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viernes, junio 5, 2026

Tren de cercanías y acuerdo con Emiratos, una obra para la vida diaria y para la idea de país

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El acuerdo anunciado por el gobierno de Santiago Peña con Emiratos Árabes Unidos para impulsar el tren de cercanías coloca a Paraguay ante una oportunidad concreta de modernizar su movilidad como nunca antes. La obra responde a una demanda histórica del pueblo y también instala un objeto público nuevo, visible y cotidiano, capaz de cambiar la manera en que el país se organiza y se imagina.

 

El tren de cercanías en Paraguay empieza a asomar como algo más que un anuncio repetido. Su virtud inicial es que obliga a pensar en dimensiones que exceden el pliego de obra y el cálculo de costos. Aparece como un proyecto que puede ordenar la vida cotidiana de miles de personas, en un país donde moverse suele implicar resignación, horas perdidas y trayectos imprevisibles.

La demanda es real y antigua. Se expresa en la rutina del trabajador que sale antes del amanecer para ganarle al tráfico, del estudiante que calcula su día por el tiempo del colectivo, de la familia que ajusta gastos porque el transporte se come parte del ingreso. La movilidad popular se resolvió con lo disponible, colectivos colmados, motos como salida práctica, autos como alternativa para quien pudo, y un corredor metropolitano que cada año se vuelve más denso y más lento.

En ese marco, el acuerdo con Emiratos vale por lo que promete habilitar en términos de ejecución. Un proyecto grande necesita financiamiento, ingeniería, gestión y continuidad. En Paraguay, sobran ejemplos de iniciativas que se anuncian y se desgastan. Por eso, cuando se abre una ventana real para avanzar, el desafío es convertir intención en obra, y obra en servicio que funcione todos los días.

Hasta aquí está lo más evidente. Pero hay otra capa que también importa y se puede decir sin grandilocuencia. Benedict Anderson explicó que una nación también se construye con ideas compartidas sobre lo que somos y sobre lo que tenemos en común. Esa idea se sostiene con relatos e imágenes que la gente reconoce y repite en su cabeza. No se trata de propaganda, sino de cosas simples que ordenan el sentido de pertenencia.

Un tren de cercanías puede convertirse en una de esas imágenes sencillas. Porque vuelve concreta una idea que muchas veces queda abstracta. La idea de territorio compartido. Cuando existe un sistema que conecta y se usa todos los días, el país se percibe de otra manera. Las distancias se achican en la práctica. Zonas que parecían lejos dejan de sentirse fuera del mapa cotidiano. La gente empieza a pensar el Gran Asunción y su entorno como una red y no como islas separadas por el tráfico.

Ese efecto no depende de discursos sobre viajar juntos. Depende de algo más directo. Aparece un objeto público estable, reconocible, con reglas claras, con horarios, con estaciones, con rutina. En Paraguay, donde muchas experiencias públicas se sienten frágiles o excepcionales, una infraestructura que funciona y se sostiene entra en la vida corriente sin pedir permiso. Se vuelve paisaje. Y cuando algo se vuelve paisaje, también cambia las expectativas de la gente sobre lo que el Estado puede y debe hacer.

La imaginación nacional funciona así, por acumulación de escenas pequeñas. Un tren de cercanías puede sumar una escena nueva al repertorio del país, la escena de un servicio que ordena el tiempo y conecta el territorio. No le dice a nadie quién es, pero ofrece un fondo distinto para pensarse. En un país donde a menudo cuesta ver proyectos duraderos, ese fondo tiene un peso real.

Desde el punto de vista material, concretar una obra de esta escala implica planificación, coordinación institucional, capacidad técnica y disciplina de gestión. Cuando una infraestructura se sostiene, cuando opera con regularidad y se mantiene, el mensaje es fuerte. El Estado puede ejecutar y puede sostener, y eso eleva la vara para futuras políticas públicas.

La utilidad práctica va a estar en el tiempo recuperado y en la previsibilidad. Ese tiempo vuelve a los hogares, al trabajo, al estudio, al descanso.

También reordena el corredor metropolitano, dinamiza zonas cercanas a estaciones y crea condiciones para un crecimiento urbano más racional. La modernización se vuelve visible cuando se siente en el trayecto diario.

Si el tren de cercanías llega a integrarse plenamente a la rutina, Paraguay habrá sumado mucho más que kilómetros de vía. Habrá sumado un servicio que responde a una demanda histórica del pueblo y una imagen pública nueva de lo común, una imagen de Estado presente en la vida corriente. Y ese tipo de cambio, cuando se vuelve cotidiano, termina siendo el más duradero.

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