En las elecciones nacionales de 2028 se decidirá la supervivencia política del Partido Liberal Radical Auténtico y, con ella, la continuidad de una parte sustancial de nuestra historia social, institucional y partidaria. El PLRA puede llegar a esos comicios como una fuerza nacional recuperada, consciente de su identidad y preparada para conducir, o terminar convertido en una estructura electoral subordinada a proyectos circunstanciales que necesitan sus votos, sus dirigentes y su despliegue territorial, aunque no reconocen al liberalismo autoridad suficiente para encabezar el proceso.
El mayor peligro para el Partido Liberal consiste en aceptar el papel de furgón de cola de la aventura de Miguel Prieto, entregando a una organización reciente y territorialmente concentrada la dirección de una fuerza que atravesó casi ciento cuarenta años de historia paraguaya. Prieto ha expresado públicamente su intención de alcanzar un entendimiento con el PLRA con vistas a 2028, una pretensión comprensible desde sus propios intereses, porque ningún proyecto opositor puede aspirar seriamente al poder nacional sin la estructura liberal; la obligación del PLRA, sin embargo, no consiste en poner esa estructura al servicio del primer liderazgo mediático disponible, sino en reconstruir una conducción propia capaz de ordenar a la oposición.
El ejemplo de la Unión Cívica Radical argentina debería funcionar como advertencia: un partido histórico puede conservar intendentes, gobernadores, parlamentarios y comités mientras pierde progresivamente la voluntad de conducir la nación, hasta convertirse en una organización disponible para completar fórmulas ajenas, aportar fiscales, negociar arreglos locales y administrar los restos de un prestigio que alguna vez fue nacional. Cuando un partido renuncia a encabezar, su estructura deja de ser una fuerza política y pasa a ser un recurso logístico en manos de otros; puede conservar el nombre, los símbolos y los locales partidarios, aunque ya no posea una orientación histórica propia.
Ese sería un final particularmente indigno para la organización fundada por Antonio Taboada, José de la Cruz Ayala —Alón— y Cecilio Báez, que tuvo entre sus grandes figuras a Eligio Ayala, Manuel Gondra, Eusebio Ayala y José Félix Estigarribia, y que produjo intelectuales de la talla de Efraím Cardozo y Justo Pastor Benítez. No se trata de convertir su pasado en una colección de estampas venerables, sino de comprender la diferencia entre una tradición política y una simple franquicia electoral: aquellos dirigentes pensaban el Paraguay, interpretaban su historia, discutían su inserción internacional y aspiraban a gobernarlo; sería grotesco que esa herencia quedara sepultada por una generación incapaz de imaginar para el liberalismo otro destino que acompañar candidaturas fabricadas fuera de sus filas.
El PLRA sobrevivió a la persecución, a la proscripción, a la cárcel, al exilio y a décadas enteras en la llanura porque mantuvo la lealtad de sus bases y una identidad reconocible, incluso en los periodos de mayor adversidad. Lo que las dictaduras y las derrotas electorales no consiguieron destruir podría ser disuelto ahora por la falta de convicción de sus propios dirigentes, entregados a la superstición de que cualquier novedad electoral resulta superior a una organización histórica. La renovación que necesita el liberalismo no exige renegar de su pasado, sino volver a colocar esa tradición al servicio de una lectura contemporánea del Paraguay, con ideas sobre el desarrollo, la educación, la producción, la seguridad, las instituciones y el lugar del país en la región.
Existen, afortunadamente, señales de que el partido todavía no acepta su autoliquidación. La elección de Alcides Riveros como presidente del Directorio, con un discurso centrado en la reunificación y el fortalecimiento institucional; la capacidad de Celeste Amarilla para romper la indiferencia y recuperar una forma de interpelación pública; el regreso de Eduardo Nakayama, acompañado por su decisión de competir por la candidatura presidencial dentro del PLRA; y la posibilidad de articular una fórmula con una figura de gravitación nacional como Kattya González muestran que todavía hay dirigentes dispuestos a discutir la conducción opositora antes que entregarla mansamente. Riveros ha afirmado que el partido debe llegar unido a 2028, mientras Nakayama confirmó que buscará la Presidencia desde las filas liberales y que primero deberá definirse una candidatura partidaria capaz de medirse con las demás fuerzas.
La democracia paraguaya necesita un PLRA fuerte, unido y consciente de su dimensión histórica, porque la vigencia del sistema de partidos requiere organizaciones nacionales capaces de representar intereses, formar dirigentes, ordenar demandas sociales y asumir responsabilidades de gobierno. El país necesita un bipartidismo competitivo y ordenado, con fuerzas que puedan alternarse en el poder sin someter la vida pública a aventureros menores, gestores de partidos de maletín y asambleas de cafetines donde, antes que política, se practica una terapia grupal de frustraciones. La fragmentación permanente puede satisfacer vanidades personales y producir candidaturas pintorescas, pero no construye una alternativa nacional.
La hora decisiva del PLRA consiste, por tanto, en elegir entre la conducción y la disponibilidad, entre volver a ser partido nacional o resignarse a prestar su historia, su padrón y su estructura para la coronación de otros. Ningún dirigente liberal tiene derecho a liquidar en una negociación electoral aquello que varias generaciones conservaron durante más de un siglo de luchas, persecuciones y derrotas. El liberalismo paraguayo todavía tiene la posibilidad de reconstruirse y competir por el poder, pero deberá comenzar por recordar una verdad elemental: un partido que no aspira a conducir termina inevitablemente conducido.



