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jueves, octubre 22, 2026

Por qué la universidad va a importar más que nunca en la era de la inteligencia artificial

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Los recién graduados de las carreras más expuestas a la automatización consiguen menos empleo y ganan menos que antes. El dato alimenta la idea de que estudiar dejó de rendir. Mirado de cerca, muestra lo contrario: lo que se está encareciendo es la capacidad de pensar por cuenta propia, y eso se aprende en algún lado.

 

Economistas de la Oficina del Censo de Estados Unidos midieron qué pasó con los graduados de las carreras más expuestas a la inteligencia artificial. Entre los más expuestos, la probabilidad de conseguir el primer empleo cayó cinco puntos y los ingresos de entrada bajaron trece por ciento. La Reserva Federal de Nueva York agrega que el desempleo entre recién titulados llegó al 5,7 %, casi el doble que el del conjunto de universitarios.

Por otro lado, investigadores de Microsoft Research y de la Universidad Carnegie Mellon preguntaron a 319 trabajadores por 936 casos reales de uso de inteligencia artificial en sus oficinas. Encontraron que cuanta más confianza tenía la persona en el sistema, menos pensamiento crítico decía haber ejercido. Quienes confiaban más en su propio juicio reportaron lo contrario. El estudio es autorreportado y no prueba causas, pero describe algo que cualquiera reconoce cuando se mira trabajar.

Lo que falta ahí tiene nombre: criterio. Saber qué preguntar, darse cuenta de cuándo una respuesta suena bien y está mal, decidir qué sirve y qué se tira. La máquina entrega una respuesta en dos segundos. Decidir si esa respuesta se usa sigue siendo una decisión humana, con consecuencias humanas cuando se decide mal. Como escribió León XIV este año, acceder a los datos, por muchos que sean, no es lo mismo que ser inteligente

El criterio no se explica, se entrena, y se entrena cuando alguien te corrige. Un trabajo que vuelve tachado, una tesis que hay que defender frente a quien sabe más, un experimento que falla y obliga a entender por qué. Todo eso es lento, incómodo y presencial, y es justamente lo que una respuesta instantánea no puede dar

Acá la discusión se pone áspera, porque hay que preguntarse de qué universidad estamos hablando. El propio presidente de la ANEAES, José Duarte Penayo, dijo hace unos días que abrir una universidad en Paraguay exige prácticamente nada. La Contraloría encontró 1.711 carreras funcionando sin acreditación. Un exsenador fue condenado a ocho años de cárcel por un título de abogado falsificado. Un sistema que no corrige a nadie no forma criterio: entrega un certificado.

Mientras el diploma servía como señal confiable, el empleador contrataba la señal y después averiguaba. Cuando una herramienta hace la tarea de entrada de cualquier profesional promedio, la señal ya no alcanza y queda en pie solo lo que la persona sabe hacer de verdad. Buena parte del negocio educativo paraguayo está vendiendo, a precio de años de vida, justo la mercadería que se devalúa.

La salida exige cosas concretas y difíciles: acreditar midiendo lo que el egresado puede hacer, evaluar la docencia, y tratar a estas herramientas como un instrumento que hay que auditar en lugar de prohibirlas o ignorarlas.

La generación que hoy entra a primer año va a competir toda su vida con sistemas capaces de responder cualquier cosa en segundos. Lo que va a diferenciar a unos de otros será saber cuáles de esas respuestas merecen usarse. Eso se aprende con alguien enfrente que tenga autoridad para decir que algo está mal. Si el país construye ese lugar, la universidad paraguaya va a importar más que nunca.

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