Paranaländer se jacta de leer los libros que recibe de regalo. En uno de ellos descubre que la lengua ideal para cortejar es el guarani.
«En Genio y figura, Don Pepito le hace el amor de manera desenfrenada a Rafaela en guaraní y se empeña en que ella le corresponda en el mismo idioma». Esto no propina en su página 108 el libro «Estudios sobre los gitanismos del español» (1951) de Carlos Clavería. Mas revisando la novela de 1879 del español Juan Valera (fue diplomático en Río de Janeiro entre 1851 a 1853) de ambiente carioca, la cosa resulta más pudorosa, menos hardcore.
«Entendió D. Pepito que si llegaba a entenderme y a saberme a mí, todo lo entendería y lo sabría. Y persuadido de esto, él me lo explicaba a su manera, y yo me sentía muy lisonjeada cuando él me lo explicaba. Sus explicaciones eran por lo común en castellano, pero de vez en cuando se empeñaba él en dármelas en guaraní. Yo no comprendía palabra, y él, entonces, quería enseñarme su lengua, asegurándome que para tratar de no pocos asuntos y sobre todo para el amor era mil veces más expresiva y eficaz que el habla de Castilla. Para complacerle le solía yo pedir que me dijese algo en guaraní y hasta que me enseñase a contestarle. Él entonces me decía:
—Nde cuñá porá. Che-r-ayhub-i, esto es: tú eres mujer bonita. Ámame.
Adiestrada luego por él en la pronunciación, casi me obligaba a decir y yo decía riendo:
—Nde-hayhú, o sea: te amo.
Llegaba él luego cerca de mí, se sentaba a mi lado, y aproximando su boca a mi oído, decía en voz bajita, dulce y suplicante:
—Che rací-hayhub-guasú, o sea estoy enfermo de amor grande».
Rafaela, bella viuda española de un fazendeiro brasilero, de 50 abriles, es quien confiesa esta aventura en la última parte de la novela, a su regreso a Europa, donde morirá finalmente al modo lucreciano, según la leyenda medieval, bebiendo una pócima mortal. En el barco queda hechizada por un joven paraguayo de 18 años llamado Pepito Domínguez, sobrino de López padre, quien viaja a Inglaterra para incorporarse como secretario de López hijo. En suma, hay cortejo y afile en guarani aunque lo de hacer el amor desaforadamente es exageración de Clavería.
Valera en «Cartas americanas» de 20 de Mayo de 1889 reincide en el tema guarani:
«En ocasiones, por amor á lo americano indígena, me parece que se encumbra usted demasiado y tal vez exagera. Noto esto en lo que dice usted sobre la palabra Tupá, nombre de Dios entre los guaraníes. Es evidente que á ser la etimología según usted asegura, ese nombre de Dios está lleno de cierta instintiva sabiduría. Tu es el signo de admiración, y pa el signo de interrogación: son dos interjecciones. Dios es, por consiguiente, para el guaraní, un ser a quien admira y no conoce, alguien cuya existencia, inmenso poder y admirables obras declara sin saber quién sea. Pero esta vaga y confusa noción de Dios, ¿puede y debe equipararse como usted la equipara, á la noción que da la frase bíblica, yo soy el que soy? En mi sentir, no. El padre jesuíta Díaz Taño, citado por usted, se excedió algo de lo justo si sostuvo que los guaraníes designaban por Tupá al criador, señor, principio, origen y causa de todas las cosas. La razón, el natural discurso y hasta los restos ó vestigios de una revelación primitiva no bastan á explicar la persistencia del concepto de un Dios único, con sus más esenciales atributos, entre gentes bárbaras ó salvajes. Este concepto no puede menos, aunque existiese con pureza en edad remota, de haberse viciado, desfigurado y corrompido con el andar del tiempo, y en un estado social de gran atraso ó decadencia. Por eso no creo yo, ó pongo muy en cuarentena, todas las teologías sublimes que tratan de sacarse, por análisis, de los nombres que dan á Dios muchos pueblos bárbaros ó completamente selváticos. Los jesuítas, no sólo por ahí, sino en otros varios países, han sido acusados de aceptar el nombre dado por los paganos é idólatras á su principal divinidad y de convertirle en el nombre del Dios verdadero. Yo, hasta donde me sea lícito intervenir retrospectivamente en esta disputa, lego y profano como soy, hallo que los jesuítas hacían bien; mas no porque el concepto que la palabra Tupá despertaba en un guaraní fuese adecuado al concepto del verdadero Dios, sino porque la palabra Tupá y el concepto que designaba eran lo que menos distaba entre ellos del nombre y concepto de Dios entre cristianos. La idea representada por la voz Tupá era como bosquejo informe de la idea que tiene ó debe tener el cristiano del Ser Divino. Me parece, como á usted, que el obispo D. Fray Bernardino de Cárdenas anduvo harto apasionado é injusto al promover acusaciones y persecuciones contra los jesuítas porque llamaban á Dios Tupá. Es indudable que éste era el mejor modo que había en guaraní de llamarle. Mas por idéntica razón, á mi ver, no hay irreverencia, ni ocasión de error, en llamar á Dios Tupá, cuando se habla en guaraníy á los guaraníes. Lo indeterminado, vacío y confuso del concepto que encierra el vocablo Tupá, permite que el catequista ó misionero le determine, le llene y le aclare, con arreglo á la sana doctrina. Lo que yo censuro, pues, aunque blandamente, es que usted se deje llevar del afecto al idioma que hablan ahí los indígenas, hasta el extremo de querer desentrañar del seno de los vocablos, filosofías y sutilezas que, antes de la llegada de los europeos, no podían estar en la mente de los salvajes. Confieso, no obstante, que este arte, empleado por muchos para sacar metafísicas y otros prodigios y refinamientos intelectuales de palabras y frases de idiomas primitivos, me divierte, aunque no me convence».
Agradezco a Federico Racca por el regalo del libro maravilloso de Clavería y a Valera por desconfiar que los jesuitas acomodaran Tupá a Dios único.



