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martes, julio 21, 2026

Volver a sentirnos orgullosos

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Mientras algunos prefieren mirar el vaso medio vacío, Paraguay empieza a asomar en el mapa con señales que invitan a creer. Entre deportistas, científicos y jóvenes que triunfan afuera, hay un país que vuelve a reconocerse en lo mejor de su gente.

 

A veces parece que en Paraguay el escepticismo se volvió una forma de identidad. Nos cuesta celebrar lo propio. Es como si la costumbre de la crítica permanente hubiese reemplazado a la esperanza. Hay quienes esperan que las cosas salgan mal para confirmar su diagnóstico, como si la desgracia nacional fuera una prueba de lucidez. Pero mientras ese reflejo se repite, hay paraguayos —dentro y fuera del país— que están construyendo otro relato, menos ruidoso y más inspirador: el de un país que empieza a recuperar confianza en sí mismo.

No es una cuestión de discursos, sino de hechos. Joshua Dürksen, con apenas 21 años, corre en la Fórmula 2 y ha conseguido lo impensable: poner el nombre de Paraguay en la antesala de la élite del automovilismo mundial. Gustavo Gómez y Ramón Sosa, en Palmeiras, no solo suman títulos: también dignifican el esfuerzo, la constancia y la mentalidad competitiva que distinguen al deportista paraguayo. Pamela Bóveda, ingeniera aeronáutica y campeona mundial de jiujitsu, demuestra que la excelencia científica y atlética pueden convivir en una misma persona, y que las fronteras del talento nacional están mucho más lejos de lo que creíamos.

A su lado emergen otros nombres. Diana Vicezar, emprendedora tecnológica, desarrolla proyectos de innovación con impacto social que posicionan a Paraguay en circuitos internacionales de tecnología y educación. Raquel Lebrón, arpista de trayectoria mundial, ha llevado la música paraguaya a escenarios de Europa y Asia, convirtiéndose en embajadora cultural de un arte que aún emociona por su autenticidad. Cielo Peralta, nadadora joven que compite en ligas internacionales, encarna la nueva generación de atletas formados en la disciplina más que en el ruido. Mathias Coronel, desarrollador de videojuegos, reinterpreta la mitología guaraní desde el lenguaje contemporáneo de la animación digital. Y Nath Aponte, cantante paraguaya que alcanzó reconocimiento en La Voz Argentina, recordó al público regional que nuestra música puede conmover por su honestidad y su raíz.

Cada uno de ellos y muchos otros, a su manera, son una evidencia concreta de algo más amplio: Paraguay ya no está esperando ser descubierto. Está apareciendo.
Y esa visibilidad no es casual. En paralelo a estos logros individuales, el país empieza a ganar presencia institucional: regresa al Mundial, obtiene calificaciones de inversión estables, atrae eventos internacionales y nuevos capitales. Incluso los viajes presidenciales —tan discutidos por algunos— cumplen una función que trasciende la anécdota: visibilizan al país en mesas donde antes no había silla.

La lectura más interesante quizá no sea política sino social. Mientras una parte del debate público se aferra a la desconfianza, los hechos dibujan otra curva: la de un Paraguay que avanza sin estridencias, impulsado por ciudadanos que hacen su trabajo bien y que creen, aunque no lo digan, que vale la pena seguir intentando.

Volver a sentirnos orgullosos no es ignorar las carencias, sino reconocer los logros sin miedo al ridículo. Es recuperar una autoestima colectiva extraviada entre tanto cinismo. El orgullo del que estudia con esfuerzo, del que representa al país afuera, del que crea, enseña o innova sin esperar permiso. Ese orgullo no necesita propaganda; se sostiene solo, en la dignidad de la tarea bien hecha.

Quizás esa sea la transformación más profunda: pasar de la queja a la convicción. Entender que la esperanza no es ingenuidad, sino un acto de responsabilidad. Porque un país no mejora solo con críticas, sino con ejemplos. Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, sobran los ejemplos.

Paraguay está siendo mirado. Pero, sobre todo, está empezando a mirarse a sí mismo de otra manera. Y en esa mirada, más sobria y más serena, empieza a aparecer una certeza que habíamos olvidado: la de volver a sentirnos orgullosos.

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