En toda la historia de nuestra democracia probablemente nunca hubo semejante controversia para elegir a un precandidato colorado a vicepresidente. Hoy es la agenda central del movimiento más poderoso del coloradismo, una telenovela política que mantiene en vilo a dirigentes, periodistas, adictos a las noticias, tertulianos y conspiradores imaginarios, todos entregados con admirable disciplina a interpretar el último gesto, la última fotografía, el último resultado electoral. Se pesan victorias y derrotas, departamentos, lealtades, antecedentes, encuestas, capacidad de movilización, porte, estatura, color de ojos, peinado y, si esto continúa algunas semanas más, no sería extraño que alguna mesa de análisis incorpore el horóscopo.
La margarita se deshoja todos los días y sus pétalos, por esta vez, tienen nombres de varones. El lunes uno aparece como inevitable, el martes otro gana terreno, el miércoles circula que el primero nunca estuvo realmente en carrera, el jueves surge un tapado y el viernes algún conocedor de los secretos del poder explica que todo cuanto se dijo durante la semana formaba parte de una operación destinada a confundirnos. Un abrazo adquiere valor documental, una ausencia se convierte en mensaje cifrado, una visita al interior altera las apuestas, minuto a minuto se renueva el episodio y siempre queda prometido para la próxima semana el desenlace definitivo
A esta altura quizás corresponda abandonar por un momento la hermenéutica y resolver una cuestión bastante más sencilla: el método. Desde luego, el coloradismo no debería caer en el recurso de las desprestigiadas encuestas, menos aún cuando ese procedimiento parece haberse convertido en una de las grandes pasiones metodológicas de la oposición. Sería una renuncia innecesaria a toda forma de autoctonía. Mejor recuperar procedimientos más nuestros, más comprensibles, incluso más honestos en su arbitrariedad, y hacerlo antes de Navidad, antes de que la fiebre del pan dulce termine de perturbar definitivamente el juicio nacional.
En una muestra de mayor cercanía con los hábitos de ayer, hoy y siempre, proponemos: el tradicional carrera vosa, un partidito de FIFA en Play, ruleta francesa o rusa, hakembo, yapeyú, un desafío de piki vóley bajo el sol de las tres de la tarde, pulseada, 25, cara o cruz, partida de casita robada o chinchón.
Que jueguen, corran, pateen, barajen las cartas, lancen la moneda o saquen una bolilla, pero que resuelvan de una vez. Y si ninguno de estos procedimientos logra reunir consenso, siempre queda una salida con pedigree histórico suficiente como para silenciar cualquier objeción: recurrir, por qué no, al ancestral sorteo que en el ágora ateniense era símbolo de la democracia. Sin olvidar un último detalle, que sea televisado y transmitido en todas las plataformas de redes sociales.



