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viernes, junio 12, 2026

Enfermedad, revelaciones y literatura

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Derian Passaglia escribe sobre la relación entre literatura y enfermedad, analizando el papel que juega el dolor físico en la escritura.

 

Por: Derian Passaglia.

 

En 1938, Borges se golpeó la cabeza con una ventana y estuvo al borde de la muerte por septicemia. En la convalecencia escribió Pierre Menard, autor del Quijote, uno de sus mejores cuentos. Una experiencia extrema y la cercanía con la muerte lo llevaron a cambiar la forma de escribir, a convertirse en el Borges clásico. ¿Qué vio en el delirio, en ese momento en que se mezcla y confunde la imaginación con la realidad?

Toda su vida Proust tuvo asma. La enfermedad lo llevó a convertirse en un nene frágil, sobreprotegido y solitario. Proust se encerraba en su habitación, pegaba cajas de huevo en las paredes como aislante de los ruidos exteriores y escribía. Dice el lugar común que la razón del estilo de Proust es el asma: frases largas y elegantes, de intrincadas subordinadas, que muestran una respiración larga, ininterrumpida. Guillermo me dijo una vez que la cantidad de comas que Saer ponía por oración se debía a que era eyaculador precoz, como una forma de frenar lo infrenable. Broma aparte, la relación entre el cuerpo y la literatura parece inseparable.

A los seis o siete años, un médico le diagnosticó a Mario Levrero un soplo al corazón que lo volvió un chico sedentario. Eso le permitió dedicarse a leer, y pasarla acostado en la cama entre revistas y libros. El sedentarismo de Levrero se mantuvo hasta sus últimos días, en los que apenas si salía para hacer mandados o estirar un poco las piernas. También tuvo una operación de vesícula que lo asustó y lo llevó a escribir los cinco capítulos de la Novela luminosa.

La conciencia de la muerte pone límites, enfrenta al escritor a lo real de la experiencia. Roberto Bolaño, antes de morir de cáncer, se apuró por terminar su obra maestra 2666. Convaleciente, Viel Temperley escribió Hospital Británico y José Watanabe pensó la relación entre la escritura y el cuerpo. La escritura, una actividad esencialmente intelectual, se pone en las enfermedades, en los momentos en que el cuerpo asume una forma en la materia literaria misma. Hudson concibe su obra maestra Allá lejos y hace tiempo cuando cae enfermo, al volver a Inglaterra:

Llegué a las costas del sur de Inglaterra, procedente de Londres una tarde de noviembre, sintiéndome débil y deprimido. El mar, el cielo despejado, los brillantes colores del ocaso me retuvieron en el frente de la casa. Demasiado tiempo quizás expuesto al fuerte viento del este y en aquel estado de inferioridad física, no tardé en caer en cama, presa de una seria enfermedad que se prolongó por espacio de seis semanas como un tiempo feliz. Nunca tuvo para mi tan poca importancia el dolor físico. Jamás me sentí menos abrumado por el encierro forzoso. ¡Y esto me sucedía justamente a mí que soy un ser que no se siente plenamente vivo si no puede contemplar cómo crece el pasto, si no puede escuchar el canto de los pájaros y los sonidos del campo!

Al segundo día de mi enfermedad, en un intervalo de relativo alivio, comencé a evocar los recuerdos de mi niñez. Súbitamente, aquel pasado remoto y aparentemente olvidado volvió a presentarse en mi mente como nunca antes lo había hecho.

La escena muestra una revelación a partir de una disposición física particular. Las limitaciones del cuerpo iluminan la experiencia, se vuelven las agentes del cambio, provocan que la literatura encuentre su forma en el cuerpo, la materia. La “inferioridad física” de la que habla Hudson no es más que el medio por el cual la literatura se expande a lugares desconocidos.

 

Foto: Télam.

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