Toda civilización desarrolló instrumentos para anticipar el futuro. Los babilonios leían el hígado de los corderos, los griegos viajaban hasta Delfos a escuchar a una señora que inhalaba vapores, los romanos observaban el vuelo de los pájaros y nosotros tenemos la boca de urna. El progreso es innegable: ninguno de los sistemas anteriores conseguía equivocarse por treinta puntos antes del almuerzo.
La secuencia tuvo una elegancia casi litúrgica. A la mañana, una ventaja aplastante. Al mediodía, una ventaja considerable. A media tarde, una ventaja. A la noche, una derrota. El festejo arrancó cuando todavía quedaba gente haciendo fila, lo que en el campo de la metodología se denomina “confianza en el instrumento”, y en el idioma del barrio se denomina vender la chipa antes de prender el tatakua.
Y lo más llamativo es que los referentes políticos tampoco necesitaban salir a buscar tan lejos. El partido tiene presidentes de seccional que conocen su zona casa por casa, candidatos a concejal que se pasaron meses pidiendo el voto en la puerta, dirigentes que cumplen con todos los cumpleaños, velorios y novenarios del vecindario por obligación y por vocación. Esa gente sabía. Esa gente avisó. Pero el aviso venía de boca en boca, sin planilla adjunta, y arriba ya se había resuelto que la verdad llegaba por otro canal.
Proponemos para la próxima un consorcio de consultoras con sede en la esquina: el mototaxista de la parada, la señora de la chipa frente a la escuela, el canillita, el peluquero, la cajera de la despensa, el que anota la quiniela y el árbitro de la liga barrial. Honorarios en guaraníes, informe verbal, cero diapositivas y, estamos convencidos, un margen de error considerablemente menor.
Si el presupuesto exige algo con más prestigio, siempre queda la tarotista, que maneja sus propios intervalos de confianza y tiene la delicadeza de avisar cuando la carta sale invertida. Y si la pérdida de fe en los datos resultó definitiva, conviene llevar el razonamiento hasta el final y contratar un profeta, de esos que llenan sus templos los domingos: una derrota anunciada desde el púlpito se acepta con resignación cristiana, y una victoria obtenida por fe tiene bastante más mérito que una obtenida por muestreo.
Eso sí, pedimos conservar la tradición y publicar igual el corte de las diez y media, bien temprano y con mucha ventaja, porque un domingo electoral sin triunfalismo prematuro pierde toda su gracia.



