En Asunción, la oposición sigue sin una figura de consenso ni una metodología definida para resolver su interna. No hay liderazgo, ni reglas compartidas, ni una mínima arquitectura política que le dé forma a su ambición de poder. La concertación, presentada en 2023 como la gran innovación electoral, fue en realidad el último acto de una oposición que confundió la foto de unidad con un proyecto real. Desde entonces, nada la sustituyó: ni un programa común, ni una instancia de decisión legítima, ni un mecanismo institucionalizado para dirimir diferencias.
A menos de un año de las municipales, las fuerzas opositoras vuelven a enfrentarse entre sí. Lo que debería ser un proceso de selección de candidaturas se ha convertido en un campo minado de egos, sospechas y reproches. Álvaro Grau lo dejó claro en el programa En Contexto (NPY): tres de los cuatro precandidatos acordaron utilizar el sistema de “urna delivery”, mientras Soledad Núñez insiste en definir al candidato mediante encuestas. Y luego lanzó una frase que sintetiza el clima de tensión: “Ella es una señorita que no quiere someterse a procesos.”
Más allá del tono, lo que revela esa afirmación es una fractura mucho más profunda: la imposibilidad de construir reglas comunes. La oposición ha perdido un año entero discutiendo procedimientos internos, sin ofrecer una narrativa que movilice ni a sus bases ni al electorado independiente.
“En cada lugar la gente te dice: elijan ya un candidato, no vayan divididos”, admitió el propio Grau, reflejando la frustración generalizada. Pero la disputa no es solo táctica; es estructural. No se trata de encuestas o deliverys, sino de la ausencia de una institucionalidad política que ordene y dé continuidad a la acción opositora.
La oposición no tiene institucionalidad, no tiene democracia interna, es un coro de indignados que solo tiene en común la impotencia política de construir proyectos perdurables. Su diversidad, que podría ser una fortaleza, se transforma en descomposición cuando no hay autoridad, ni método, ni propósito compartido.
Mientras tanto, el reloj político no se detiene. El oficialismo observa, administra su ventaja y se prepara para volver a ganar en la capital. La historia, una vez más, parece dispuesta a repetirse: la oposición, atrapada en su propio laberinto, vuelve a ser su peor enemigo.



