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miércoles, octubre 7, 2026

La mano que dio Paraguay para que Messi pudiera debutar con argentina

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Messi se despidió el martes de la selección argentina con un gol en el 3-0 ante Benín, en un Monumental lleno. Veintidós años antes, su primer partido con esa camiseta fue contra un equipo juvenil paraguayo, ante doscientas personas y en la cancha de Argentinos Juniors. El amistoso se armó en pocos días con un único propósito, y existió porque la Albirroja aceptó viajar.

 

La noche del 29 de junio de 2004, en el estadio de Argentinos Juniors, se jugó un partido que no le interesaba a nadie. Doscientas personas en las tribunas, lluvia fina, entradas a cinco pesos en la popular y diez en la preferencial, sin televisación y sin nada en juego. Argentina Sub 20 goleó 8-0 a un plantel juvenil paraguayo y, a los quince minutos del segundo tiempo, entró un chico de diecisiete años con la camiseta 17, hizo diez amagues en diez metros y marcó el séptimo gol.

El motivo del encuentro lo contaron sus propios protagonistas. La Federación Española venía insistiendo con el juvenil del Barcelona desde 2003, y el 30 de marzo de ese año Hugo Tocalli y Julio Grondona resolvieron en la AFA que había que ponerle la camiseta argentina antes que nadie. Luis Segura, entonces presidente de Argentinos Juniors, ofreció la cancha y después lo dijo sin vueltas: «La única razón del amistoso era asegurarnos a Messi». Faltaba un detalle menor, que era encontrarlo. El manager Omar Souto arrancó de una guía telefónica la página con todos los Messi de Rosario, llamó al azar hasta dar con la abuela, de ahí pasó al tío y del tío al padre. En la citación que la AFA mandó por fax a Barcelona el nombre salió escrito «Leonel Mecci».

Y ahí entra la parte que casi ningún relato argentino menciona. Para que el partido existiera hacía falta un rival dispuesto a viajar en pocos días a un amistoso sin público, sin cámaras y sin puntos. La Albirroja juvenil aceptó, y lo hizo con un plantel armado a las apuradas que venía de jugar en Asunción dos días antes. Sin ese sí, el operativo entero se caía. El resultado quedó en 8-0 y nadie por acá lo recuerda con cariño, pero el nombre de Paraguay quedó escrito en el primer renglón de la historia internacional del mejor jugador de los últimos cincuenta años.

El partido fue un desfile, con goles de Lavezzi, Garay, Almerares dos veces, Vitti y Messi, que además asistió en dos. «Cuando lo vimos jugar nos miramos todos. Agarraba la pelota y aceleraba de 0 a 100 como si nada», contó Pablo Barrientos. El preparador físico Gerardo Salorio le había avisado que si no se cortaba el pelo no jugaba; Messi no se cortó el pelo y jugó. Cuatro días después, en Colonia, Argentina le ganó 4-1 a Uruguay con dos goles suyos, y un dirigente uruguayo se acercó al banco argentino con un pronóstico que resultó corto: «A ese chico lo van a tener que aguantar 20 años».

Sin embargo hay algunos mitos que siguen dando vuelta: Messi nunca necesitó una habilitación para vestir la camiseta argentina, porque nació en Rosario. Tampoco podía jugar para España en junio de 2004, ya que recién juró la Constitución española el 26 de septiembre de 2005, quince meses más tarde, y lo hizo por una razón de club: el Barcelona tenía completo su cupo de extracomunitarios con Ronaldinho, Eto’o y Márquez. Grondona pidió expresamente un partido con planilla FIFA y el árbitro Gabriel Brazenas todavía conserva esas planillas, aunque un amistoso nunca alcanzó para fijar a un jugador de manera definitiva. Diego Costa jugó dos amistosos con Brasil en 2013 y después jugó para España. Lo que ligó a Messi con Argentina fue su primera competencia oficial, el Sudamericano Sub 20 de enero de 2005, y los dos amistosos del año anterior funcionaron como la señal que la familia estaba esperando.

Veintidós años más tarde, el martes, el mismo jugador se despidió de la selección con un gol en el 3-0 sobre Benín, delante de un estadio colmado y de media humanidad mirando por televisión.

El primer rival de esa historia habían sido once juveniles paraguayos que se subieron a un avión para jugar un partido que, en los papeles, no hacía falta jugar.

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