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viernes, noviembre 6, 2026

Renunció Alderete, el arquitecto de la alucinación peñista

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José Alberto Alderete, uno de los personajes más oscuros y sobrevalorados de la política nacional, abandona el barco después de haber sido el principal arquitecto de un error de cálculo fatal para el oficialismo. Durante años cultivó una reputación de operador experimentado, conocedor de los secretos del poder. Su obra maestra terminó siendo la destrucción política de su propio presidente. Pocas veces tanta presunción estratégica produjo semejante desastre.

Alderete apostó al poder de los gobernadores mediante una supuestamente eficiente administración de incentivos, favores y espacios de poder. Confundió la lealtad comprada con el liderazgo político, los compromisos circunstanciales con la construcción de una mayoría y la distribución de recursos con la conducción de un partido. Creyó que podía sustituir la política por una contabilidad de obediencias. El resultado quedó a la vista cuando los votos que necesitaba Peña desaparecieron.

Pero su mayor alucinación fue imaginar que podía impulsar una ruptura con Horacio Cartes y conservar intacta la estructura de poder que había llevado a Peña a la Presidencia. Se creyó un estratega de dimensiones extraordinarias, acaso convencido de que su inteligencia política era directamente proporcional a su índice de grasa corporal. La realidad terminó demostrando que su soberbia había crecido bastante más que sus capacidades.

El hombre que debía garantizar la gobernabilidad terminó contribuyendo al aislamiento del presidente. El que prometía administrar las lealtades no pudo garantizar ninguna cuando llegó la crisis. El supuesto Rasputín del peñismo resultó ser un consejero sin poderes, un fabricante de ilusiones que confundió sus maniobras de pasillo con el dominio de la política nacional. Alderete no fue la solución estratégica de Peña. Fue uno de sus problemas fundamentales.

Ahora Alderete huye como una rata de albañal, abandonando los escombros de una construcción política de la que fue protagonista. Se marcha dejando una crisis institucional, un presidente políticamente devastado y una ciudadanía que exige explicaciones. Falta conocer con qué saldo personal se retira quien administró durante años los resortes del poder. Porque en esta tragedia algunos perdieron sus ahorros, otros su gobierno y otros su credibilidad. Alderete, en cambio, parece decidido a retirarse sin rendir cuentas por su propia obra.

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