En el Día de la Juventud, los números invitan a un optimismo prudente. Uno de cada cuatro paraguayos —1.525.855 personas— tiene entre 15 y 29 años, y ese peso demográfico no es un dato de archivo: es la fuerza que sostendrá la economía en las próximas dos décadas. La pregunta que ordena cualquier política pública seria es si el país está preparando a esa generación para el trabajo o si la está dejando librada a su suerte.
La radiografía del mercado laboral juvenil que difundió el Ministerio de Trabajo ofrece una respuesta con matices, pero con una tendencia clara: la informalidad no agropecuaria entre los jóvenes bajó del 71,4% al 68,2% entre 2022 y 2025, una caída más pronunciada que la del conjunto de los ocupados. No es un salto, pero es una dirección. Y en materia de empleo, la dirección importa tanto como la velocidad. Cuando ocho de cada diez jóvenes de 25 a 29 años participan del mercado laboral, y cuando el sector privado se consolida como la principal puerta de entrada al empleo, se está construyendo algo que Paraguay no siempre tuvo: un camino de inserción que no depende del Estado como empleador de última instancia.
Nada de esto autoriza a la autocomplacencia. Que el 68% de los jóvenes siga en la informalidad significa que dos de cada tres trabajan sin aportes, sin cobertura y sin la red que da un empleo registrado. La desocupación entre los de 15 a 24 años trepa al 11%, más del doble que en el tramo siguiente, y desnuda lo más difícil del problema: el primer empleo. Hay además un dato que merece leerse con cuidado —el 35,5% de los jóvenes de 15 a 24 años estudia y trabaja a la vez—, porque puede ser señal de esfuerzo y de oportunidad, pero también de hogares donde el estudio no llega a ser una dedicación plena.
La lección es que la estabilidad macroeconómica es condición necesaria, pero no suficiente. El grado de inversión, el orden fiscal y la previsibilidad crean el clima donde el empleo privado florece, y los datos de formalización son, en buena medida, su consecuencia. Pero el bono demográfico tiene fecha de vencimiento: la ventana en la que un país cuenta con más trabajadores que dependientes se abre una sola vez. Aprovecharla exige que la formación técnica converse con lo que las empresas necesitan, que el primer empleo deje de ser una barrera y que la formalización siga ganando terreno año tras año.
El Día de la Juventud no debería agotarse en la celebración. El millón y medio de jóvenes paraguayos no pide discursos: pide que el trabajo registrado deje de ser la excepción. Los números de hoy muestran que se avanza en esa dirección. Sostener el rumbo —y acelerarlo— es la tarea que define, más que ninguna otra, el país que tendremos en 2040.



