Murió a los 68 años en Rosario tras una larga enfermedad. Fue mediocampista en las inferiores de Newell’s, técnico químico, obrero metalúrgico y el primer entrenador de su hijo en una cancha de tierra. La historia del hombre que sostuvo desde atrás la carrera del mejor futbolista del mundo y que hizo del perfil bajo un método.
Jorge Horacio Messi murió en la madrugada de este sábado en el Sanatorio Centro de Rosario. Tenía 68 años. El comunicado del director médico de la institución informó que el fallecimiento ocurrió a las dos de la mañana y aclaró que, por respeto a la privacidad de la familia, no se brindarían mayores detalles sobre las circunstancias médicas. Newell’s Old Boys, el club de sus amores y donde su hijo dio los primeros pasos, fue la primera institución del fútbol en despedirlo.
Antes de ser el representante de Lionel Messi, Jorge tuvo una vida parecida a la de cualquier trabajador del sur de Rosario. Si bien jugó como mediocampista en las divisiones inferiores de Newell’s, dejó el fútbol cuando le tocó el servicio militar obligatorio. Se formó como técnico químico y entró en los años ochenta a la planta de Acindar, la siderúrgica de Villa Constitución. Según reconstruyó el periodista Guillem Balagué en su biografía sobre el futbolista, con los años llegó a un puesto de conducción dentro de la empresa. Levantó con sus propias manos la casa familiar del pasaje Lavalleja, donde crecieron sus cuatro hijos.
Su vínculo con el fútbol de su hijo empezó temprano y en el lugar menos glamoroso posible. Lionel había llegado a Grandoli, el club de barrio, a los cuatro años, cuando el técnico Salvador Aparicio necesitaba completar un equipo y lo vio pateando contra una pared en la tribuna. Jorge lo dirigió después, en canchas de tierra, a quince cuadras de su casa. Ahí se instaló una costumbre que lo definiría durante las tres décadas siguientes: estar presente sin hacerse notar. En el predio de Malvinas, donde entrenaban las inferiores de Newell’s, se paraba lejos del alambrado y emitía un silbido para que su hijo supiera que estaba ahí. Era el código que tenían entre los dos.
La prueba más dura llegó cuando a Lionel, todavía un chico de las inferiores, le diagnosticaron una deficiencia en la hormona de crecimiento. El tratamiento costaba cerca de mil dólares mensuales, una cifra imposible para un hogar como el suyo. Durante un tiempo lo cubrieron la obra social y la fundación de Acindar. Cuando esa cobertura se interrumpió, en medio del deterioro económico del país, Jorge quedó solo frente al problema y salió a buscar un club que se hiciera cargo. Newell’s no aceptó. River tampoco prosperó. La alternativa que le quedaba estaba del otro lado del Atlántico.
En septiembre de 2000, Jorge pidió licencia en la fábrica y viajó a Barcelona con su hijo de trece años. Lionel medía 1,43 metros. Las pruebas impresionaron a los entrenadores, pero la dirigencia dudaba de fichar a alguien tan joven y las semanas pasaban sin definición. Fue Carles Rexach, secretario técnico del club, quien tomó una servilleta el 14 de diciembre de 2000 y escribió a mano el compromiso de contratarlo. Firmaron también Josep Minguella y Horacio Gaggioli como testigos. El papel no tenía ninguna validez legal. Alcanzó para que Jorge decidiera quedarse, y hoy es uno de los objetos más recordados de la historia del deporte.
El acuerdo definitivo incluyó lo que Jorge había ido a buscar: el club se hacía cargo del tratamiento hormonal. Las inyecciones continuaron cerca de tres años y Lionel terminó alcanzando 1,70 metros de estatura. La familia se dividió en el proceso. Celia Cuccittini volvió a Rosario con los otros tres hijos, que no lograron adaptarse, y Jorge se quedó en Barcelona acompañando al menor. Años después, en una entrevista con la revista alemana Kicker, resumió aquella decisión sin adornos: si le hubiesen pagado el tratamiento, su hijo se quedaba en Newell’s.
Desde entonces asumió la representación y todo lo que ocurría fuera de la cancha. Manejó contratos, negociaciones y la estructura empresarial que se fue armando alrededor del futbolista, incluida la salida del Barcelona en 2021 y el paso por París y Miami. Lo hizo con el mismo perfil que había tenido junto al alambrado de Malvinas: sin entrevistas, sin declaraciones, sin exposición. Cuando la prensa lo abordaba en un aeropuerto, respondía con dos palabras y seguía caminando.
La enfermedad se conoció públicamente durante el Mundial de este año. Tras el debut de Argentina ante Argelia circularon versiones sobre su estado, incluidas algunas que daban cuenta de su muerte, y la familia debió emitir un comunicado para desmentirlas y confirmar que se encontraba bajo seguimiento médico. El propio Lionel, después de convertir su primer gol del torneo, dijo que el momento era especialmente emotivo por una cuestión ajena a lo deportivo. La ausencia de Jorge en las tribunas durante toda la Copa fue notoria para quienes lo habían visto en todas las anteriores.
En su despedida, Newell’s lo definió como el sostén que apuntaló con visión, rigor y afecto la carrera de su hijo, junto a Celia Cuccittini. La frase alcanza para entender qué fue Jorge Messi más allá del apellido. Un padre que entendió temprano que tenía entre manos algo excepcional y que dedicó el resto de su vida a que ese talento no se perdiera en el camino, sin ocupar nunca el centro de la escena.



