El fútbol es la pasión que nadie discute en Paraguay. Pero debajo de esa hegemonía emerge un debate sociológico fascinante: ¿cuál es el deporte que ocupa el segundo lugar? El pádel y el piki voley se enfrentan como polos opuestos, mientras que disciplinas como el básquet, el futsal y las artes marciales pugnan por espacio. En esa disputa se refleja la identidad y las aspiraciones de toda una sociedad.
En Paraguay, el fútbol sigue siendo el idioma común. Es el deporte que atraviesa clases sociales, que llena estadios y que dicta la agenda pública. Pero cuando se pregunta qué deporte ocupa el segundo lugar, la respuesta ya no es automática. El pádel y el piki voley han surgido como contendientes principales, y su contraste habla más de la sociedad que de la mera competencia física.
El pádel es un fenómeno que combina tradición y novedad. Se popularizó en Paraguay hace décadas en su primera ola, pero hoy se presenta como una moda urbana, con canchas encendidas de noche y reservas que se hacen por aplicaciones. Sin embargo, conviene aclarar: el pádel no es un deporte de élite. No se lo puede comparar con el hipismo, que requiere tener caballos de raza, con el polo, practicado apenas por círculos exclusivos, ni con el golf o el automovilismo, que dependen de grandes inversiones en equipos e infraestructura. El pádel, en cambio, es accesible a la clase media acomodada: alcanza con pagar una membresía de club o alquilar una cancha. Por eso se lo entiende como el “piki aspiracional” de los funcionarios públicos de mandos medios y de la alta gerencia, un espacio de encuentro que mezcla ejercicio, sociabilidad y estatus social específico.
El piki voley, por su parte, representa la contracara: nació en los barrios, se juega con los pies, con una red improvisada y en canchas de tierra o baldosa. No necesita raquetas ni ropa de marca, sino destreza y picardía. En ese sentido es un deporte de resistencia, un ritual comunitario que ofrece pertenencia más que aspiración. Su expansión hasta Buenos Aires, donde mueve apuestas y multitudes, lo convirtió en un fenómeno cultural exportado desde abajo, una suerte de “fútbol callejero aéreo” que hoy se viraliza en redes y plataformas de streaming.
En el medio, otros deportes buscan su espacio. El básquet sigue vivo en clubes históricos como Olimpia Kings, aunque con menor brillo que en décadas pasadas. El futsal mantiene legitimidad internacional: Paraguay ha sido potencia en torneos continentales y conserva un prestigio competitivo difícil de igualar. Y hay que agregar un fenómeno que crece año tras año: las artes marciales. Entre ellas, el Brazilian Jiu Jitsu ha captado una generación urbana que busca disciplina, contacto físico y una identidad global conectada a torneos internacionales. En los gimnasios de Asunción y Ciudad del Este ya no es extraño encontrar jóvenes profesionales que entrenan tres o cuatro veces por semana, atraídos por la combinación de técnica, intensidad y cultura marcial.
El pádel y el piki voley son las dos caras más visibles de esta disputa simbólica. Uno encarna el ascenso de la clase media que se reconoce en un deporte global y relativamente accesible; el otro reafirma la vitalidad popular y la creatividad del barrio. A su alrededor, el básquet, el futsal y las artes marciales ofrecen alternativas que completan un mosaico complejo.
La conclusión es clara: después del fútbol no hay un único deporte que domine. Lo que hay es un escenario en disputa, donde cada práctica refleja tensiones sociales, aspiraciones de clase y tendencias globales. El fútbol seguirá siendo el rey, pero en las canchas privadas de pádel, en las improvisadas redes de piki voley o en los tatamis del Brazilian Jiu Jitsu se juega otra batalla: la de quién ocupa el segundo lugar en el corazón deportivo de los paraguayos.



