Según el uruguayo Juan de Ibarburu, el 22 y 23 de octubre de 1931 son fechas que deberían ser recordadas por siempre en el imaginario colectivo paraguayo. Sin embargo, parece ser que una inteligencia busca desesperadamente que sean jornadas enterradas en el olvido.
Por: Juan de Ibarburu (uruguayo)
En la vecina República Argentina, en donde tuve la oportunidad de pasar algunos momentos importantes de mi vida, conocí a personas militantes y valientes que me hablaron con enorme emoción de la famosa «Noche de los Lápices», acontecimiento luctuoso en el que unos 10 jóvenes fueron torturados y ejecutados por un batallón de la inteligencia militar bonaerense, en septiembre de 1976.
Se acusó a los jóvenes asesinados, todos ellos estudiantes de secundaria que no pasaban los 18 años, de estar manejados por «elementos subversivos», de haber tenido militancia por «ideas guevaristas» y cosas que tal vez sean ciertas, tal vez no lo sean, pero que de ninguna manera son suficiente justificativo para secuestrar, torturar y asesinar a nadie.
Como uruguayo, siempre admiré esa pasión de los argentinos a la hora de hacer que sus eventos históricos aparezcan como verdaderas epopeyas, como hazañas dignas de ser contadas para el mundo entero. Creo que todos los vejetes como yo, alguna vez, vimos y oímos los homenajes a los jóvenes argentinos de «La Noche de los Lápices».
Luego, vine al Paraguay, en donde vivo hace más de 30 años y fui aprendiendo, poco a poco, sobre su historia, que supera todo lo imaginable. ¿Y por qué les digo esto, con conocimiento de causa?
Porque creo que ningún país del mundo puede contar una historia como esta:
El 21 de octubre de 1931, unos 5.000 estudiantes, escueleros y universitarios, se congregaron en la ciudad de Asunción para exigir explicaciones al gobierno de entonces, cuyo presidente era José P. Guggiari, sobre las gravísimas noticias que llegaban desde el Chaco Boreal.
¿Cuáles eran esas noticias? Que en el mes de septiembre de 1931, un batallón del ejército paraguayo había sido brutalmente aniquilado por tropas bolivianas en las cercanías del fortín Samaklay, que había caído en manos de Bolivia; todos los intentos llevados a cabo para intentar recuperar la posición, dirigidos por el teniente coronel José Félix Estigarribia, terminaron en estrepitoso fracaso y los bolivianos, de burla, empezaron a llamar al «fortín Samaklay» como «fortín Agua Rica» pues en frente al mismo, tras haber sufrido una terrible paliza, los soldados paraguayos pedían auxilio a los bolivianos, exclamando por un poco de agua para paliar su terrible sed; y los bolivianos los dejaron morir, abandonados a su suerte.
El gobierno paraguayo ordenó censurar toda información referente a la paliza que se sufrió en el «fortín Samaklay» pero la prensa internacional llegó con sus noticias hasta la ciudad de Asunción a mediados de octubre de 1931, y los primeros en poner el grito en el cielo fuero las organizaciones y sindicatos obreros, quienes llamaron a la movilización en defensa del Chaco Boreal.
Y así regresamos al 21 de octubre de 1931, con más de 5.000 personas (algunos dicen 10.000) marchando en la ciudad de Asunción para pedir la defensa del Chaco Boreal. Los primeros estudiantes ya estaban allí, pero ellos organizaron su propia marcha, que tuvo lugar en la larga jornada del 22 de octubre de 1931.
¿Qué sucedió en ese 22 de octubre de 1931?
Unos 5.000 estudiantes, del Colegio Nacional de la Capital, del Colegio San José, de la Escuela Normal Presidente Franco, la Escuela de Comercio N° 01, algunos del Colegio Monseñor Lasagna, y también universitarios de la Facultad de Derecho y la Facultad de Medicina de la UNA, continuaron con la marcha que comenzaron las organizaciones obreras el 20 y el 21 de octubre. Todos pedían explicaciones al gobierno paraguayo por los sucesos del «fortín Samaklay» y exigían la defensa del Chaco.
Como no recibieron respuesta, la mayoría decidió regresar a sus casas; pero los estudiantes más valientes, la mayoría de ellos del CNC, siguieron la manifestación hasta entrada la noche y se dirigieron a la propia casa del presidente Guggiari. Fue allí donde los interceptaron los policías y los militares (quizás con buenos motivos), y los garrotearon con yataganes y con palos alambrados. Allí empezó la «Noche de los Lápices» del Paraguay, que concluyó con los sucesos trágicos de la mañana siguiente.
Esta primera represión, el 22 de octubre de 1931, tal vez justificada, tuvo que haber sido la última y el presidente Guggiari bien podía haber convocado a los líderes estudiantiles, al día siguiente, para conversar con ellos y tranquilizarlos.
Lastimosamente, eso no fue lo que pasó.
Como reguero de pólvora, los centros de estudiantes difundieron la noticia de la garroteada que sufrieron sus compañeros en la noche anterior. Se autoconvocaron para una nueva marcha en la mañana del 23 de octubre de 1931. A pesar de las dificultades y de lo repentino, llegaron a movilizarse unos 2.000 estudiantes.
Cerca del mediodía, cuando la gente ya estaba desconvocándose, los estudiantes se metieron en frente del Palacio de los López con la intención de reunirse con el presidente Guggiari. Este, una vez más, y en esta ocasión ya de manera imperdonable, cometió el error de no haber recibido a los estudiantes que se manifestaban exigiéndole respuestas, ahora no solo por el asunto de Samaklay en el Chaco Boreal, sino de la garroteada de la noche anterior. Y como Guggiari se negó a recibirlos, empezó la gritería, la abucheada, el descontrol, y los estudiantes empezaron a exclamar «que renuncie José pe, que renuncie José pe».
Entonces, sucedió lo impensado. El instante que hasta hoy no encuentra explicaciones. El cordón policial y militar que resguardaba al Palacio de López, por alguna razón, se abrió y los estudiantes más osados cruzaron la línea de seguridad. Según se dice, el presidente Guggiari por fin se dignó a recibirlos, pero alguien, hasta ahora no se sabe quién, al ver entrar a los estudiantes, ordenó disparar sobre la multitud… Y se desató la masacre…
¿Fue el secretario de Guggiari, el historiador Efraím Cardozo, el que dio la orden de disparar a los jóvenes estudiantes? ¿Fue el teniente Norberto Jara Román, encargado de las ametralladoras? ¿Fue el mayor Francisco Vargas, edecán del presidente Guggiari? ¿Fue el capitán José Bozzano, director del departamento de marina y encargado de la seguridad del Palacio de López? ¿O quizás fue el mismo presidente Guggiari, quien luego se arrepintió, pero ya de forma tardía?
Lo cierto es que murieron 11 personas y varias decenas fueron heridas. Entre los difuntos, 10 eran estudiantes y uno era un trabajador del Asociación de Albañiles del Paraguay, que estaba apoyando a la protesta. Tal vez el más famoso de los fallecidos fue Julio César Franco, estudiante de la Facultad de Medicina de la UNA y capitán del club Cerro Porteño, el verdadero y único club del pueblo en el Paraguay. Este uruguayo es cerrista, de corazón, y de Peñarol principalmente.
Al igual que ocurrió con «La Noche de los Lápices» en Argentina, a los estudiantes paraguayos se los empezó a acusar de haber sido manipulados por grupos subversivos y que, secretamente, estaban infiltrados por grupos comunistas y anarquistas. Y en el colmo del delirio (en esto, los paraguayos son mucho más creativos que los argentinos), los defensores del gobierno de José P. Guggiari empezaron a decir que en realidad los disparos no los hicieron las fuerzas del orden, sino que provinieron de los anarquistas y comunistas infiltrados, que buscaron asesinar a los estudiantes para generar un desprestigio al gobierno de Guggiari.
Lo simpático es que, de cerca de 1.000 testigos del acontecimiento, ninguno solo afirmó ni demostró que, entre los estudiantes, estuviera infiltrado un «comunista» o un «anarquista» con un revólver escondido en el bolsillo. Los únicos que dijeron, y siguen diciendo eso, son los que buscan justificar a la masacre. Los malvados siempre utilizan el mismo procedimiento: la mentira, el engaño, embarrar la cancha, manchar y ensuciar. Se hizo así en Argentina, se hace así en el Paraguay.
Pero lo triste no es eso.
Lo triste es que Paraguay tiene a los estudiantes más valientes del mundo, a los que se manifestaron, no por «boleto estudiantil» ni por cosas de menor importancia, sino para pedir explicaciones al gobierno paraguayo y para exigirle la defensa del Chaco Boreal. Y no existe ningún solo homenaje para ellos… Es increíble.
Su historia es como para hacer una, diez, mil películas y homenajes a estos estudiantes. Pero son paraguayos… Y don Augusto Roa Bastos (a quien conocí personalmente) decía que, en la isla rodeada de tierra, su propio pueblo vivía un auto exilio de su realidad, de su heroísmo y de su historia.
¿Por qué eres así, querido Paraguay?
Muchos de los manifestantes en los días del 22 y 23 de octubre de 1931, se convirtieron en auténticos guerreros del Chaco Boreal: destacaron entre ellos Manuel Agustín Ávila y César Antonio Garay, este último hijo del general Eugenio Alejandrino Garay. También tuvieron un rol protagónico César Berni Sarubbi, Marcos Fúster, Robustiano Valle y Arnaldo Valdovinos, entre otros. Las mujeres que marcharon con ellos, que fueron varias según las fotografías de la época, tuvieron por líder a la valiente Adelaida Rodi, quien, en medio del tiroteo, tomó una bandera paraguaya del suelo y avanzó hasta llegar frente al presidente José Patricio Guggiari; cuando este le quiso sacar la bandera de la mano diciéndole que era indigna de portarla, la señorita Rodi le respondió con una frase histórica: «el indigno es usted, señor».
La jornada produjo 11 muertos y 54 heridos. Entre los difuntos se cuentan: el estudiante de medicina Julio César Franco (portero capitán del club Cerro Porteño), los estudiantes de bachillerato Marcial Méndez, Alfredo González, Liberato Ruiz, Serafín Vidal y Celestino Ramírez; los estudiantes de la Escuela de Comercio Ismael González y Benigno González, y el estudiante de primaria Raúl Roig Ocampos. También murió un anciano, aparentemente miembro del Sindicato de Albañiles, que acompañaba a la protesta y del que no se recuerda el nombre.
Esta historia supera, me atrevo a decir, con mucho a cualquier cosa que haya sucedido en la Argentina. Por su dramatismo, su heroísmo, las mentiras que los asesinos contaron para intentar escudarse, y el olvido que existe hasta hoy hacia estos heroicos valientes. Ojalá que algún día, el Paraguay sepa rendir homenaje, al menos con un feriado nacional, a sus estudiantes, los más valientes del mundo.



