La izquierda francesa, aquella que alguna vez encarnó el espíritu laico de la República y la promesa de igualdad ciudadana, atraviesa una crisis de identidad que ya no puede disimular. La France insoumise (LFI), el movimiento de Jean-Luc Mélenchon, que pretendió ser el heredero del viejo impulso socialista, se ha convertido en el epicentro de una mutación ideológica que está destruyendo los cimientos del progresismo moderno. Según el último barómetro Verian para Le Figaro Magazine, una abrumadora mayoría de franceses —tres de cada cuatro— tiene una percepción negativa del movimiento. Un dato devastador, pero lógico: LFI ya no representa la emancipación republicana sino la rendición frente al comunitarismo religioso más agresivo.
Tras el colapso del sueño comunista, la izquierda francesa necesitaba un nuevo sujeto histórico. En lugar del obrero universal, encontró al migrante islamista radical, erigido en símbolo del oprimido contemporáneo. Lo que en los años 60 fue la fascinación por el Tercer Mundo se convirtió, en el siglo XXI, en la obsesión por las minorías identitarias. Claude Lefort, en su lúcido La colonne absente, advirtió que, cuando la política pierde el referente universal, busca encarnarse en figuras sustitutas, casi religiosas. Lo que él vislumbró como riesgo se volvió realidad: la izquierda ya no combate por ideales comunes, sino por identidades enfrentadas, incapaces de articular un nosotros.
En la Francia actual, la paradoja es feroz. La izquierda que defendió la escuela laica hoy relativiza los principios de laicidad cuando se trata de reivindicaciones islamistas. La misma izquierda que combatió a la Iglesia ahora acepta sin chistar la imposición de símbolos religiosos en el espacio público. De ese doble estándar nace la sospecha del “islamo-gauchismo”, esa alianza táctica entre activistas islamistas y militantes de extrema izquierda que comparten un enemigo común: la República secular. En las universidades, la deriva ya no es marginal. Profesores denunciados, conferencias boicoteadas, estudiantes señalados por su religión o su nacionalidad. En Lyon-II, un docente alertó sobre “un grupo más islamista que izquierdista” que bloqueó una clase tras impedir la entrada de una alumna judía. La escena, digna de una pesadilla de intolerancia, fue confirmada por Le Monde.
La polémica estalló oficialmente en 2021, cuando la ministra Frédérique Vidal ordenó una investigación sobre el “islamo-gauchisme” en el ámbito universitario. Su iniciativa fue desautorizada por el gobierno y ridiculizada por el CNRS, que declaró que el fenómeno “no corresponde a ninguna realidad científica”. Sin embargo, los hechos se multiplican: aulas dominadas por censuras morales, colectivos que prohíben debatir sobre religión, agresiones veladas a quienes sostienen la laicidad. El progresismo académico francés, antaño orgulloso de Voltaire, ha terminado coqueteando con formas de pensamiento autoritario en nombre de la diversidad.
La realidad electoral es implacable. Los sondeos de Verian y otros institutos reflejan un rechazo masivo a LFI y a la retórica del victimismo identitario. Los franceses, cansados de la fractura cultural, perciben que la izquierda se ha vuelto enemiga de sus propios valores. Lo que antes era una fuerza universalista se transformó en un refugio sectario. El discurso de Mélenchon, que hace veinte años podía sonar humanista, hoy resuena como una caricatura populista que sustituye el análisis por el resentimiento. Su partido se victimiza frente a la prensa, niega las encuestas y acusa de “racismo estructural” a todo aquel que cuestiona sus alianzas con sectores islamistas.
El precio político es enorme. La izquierda se ha divorciado de las clases medias, de los trabajadores, de los laicos y de los ciudadanos que creen en la igualdad ante la ley. Los barrios populares, lejos de ser bastiones de resistencia, son hoy laboratorios del separatismo cultural que la República teme y tolera al mismo tiempo. Francia, que fue la patria de la Ilustración, corre el riesgo de fragmentarse en tribus morales.
El “islamo-gauchismo” no es una exageración mediática ni una invención de la derecha: es la constatación de un suicidio ideológico. La izquierda republicana, al abdicar del universalismo y entregarse al relativismo cultural, ha firmado su propia sentencia de marginalidad. Lefort lo habría dicho sin rodeos: cuando la columna simbólica que sostiene el espacio político desaparece, lo que queda es el vacío. En ese vacío prosperan los dogmas.
Mientras tanto, la sociedad francesa reacciona. Tres de cada cuatro ciudadanos no confían en LFI. La república laica resiste, aunque herida. Tal vez Francia esté asistiendo al fin de una era: la del progresismo que prefirió justificarse antes que pensar, y que terminó abrazando aquello mismo contra lo que nació. La izquierda que pactó con el islamismo ya no es rebelde: es cómplice de su propia derrota moral.



