocaba en esto.

También están los que conspiran en grupos paralelos, porque el chat oficial del grado ya no alcanza. El Homo paninicus crea subchats, células, alianzas discretas, pactos de no agresión, canales alternativos, conversaciones que empiezan con “no digas nada en el grupo grande”, frase que transforma cualquier figurita en material sensible. Hay un grupo de “intercambio general”, otro de “solo brillantes”, otro de “faltantes serios”, otro que no tiene nombre porque allí se habla de cosas que no deben quedar por escrito.

Y, como toda economía delirante produce su mercado negro, aparecen los falsificadores, los nuevos dealers del momento, proveedores de una épica miserable que ya no trafican nada verdaderamente prohibido, sino estampas truchas con buen brillo, buen corte y una textura que “pasa bastante”.

Hay padres que preguntan por la calidad de impresión con una seriedad que asusta, que comparan bordes, colores, reversos, que estudian si la falsificación se nota al pegarla, no por hambre, no por urgencia, no por una causa noble, sino porque el álbum tiene un hueco y el hueco los mira. La escena completa merece una vitrina: un adulto funcional, con agenda, seguro médico y quizá posgrado, negociando con un falsificador de figuritas para no seguir soportando la falta de un defensor suplente.

Además, el teatro de operaciones de esta confiscación adulta de la infancia se mudó completamente al smartphone. Los grupos de mamis y papis operan con la emotividad de un cumpleaños infantil y la tensión de una reunión de consorcio donde se analizan un aumento de expensas. Allí se cotiza la repetida, se arma el trueque, se delata al que prometió una difícil de conseguir y no cumplió, circula el “tengo cuatro de la 312, busco la 89”, la foto borrosa de las repetidas sobre la mesa, la euforia del que cierra un cambio y el duelo del que llega al domingo con un casillero en blanco.

En todo grupo aparece, inevitablemente, la mami psicóloga. No necesariamente psicóloga de profesión, aunque a veces sí, lo cual empeora las cosas. Es la que se preocupa por “la ansiedad de las criaturas”, propone “bajar un cambio”, “recordar que esto es un juego”, “no transmitir frustración”, “cuidar el clima emocional del grupo”. Nadie la contradice, porque nadie quiere quedar como enemigo de la salud mental infantil, pero nadie la obedece, porque todos están demasiado ocupados tratando de conseguir la 219. Le ponen corazones, caritas, alguna manito rezando, y a los tres minutos alguien vuelve a preguntar si la figurita de Japón sigue disponible.

Después están los futboleros hombres, molestos por una razón más antigua y menos confesable. Les irrita que las mamis sepan nombres de jugadores. Les molesta esa escena nueva, casi insoportable para cierta masculinidad de quincho: mujeres que dicen “me falta Modrić”, “tengo repetido a Mbappé”, “te cambio un arquero de Ghana”, pero no comprenden la regla del off-side. Para ellos eso es una profanación menor, una travesura contra el orden natural del asado.

El fútbol, que ya perdió casi todo, ahora también debe soportar que una madre que jamás vio noventa minutos seguidos pronuncie con seguridad el apellido de un defensor croata. El futbolero se indigna, pero no puede decir demasiado, porque él mismo está metido hasta el cuello en la misma pavada, peleando por una figurita con una intensidad que tampoco conviene explicar mucho.

El asunto llega al colmo cuando la discusión deja de ser sobre figuritas y pasa a ser sobre justicia. Hay quien exige respetar el orden de pedido, quien denuncia acumulación indebida de brillantes, quien propone limitar el acaparamiento, quien distingue entre repetidas “comunes”, “especiales” y “difíciles”, como si estuviera clasificando bienes estratégicos en una economía de guerra. El Homo paninicus, que en la vida ordinaria tolera sin mayores dramas todo tipo de arbitrariedades, pide institucionalidad para el álbum. Quiere reglas claras, trazabilidad del canje, transparencia en la asignación de la figurita rara y sanción moral para el que promete y no cumple. En el fondo, no pide tanto, apenas un Estado de derecho para la 184.

Una industria entendió hace décadas que el deseo se fabrica en serie y se cobra al menudeo. Aprendió a sembrar caprichos de niño dentro de adultos con ganas de volver, aunque sea un rato, a una emoción más simple. Vende la promesa de una plenitud calculada para mantenerse a un sobre de distancia, imprime toneladas de lo común y gotas de lo raro, de modo que la falta se eternice y la billetera respire abierta. Viste la obediencia de juego, transforma las horas libres en logística de depósito, y consigue que un adulto cansado encuentre, por unas semanas, una misión minúscula, ridícula y perfectamente administrable.

La empresa consigue que la escena se sienta tierna, ese es su gran triunfo. Un padre o una madre y una criatura cabeza con cabeza frente al álbum parecen una postal familiar, dulce, casi edificante, y muchas veces lo son, solo que alrededor de esa postal empieza a crecer otra cosa, más graciosa y menos confesable: el adulto también juega, y a veces juega demasiado.

La criatura pega dos figuritas y se va. El padre se queda corrigiendo el orden, revisando si quedó torcida, mirando la página como quien mira una pequeña obra pública. La marca no vende solamente figuritas, vende una excusa familiar con olor a desodorante barato de infancia, una manera simpática de que el adulto pueda entregarse a una obsesión infantil sin tener que decirlo en voz alta.

Lo más gracioso es que todos intentan conservar una apariencia de normalidad. Nadie dice “estoy fuera de control”. Dicen “estoy ayudando a mi hijo”. Nadie dice “esto me importa más de lo que debería”. Dicen “ya que empezamos, terminemos”. Nadie dice “me tomé demasiado en serio un álbum de figuritas”. Dicen “me falta poco”. Esa frase, “me falta poco”, es la oración secreta del Homo paninicus. Le falta poco para completar el álbum, pero también le falta poco para volver a prometer que esta sí, ahora sí, es la última vez que compra sobres.

El Homo paninicus vive exactamente ahí, en esa ansiedad delirante del vacío de la nada, no una angustia elegante, ni profunda, ni digna de grandes palabras, sino una ansiedad doméstica, barata, pegajosa, hecha de súper, estacionamiento escolar, chat de mamis y papis, listas manuscritas, IA consultada sin pudor, padres futboleros ofendidos, madres hipercompetentes, psicólogas del grupo preocupadas por todos y falsificadores convertidos en emprendedores de temporada. La vida le debe muchas cosas imprecisas, pero el álbum le debe la 184, y eso, por unas semanas, alcanza para sostener la ficción alegre de que todavía existe un problema que se puede nombrar, perseguir, negociar y pegar en su casillero.

Padres completando de madrugada, a solas, triunfantes sobre un rival que se fue de la cancha hace rato. Pegan la última figurita, contemplan la obra entera y sienten una satisfacción breve, limpia, casi infantil. Dura poco. El Homo paninicus mira el álbum completo, pasa las páginas, sonríe, lo cierra. Al rato revisa el celular. Alguien pregunta en el grupo si ya salió el nuevo álbum. Y algo, muy adentro, donde antes había carácter, vuelve a moverse.

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