Lo daban por terminado y volvió a hacer lo que mejor sabe: levantarse. A días de cumplir 81 años, Luiz Inácio Lula da Silva dio vuelta una elección que parecía perdida, derrotó a Flávio Bolsonaro con el 51,79% de los votos y escribió una página que nadie había escrito desde el regreso de la democracia en Brasil. El exobrero metalúrgico que conoció la pobreza, la cárcel y tres derrotas presidenciales gobernará por cuarta vez el gigante sudamericano y confirma por qué es, quizás, el político más grande que dio América Latina en las últimas décadas.
Hace tres semanas, nadie apostaba por él. Ni las encuestas ni los mercados. El 4 de octubre, Lula había terminado segundo en la primera vuelta con el 45,16%, detrás del 47,03% de Flávio Bolsonaro, senador del Partido Liberal (PL) e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro. El domingo, en el balotaje, revirtió esa desventaja y se impuso por 51,79% a 48,21%, con 64.256.232 votos contra 59.826.041. La diferencia, de casi 4,4 millones de sufragios, duplica con creces la que le sacó al padre de su rival en 2022.
Lo de Lula no tiene antecedentes. Desde 1989, cuando Brasil volvió a elegir presidente por voto directo, nadie que hubiera perdido la primera vuelta había ganado la segunda. Él mismo había sido víctima de esa regla tres veces, y el domingo la rompió en la víspera de sus 81 años, contra el apellido más poderoso de la derecha brasileña, con el humor antioficialista que recorre el mundo soplando en contra y con una región que en los últimos años venía girando hacia la derecha elección tras elección.
«Nunca gané en primera vuelta, pero nunca perdí en segunda», celebró en su discurso de la victoria. Ante sus seguidores, en un hotel de São Paulo y antes de dirigirse a la Avenida Paulista, fue duro con su adversario. «Esta elección fue una derrota del negacionismo. Fue una derrota de la mentira», afirmó, y calificó a Flávio Bolsonaro como el «representante genuino del milicianismo» en Brasil.
La remontada no fue un milagro, fue una construcción política. Después del golpe del 4 de octubre, el petismo leyó rápido que su problema no era de votos perdidos sino de votos dormidos, y salió a buscarlos. Llenó la calle con actos masivos, sumó a los estudiantes y llevó la campaña a las redes con una intensidad que su rival no supo igualar. El diputado André Janones, al frente del canal de WhatsApp «Exército do Lula», con más de 10 millones de seguidores, fue la punta de lanza de esa ofensiva digital, y Lula se lo agradeció en público. El resultado se ve en los números: la abstención bajó de cerca del 21% al 19,22% y el presidente sumó unos 10,3 millones de votos entre una ronda y otra.
El mapa terminó de explicar la hazaña. El Nordeste, bastión histórico del lulismo, le dio 24,4 millones de votos, tres millones más que en la primera vuelta. Pero la llave estuvo en Minas Gerais, el estado que tradicionalmente define quién gobierna Brasil y el único que cambió de ganador entre una ronda y otra: Lula lo dio vuelta por un estrecho margen. La movilización atravesó además todas las franjas de edad y recuperó a un sector que la izquierda había perdido, el de los adultos mayores.
Enfrente hubo un candidato que nunca terminó de despegar de la sombra de su padre, con menos carisma y salpicado por escándalos. En el último debate, el viernes 23 en la cadena Globo, Lula lo dejó expuesto cuando el senador no supo responder cuál sería el salario mínimo sin la política de valorización aplicada por los gobiernos de izquierda. En el cuarto oscuro, los brasileños prefirieron lo conocido: la figura que ya les había gobernado y cuyas políticas sociales todavía recuerdan, por encima de una novedad que no ofrecía mucho más que un apellido.
Y ahí está la clave de todo. La de este domingo es apenas la última página de una de las trayectorias más extraordinarias de la política latinoamericana. Nacido en la pobreza del interior de Pernambuco, migrante en São Paulo desde niño, obrero metalúrgico y líder de las huelgas que desafiaron a la dictadura militar a fines de los años 70, Lula fundó el Partido de los Trabajadores, perdió tres elecciones presidenciales seguidas antes de ganar en 2002 y fue reelecto en 2006. Pasó más de un año y medio preso entre 2018 y 2019 por condenas que luego fueron anuladas por la Corte Suprema, volvió para vencer a Jair Bolsonaro en 2022 y ahora derrotó a su hijo. Es el primer brasileño en ganar cuatro veces la presidencia por voto directo. Ningún otro dirigente de la región en las últimas décadas reúne una carrera semejante: es, si no el más grande, uno de los políticos más gravitantes de la historia reciente de América Latina.
En su discurso, Lula prometió gobernar para todos los brasileños y aseguró que hará «el mejor mandato en la historia de este país». Defendió la autonomía de Brasil en el escenario internacional con una advertencia: el país no será «el patio trasero de nadie». También anunció que acelerará la regulación y la tributación de las grandes plataformas tecnológicas, a las que acusó de interferir en el proceso electoral. «No es posible que no tengamos conciencia de que un crimen en el mundo digital tiene que ser tratado igual que un crimen en la vida real», afirmó.
Flávio Bolsonaro, en cambio, se negó a reconocer la derrota y anunció que buscará anular la elección en la Justicia, apuntando contra la decisión de un juez de la Corte Suprema de extender dos horas la votación. Su reclamo choca con un dato incómodo: su propia campaña había pedido una prórroga similar por las lluvias en el sur del país, donde concentra sus votos.
Lula, que cumple 81 años este martes, gobernará entre 2027 y 2030 frente al Congreso más conservador desde el regreso de la democracia en los años 80, con el PL de los Bolsonaro como la bancada más numerosa en décadas.



