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martes, octubre 27, 2026

La vocación de unidad del Partido Colorado

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La vocación de unidad constituye uno de los rasgos más persistentes de la historia del Partido Colorado. Sus enfrentamientos internos, en ocasiones de una intensidad extraordinaria, han convivido con una disposición igualmente arraigada a recomponer sus cuadros y restablecer una conducción común. Esa capacidad forma parte de una cultura política construida a lo largo de más de un siglo, durante el cual la ANR ha conocido escisiones, disputas doctrinarias, rivalidades personales y profundas crisis de liderazgo, sin abandonar la aspiración de reunir a sus distintas corrientes en una misma organización.

 

Durante las décadas de 1920 y 1930, por ejemplo, el coloradismo atravesó una de sus controversias más importantes alrededor de la participación electoral. Los abstencionistas consideraban que concurrir a elecciones bajo las reglas establecidas por los gobiernos liberales equivalía a legitimar un sistema que no ofrecía garantías suficientes. Los eleccionistas o participacionistas, entre cuyos exponentes intelectuales sobresalió Natalicio González, defendían la necesidad de intervenir en la competencia política y recuperar progresivamente los espacios institucionales. Aquella disputa excedía ampliamente las ambiciones de sus protagonistas, pues comprometía una cuestión fundamental para el destino del partido: cómo ejercer la oposición y construir una alternativa de poder después de 1904.

La recomposición de aquellas diferencias constituye un antecedente significativo de la tradición de unidad colorada. De hecho, durante el célebre Reencuentro Partidario del 27 de octubre de 1955, uno de los oradores evocó expresamente el gran abrazo de 1936, recordando una experiencia anterior de reconciliación. El encuentro de 1955 procuraba superar las fracturas acumuladas durante los años precedentes, especialmente entre las distintas corrientes que habían disputado la conducción política del coloradismo después de 1947. La Junta de Gobierno convocó a dirigentes alejados de la actividad partidaria, levantó sanciones y promovió la reintegración de figuras que hasta entonces habían permanecido enfrentadas. Aun con las contradicciones y exclusiones que posteriormente acompañaron al stronismo, aquel episodio revela la importancia que los propios protagonistas atribuían a la recomposición de la unidad.

Conviene detenerse en una característica de esta historia. La unidad colorada ha sido una construcción política que sus dirigentes y afiliados debieron renovar ante circunstancias cambiantes. Los movimientos internos expresan diferencias reales, disputan liderazgos y ofrecen orientaciones distintas, pero su pertenencia a una organización histórica establece un horizonte común. La institucionalidad partidaria adquiere precisamente allí su importancia, porque permite que una competencia circunstancial encuentre una solución reconocida por sus participantes y que la continuidad de la organización prevalezca sobre la suerte de cada liderazgo

Las recientes elecciones municipales ofrecen una nueva oportunidad para examinar esta tradición. En Asunción, la victoria de Camilo Pérez en las internas estuvo seguida de gestos de acercamiento de sectores que habían protagonizado fuertes enfrentamientos con Honor Colorado. El respaldo de Mario Abdo Benítez y de otros referentes disidentes expresó la voluntad de acompañar una candidatura surgida de la decisión de los afiliados. Posteriormente, la derrota en la elección municipal demostró que la unidad interna, por importante que resulte, tampoco garantiza por sí misma el respaldo del electorado. La ANR obtuvo, sin embargo, quince de las veinticuatro bancas de la Junta Municipal, confirmando la persistencia de una considerable fuerza política y territorial en la capital.

Este resultado obliga a pensar la unidad con una perspectiva que exceda las necesidades de cada campaña. Una mayoría electoral interna adquiere la responsabilidad de conducir al conjunto del partido y de abrir espacios efectivos a quienes sostuvieron posiciones distintas.

Del mismo modo, las corrientes minoritarias encuentran en la institucionalidad las garantías para conservar su identidad, intervenir en el debate y disputar democráticamente la conducción en el futuro. La unidad exige reconocimiento recíproco, reglas compartidas y la comprensión de que ninguna mayoría circunstancial agota la representación histórica de la ANR.

El Partido Colorado ha desarrollado a lo largo de su existencia una extensa experiencia en la administración de sus diferencias. Esta experiencia merece ser preservada y fortalecida, especialmente en una época en la que los partidos políticos enfrentan dificultades crecientes para sostener organizaciones permanentes, formar cuadros y articular intereses sociales diversos. La unidad adquiere verdadero contenido cuando permite transformar la diversidad interna en capacidad de organización, renovación de liderazgos y elaboración de respuestas a las necesidades de la sociedad paraguaya.

A setenta y un años del Reencuentro Partidario, la lección histórica conserva su actualidad. Las diferencias entre colorados seguirán existiendo porque forman parte de la vitalidad de una organización popular, extensa y plural. Lo decisivo es que esas diferencias encuentren siempre una solución dentro de su vida institucional. La unidad merece ocupar un lugar central en la conducta de sus dirigentes porque el Partido Colorado tiene una historia que precede a sus movimientos actuales y una responsabilidad política que habrá de sobrevivir a todos sus protagonistas.

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