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viernes, junio 5, 2026

Catastrófica derrota de la izquierda en Honduras

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La derrota de la izquierda hondureña ya tiene nombres, números y un mensaje político muy claro. Con alrededor del 40 % de los votos, el candidato conservador Nasry “Papi” Asfura, del Partido Nacional, encabeza el escrutinio de las elecciones generales del 30 de noviembre de 2025, seguido muy de cerca por Salvador Nasralla, del Partido Liberal, que se mueve en torno al 39 %. Muy atrás, con apenas cerca del 19–20 %, aparece la candidata oficialista Rixi Moncada, abanderada de Libertad y Refundación (LIBRE) y heredera política del proyecto de la presidenta Xiomara Castro.

Según los resultados preliminares del sistema de transmisión rápida (TREP) del Consejo Nacional Electoral, Asfura suma unos 735.700 votos, Nasralla 731.500 y Moncada alrededor de 352.800. Es decir, la izquierda no sólo quedó fuera de la disputa por la presidencia; quedó reducida a la mitad de los votos de cada uno de sus dos principales adversarios, en una elección con más de 1,4 millones de votos válidos contabilizados hasta ahora.   El conteo definitivo está pendiente, pero nadie en Tegucigalpa discute que el bloque progresista sufrió una derrota categórica en la batalla central por la continuidad del “proyecto de refundación”.

En el plano simbólico, el resultado golpea de lleno al tándem Xiomara Castro–Manuel Zelaya, que había llegado al poder en 2021 prometiendo romper con el ciclo de corrupción, narcotráfico e impunidad asociado a los gobiernos del Partido Nacional y, sobre todo, a la figura de Juan Orlando Hernández, hoy condenado por narcotráfico en Estados Unidos.   Cuatro años después, buena parte del electorado percibe que la prometida Comisión Internacional contra la Corrupción (CICIH) nunca se concretó como se esperaba, que las redes del crimen organizado siguen presentes y que el estado de excepción y la creciente militarización de la seguridad no trajeron la sensación de cambio profundo que la base social reclamaba.

En el terreno estrictamente electoral, la derecha jugó con varias cartas fuertes. Asfura y Nasralla consiguieron convertir la elección en un plebiscito sobre el “clan Castro–Zelaya”, denunciando nepotismo y un intento de perpetuar a la familia en el poder.   A eso se sumó un factor externo explosivo: el respaldo explícito del presidente estadounidense Donald Trump a Asfura, acompañado de la promesa de indultar a Juan Orlando Hernández. El mensaje buscó conectar con sectores conservadores, empresariales y con quienes ven en Washington un garante de estabilidad económica, aunque haya generado fuertes críticas en los sectores que defienden la soberanía hondureña.

Las razones de la derrota izquierdista combinan desgaste de gestión, expectativas frustradas y errores de campaña. Analistas locales apuntan a tres ejes principales: primero, la desconexión entre el discurso de “refundación” y la vida cotidiana de un país que sigue golpeado por la pobreza, el encarecimiento de alimentos y servicios básicos, y la presión de las maras y el narco; segundo, la falta de resultados contundentes en materia de lucha contra la corrupción, a pesar del relato anticorrupción; y tercero, una campaña oficialista defensiva, más centrada en denunciar conspiraciones y “golpismo” que en mostrar logros verificables.   Frente a eso, los adversarios lograron instalar la idea de que el cambio real pasaba por castigar a LIBRE en las urnas.

La derrota no se limita al nivel presidencial. Los primeros cortes de resultados legislativos y municipales indican un retroceso de LIBRE en el Congreso y en varias alcaldías, mientras Partido Nacional y Partido Liberal recuperan espacios clave en los 298 municipios del país.   El mapa político que emerge apunta a un Congreso más fragmentado, pero con una correlación de fuerzas claramente menos favorable al oficialismo saliente. Lo que en 2021 fue una ola que barrió al Partido Nacional, hoy parece invertirse en un voto de castigo a la gestión de Xiomara Castro.

Honduras entra así en una nueva fase: la izquierda debe procesar una derrota que no es sólo numérica, sino estratégica. El mensaje de las urnas obliga a revisar liderazgo, alianzas y prioridades programáticas, mientras un bloque conservador fortalecido se prepara para gobernar en un país todavía atravesado por desigualdad, violencia y la pesada sombra del narcotráfico. Si en 2021 el grito social fue “sacar al Partido Nacional”, en 2025 el electorado pareció decir que la esperanza de cambio no es un cheque en blanco y que también los proyectos progresistas pueden ser castigados cuando las promesas no se transforman en mejoras palpables en la vida diaria.

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