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domingo, junio 14, 2026

La realidad de las historias que contamos

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El psicólogo Santiago Duarte reflexiona sobre la realidad psíquica, la memoria y el modo en que las historias que contamos sobre nosotros mismos no solo narran lo vivido, sino que también revelan la forma en que seguimos habitando esas experiencias. Un texto claro y profundo sobre Freud, la escucha clínica y esa verdad humana que no siempre coincide con la simple exactitud de los hechos.

Por: Santiago Duarte

Cuando una persona relata un recuerdo doloroso, ¿lo importante es saber si ocurrió exactamente como lo cuenta? La pregunta parece sencilla, pero abre un problema que atraviesa no solo al psicoanálisis, sino también a la memoria, la historia y la vida cotidiana.

A fines del siglo XIX, Sigmund Freud se encontró con una dificultad inesperada. Muchas de las personas que consultaban por sufrimientos psíquicos relataban escenas de su infancia que parecían explicar sus síntomas actuales. Sin embargo, pronto descubrió que la cuestión no podía resolverse simplemente verificando si aquellos acontecimientos habían sucedido o no.

Fue entonces cuando comenzó a desarrollar una idea que tendría una enorme influencia: la noción de realidad psíquica.

La expresión puede resultar extraña. No se refiere a una realidad paralela ni a un mundo imaginario separado de los hechos, más bien apunta a algo que todos experimentamos de algún modo, a saber, los acontecimientos no nos afectan únicamente por lo que son, sino también por el sentido que adquieren en nuestra historia.

Dos personas pueden atravesar una situación semejante y vivirla de formas completamente distintas. Del mismo modo, un recuerdo puede cambiar de significado con el paso de los años. Algo aparentemente insignificante en la infancia puede adquirir una importancia decisiva décadas después.

Sin embargo, pensar la realidad psíquica no implica negar la existencia del mundo material. Vivimos en sociedades concretas, hablamos lenguas heredadas, habitamos historias colectivas y compartimos condiciones culturales que nos preceden. Nuestra vida subjetiva no surge en el vacío.

Tal vez por eso resulte insuficiente oponer realidad material y realidad psíquica como si fueran dos territorios separados. Una describe los acontecimientos; la otra, los modos en que esos acontecimientos son vividos, interpretados y elaborados.

Desde esta perspectiva, la noción de realidad psíquica adquiere un interés particular para la clínica. No designa una cosa escondida en el interior de las personas, esperando ser descubierta, más bien señala una forma específica de escuchar.

Cuando alguien habla de su sufrimiento, no solo comunica hechos. También expresa deseos, temores, contradicciones, recuerdos y modos singulares de otorgar sentido a lo vivido. Escuchar eso requiere una atención diferente a la simple búsqueda de datos objetivos.

Quizá esa haya sido una de las intuiciones más fecundas de Freud: comprender que la verdad de una experiencia humana no siempre coincide con la exactitud de una crónica. A veces, para entender lo que le ocurre a una persona, es necesario escuchar no solo lo que pasó, sino también la manera en que aquello continúa viviendo en su historia.

¿Qué escucha un analista?

Cuando una persona consulta por un malestar, suele esperarse que relate lo que le ocurre. Los síntomas, los conflictos, las pérdidas, las preocupaciones. A primera vista, parecería que el trabajo clínico consiste en reunir información para comprender una situación.

Sin embargo, existe una pregunta menos evidente: ¿qué escucha realmente quien escucha?

La medicina moderna se desarrolló a partir de una aspiración legítima que consistía en describir los fenómenos con la mayor objetividad posible. En ese horizonte, conocer algo supone identificar causas, establecer relaciones y verificar hechos. La verdad se mide por la correspondencia entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurrió.

Pero la experiencia humana presenta algunas dificultades para este modelo. Las personas no viven únicamente hechos fácticos. Viven recuerdos, expectativas, temores, fantasías, interpretaciones y relatos sobre sí mismas. Dos individuos pueden atravesar una misma situación y otorgarle significados radicalmente distintos.

Por ello, cuando alguien habla de su sufrimiento, no solo transmite información, también pone en juego una forma singular de organizar su experiencia.

Quizá por eso el psicoanálisis introdujo una modalidad de escucha diferente. No porque ignore los acontecimientos objetivos ni porque considere que todo es relativo, sino porque parte de una constatación sencilla: el sentido de una experiencia no se encuentra completamente contenido en los hechos.

La pregunta clínica deja entonces de ser únicamente “¿qué pasó?” para transformarse también en “¿cómo adquiere significado aquello que pasó?”.

Desde esta perspectiva, la noción freudiana de realidad psíquica cobra un nuevo interés. Habitualmente se la entiende como una especie de mundo interior donde habitan recuerdos, deseos o fantasías. Sin embargo, esta imagen puede resultar engañosa.

Tal vez la realidad psíquica no sea una región oculta de la mente esperando ser descubierta. Tal vez sea, en parte, el resultado y efecto de una determinada práctica de escucha.

Cuando una persona habla libremente, cuando ciertos recuerdos son retomados, cuando aparecen asociaciones inesperadas, contradicciones o repeticiones, se produce un trabajo de elaboración que permite aislar elementos que antes permanecían dispersos. Algo comienza a adquirir forma.

En ese sentido, la realidad psíquica no es simplemente un objeto encontrado por el analista, es fundamentalmente algo que se despeja, se delimita y se vuelve visible en el marco mismo del encuentro clínico.

Esta idea tiene una consecuencia interesante. Obliga a abandonar la imagen del terapeuta como alguien que excava en busca de una verdad enterrada. La escucha clínica se parece menos a una excavación arqueológica que a la construcción de ciertas condiciones para que una verdad pueda formularse.

Quizá por eso algunas conversaciones producen efectos que otras no. No porque revelen secretos ocultos, sino porque permiten escuchar de otro modo aquello que ya estaba siendo dicho. A veces, comprender una experiencia no consiste en descubrir un hecho nuevo, consiste en encontrar una forma nueva de escucharla.

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