Las exportaciones paraguayas crecieron 26% y la industria explica aproximadamente la mitad de ese avance, según los datos destacados esta semana por el presidente Santiago Peña. Durante décadas discutimos cómo agregar valor a nuestra producción antes de enviarla al exterior. Los números de 2026 permiten observar señales concretas de ese proceso.
Paraguay construyó su potencia exportadora sobre la tierra. Soja, carne, cereales y energía sostuvieron nuestra inserción internacional y generaron las divisas que permitieron crecer. Esa estructura sigue siendo fundamental, aunque tiene límites conocidos: dependemos de precios internacionales, condiciones climáticas y productos que muchas veces salen del territorio con escasa transformación. El crecimiento industrial de las exportaciones introduce una posibilidad diferente.
La industria explica cerca de la mitad del aumento registrado este año, según los datos presentados por el Gobierno. Allí aparecen autopartes, textiles, alimentos procesados, cables, plásticos y otras manufacturas que incorporan trabajo antes de atravesar la frontera. La maquila constituye una pieza importante de ese movimiento y viene expandiéndose con fuerza. Cada producto fabricado localmente significa máquinas funcionando, proveedores trabajando y paraguayos participando de una cadena productiva más compleja.
Ese cambio ayuda a entender por qué Santiago Peña insiste tanto en atraer inversiones. El capital extranjero adquiere verdadero valor para el país cuando instala capacidad productiva, incorpora tecnología y contrata trabajadores. Paraguay ofrece energía abundante, impuestos competitivos, estabilidad monetaria y acceso al Mercosur. El desafío consiste en utilizar esas ventajas para producir aquí aquello que durante demasiado tiempo nos acostumbramos a importar o a comprar después de haber exportado previamente su materia prima.
La industrialización tampoco ocurrirá mediante discursos. Una fábrica necesita electricidad confiable, rutas, puertos, trabajadores capacitados y reglas estables durante muchos años. Necesita además un Estado que reduzca el tiempo perdido en permisos y trámites. Allí se jugará buena parte del éxito de la estrategia económica del Gobierno. El crecimiento exportador puede atraer nuevas industrias si quienes observan Paraguay encuentran condiciones para producir y competir desde nuestro territorio.
Existe además una cuestión social detrás de estas cifras. El campo moderno puede generar enormes cantidades de riqueza con relativamente pocos trabajadores. La industria demanda perfiles diferentes y permite ampliar el mercado laboral alrededor de técnicos, operarios, ingenieros, transportistas, administradores y proveedores. Para una población todavía joven, esa capacidad de crear empleos productivos será decisiva. El crecimiento económico empieza a cambiar verdaderamente una sociedad cuando encuentra un camino hacia el salario de sus familias.
Peña tiene aquí una oportunidad y también una vara exigente para medir su Gobierno. Paraguay puede crecer nuevamente gracias a una buena cosecha o mejores precios internacionales sin modificar demasiado su estructura económica. Una expansión sostenida de las exportaciones industriales significaría algo distinto. Exigiría comprobar durante los próximos años cuánto aumentaron las manufacturas, cuántas empresas comenzaron a producir, cuánto empleo formal generaron y qué mercados nuevos conseguimos conquistar.
Durante generaciones Paraguay exportó principalmente aquello que producía su suelo. Ahora empieza a enviar al mundo una proporción creciente de aquello que producen también sus fábricas. El 26% de crecimiento exportador será una buena noticia para 2026; la participación industrial puede convertirse en una noticia mucho más importante para la próxima década. Si esa tendencia se sostiene, el legado económico de este periodo podría encontrarse precisamente allí: un Paraguay que agrega trabajo y conocimiento a su riqueza antes de exportarla.



